Deshacer malentendidos o construir sobre la calumnia es difícil, pero cuando va en ello el buen nombre de España y de nuestros antepasados, es tarea que a todos compete por igual

Por Carlos Eguia

Temas españoles, nº 224
Publicaciones españolas
Madrid 1956 · 27 + IV páginas

Introducción

«Se obedece, pero no se cumple.» Con esta frase, inserta en la mayor parte de los libros que tratan del régimen español en Indias, algunos historiadores han pretendido resumir el valor práctico de las leyes de Indias y de todo el sistema montado en América para proteger al indio. Para los que aún no han comprendido la obra de España en América, el «se obedece, pero no se cumple» es un axioma incontrovertible que quiere expresar una realidad histórica. Los actuales estudios americanistas, más comprensivos y más imparciales, han echado por tierra todo el tinglado de mentiras que montaron los constructores de la leyenda negra hispanoamericana. No se puede hacer historia a base de la anécdota, como tampoco se puede generalizar con unas cuantas excepciones. Las ordenanzas, concebidas y escritas en favor de los indios, no fueron unos legajos de estricto valor histórico, sin aplicación práctica. La mayor parte de ellas se cumplieron, y aquellas que no llegaron a plasmarse en la realidad concreta fue porque las circunstancias lo impidieron o lo aconsejaron.
El español que se adentra en el estudio minucioso de nuestra historia en América –las Indias– experimenta un cúmulo de emociones dormidas en el sueño de los siglos. A través de tantas páginas escritas con la pluma y con la espada de tantos hombres castellanos de recia raigambre española, vemos desfilar ante nosotros el glorioso pasado de España. Un día nos emocionará el relato de la hazaña de Cortés o de Pizarro. Vibraremos con Valdivia, acompañándole en su largo caminar a través de tribus araucanas, y nos asombrará el salto olímpico de un campeón del heroísmo –Alvarado–, cuya hazaña traspasa los límites de lo real. Seguramente volveremos el rostro a cosas nuevas, decepcionados por las tremebundeces que nos cuentan algunos de nuestros cronistas. Sus impresiones nos habrán hecho pensar que el español fue un bárbaro en su comportamiento con el indio. Es cierto que algunas veces, por mil circunstancias, lo fue; pero para juzgarle es preciso colocarse en su posición, volver unos siglos atrás con la pesada armadura que aterraba a las mismas fieras. Incluso es necesario despojarse de nuestra mentalidad moderna «made in siglo XX». Tal vez, después de realizada esta sencilla operación, tenga para nosotros menos [4] valor el testimonio de algunos cronistas. Al leer la información que fray Marcos de Niza dirigió desde Méjico a la Corte española, nos daremos cuenta de que gran parte de sus improperios contra los conquistadores de Quito provenían de un exceso de amor propio ofendido.
El lector de novelas de aventuras se habrá extrañado de encontrar en la historia de América cosas tan asombrosas como la coincidencia de Belalcázar, Quesada y Federmann en un territorio desconocido. El recuerdo de esta cita histórica, imprevista e inevitable por parte de los hombres, con el relato de 160 castellanos a través del Cauca, del páramo de Sumapaz y de la sabana de Bogotá, produce un entusiasmo sin límites, y, sin embargo, la insidiosa acusación del capitán Alfonso Palomino a Belalcázar habrá hecho desmerecer el concepto que teníamos de este bravo soldado. ¡Qué lástima que nuestro sueño dorado junto a Belalcázar se haya interrumpido por el resentimiento de un capitán menospreciado! Y así, una a una, las páginas de nuestra historia de Indias se tiñen con el velo negro de la leyenda, escrita por los mismos españoles y corregida y aumentada por los extranjeros.
Deshacer malentendidos o construir sobre la calumnia es difícil, pero cuando va en ello el buen nombre de España y de nuestros antepasados, es tarea que a todos compete por igual.
Ahora que el mundo ha colocado en un plano primordial al hombre, dándole muchas veces más valor que a sus propias obras, no es empeño inútil atraer la atención sobre el elemento humano de la conquista en su doble aspecto: el conquistado y el conquistador. A España le preocupó más el primero.
Si la empresa de España en América hubiera sido de conquista, podríamos seguir pensando que el indio era el conquistado; pero como la obra de Indias no fue conquista, sino pacificación y poblamiento, el indio, ni en el régimen ni en el modo de pensar español fue el conquistado, y lo que en el Nuevo Mundo se fundaron no fueron colonias o factorías.
Ricardo Levene ha demostrado, para los que quieran comprenderlo, que las Indias no eran colonias. Eran reinos o señoríos, incorporados a la Corona de Castilla y de León por gracia y favor de una concesión pontificia. En los documentos reales no figura la palabra colonia o el término conquista. Se habla de posesiones, de dominios, de reinos, de señoríos o de repúblicas, entendiendo este último vocablo en su estricto sentido etimológico. Los habitantes de estos dominios, los indios, eran, a efectos legales, tan españoles como los nacidos en España. Los matrimonios entre indígenas o entre españoles y aborígenes americanos se consideraban legítimos.
Para la administración del Nuevo Mundo descubierto, España trasladó sus antiguas instituciones, y cuando las circunstancias lo requerían, no tenía inconveniente en modificar y adaptar todo lo que redundase en beneficio de los indios. Se creó el Consejo de Indias, distinto del de Castilla, pero de la misma categoría. En este Consejo, creado por Fernando el Católico y reafirmado definitivamente con Carlos V en 1524, se dirimían todos los asuntos –judiciales, [5] ejecutivos, económicos, &c.– relacionados con las Indias. La Casa de Contratación, a orillas del Guadalquivir sevillano, aliviaba el trabajo del Consejo de Indias con una Cámara de Justicia y otra de Gobierno. Asomada al mar en el espejo ribereño del agua dulce, la Casa de Contratación era la antesala de los navegantes, el pulso infatigable de un pueblo audaz y ultramarino.
Continuará
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