Está en vigor una carrera competitiva informativa en los medios para ver cual de todos ellos da una mejor cumplida noticia de que el lobo está ya clavando sus colmillos en los garrones de los humanos; pero cualquier solución ni la mienta.

El lobo, en la más de las tristes realidades, no le interesa a nadie que aparezca; que esté ahí detrás de todo, escondido; pero que no abra la boca y pueda morder, cuando en verdad está hastiado de tanta carne de humanoide como come.

Llamar a las cosas por su nombre, no entra en página alguna del manual del perfecto gilipolla que paga sus impuestos, y se aferra, televisión en ristre, redes sociales en ristre, a defender lo que se denominan valores de una sociedad casi perfecta, que le falta muy poquico para quitarse el miedo al atentado, el miedo a la muerte, matando y muriendo millones de seres humanos de golpe, en un pis pas al grito reivindicativo de alguno de los varios dioses verdaderos que el hombre ha creado.

Estas cosas reales, no se deben de escribir. Hay que escribir sobre el grado supremo de inteligencia alcanzado en los directores de masas para que una persona, una familia, un pueblo, zonas enteras, la gente asuma con indiferencia la miseria y entienda que vivir así, hasta las trancas de miseria, es por culpa propia de ellos, porque el sistema no quiere eso y se deja los compañones institucionales, no duerme, pensando en la situación de los que no son pobres, son indigentes porque ellos lo quieren así.

Siguen existiendo negros, blancos, mulatos, malayos, ricos y pobres, creyentes y jodidos incrédulos: peligrosos incrédulos a los que, encima, no les gustan las inevitables guerras. Porque haber, ¿cómo cojones vamos a poder detener a esos asesinos que cogen un coche y atropellan a las gentes que pasean tranquilamente? ¿Poniendo púas, jardines, puertas blindadas a las calle, etc. etc.? Claro está, porque el dejar a cada cual en su país con las cosas y los recursos propios, es una verdadera barbaridad, porque normalmente son gente que no los saben administrar ¿para qué cojones le vas a dejar un campo de petróleo a un negro nigeriano?. Hombre si fuera a un tejano con sombreo vaquero, ya sería otra cosa.

O un bosque de madera preciosa a un brasileiro, venezolano, colombiano, o de la Guayanas, que a lo mejor tiene la indecencia de dejar que el árbol crezca, tenga vida, al precio que está el metro cúbico de madera, según los mercados, y con los confesionarios tan majos que pueden salir de su madera preciosa.

Por estas cosas y algunas pequeñas más, como utilizar a los nativos de ciertos lugares y en cierta situación de ser despensas vivas de órganos para el consumo habitual en su mercado, son situaciones que no se puede ni se deben de abandonar, porque para eso están puestos, y muy bien puestos los floreros quitamiedos en las calles.

Es tan abrumadora, tanta la gilipollez imperante, que es probable que nunca se hayan dicho tantas estupideces y sean tan aplaudidas por parte de toda una población que no tiene miedo, y que le importa un pijo tres cuartos aquello que no ve, y no quiere ni imaginárselo, porque la ley de la costumbre está de su parte, y matar pobres, mandar a bombardear poblaciones de civiles indefensos, no es delito. El delito es que no se mueran aplaudiendo.

Es de suponer que el hombre que tuviese algo de raciocinio allá por unos miles de años de antes, y le funcionara un poco el cerebro, pensaría que con el paso de los años la raza humana, en un proceso evolutivo lógico, dejaría de lado rivalidades tribales y se centraría en vivir en paz y en armonía. Y es de suponer que si alguien le dijera a ese humano reflexivo que no, que el paso de los años se emplearía para aniquilar el planeta, y que las tribus seguirían matándose por lo mismo, por las mismas estupideces de milenios de atrás, es probable que el pensador se quedara perplejo.

Pero menos perplejos nos quedamos ahora cuando perdemos un tiempo de intelecto pensando en ver el modo de cómo podríamos joder a todos los que nos molestan en nuestros paseos, en vez de ir al meollo de la cuestión y darle solución poniendo en marcha un principio de respeto y consideración país con país, hombre por hombre.

Porque para indígenas como servidor, un hombre vestido uniformado al estilo city londinense, un formidable paraíso fiscal donde al dinero no se le examinada de nada, solo se cuenta, un tejano con su sombrero y sus calurosas e incómodas botas, viviendo en el mayor imperio en contra de la ley fiscal, un cardenal, papa u obispo, vistiendo con unos ropajes femeninos, dándole diariamente al botón que hace girar la lavadora más grande del mundo a la hora de blanquear dinero como lo es la banca vaticana, todos ellos resultan, como muy poco, ridículos en grado de subnormalidad contagiosa.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. MUJER EMIGRANTE
    Ibas ensimismada,
    mujer guapa,
    guapa mujer.
    Y casi estoy
    seguro
    que tu olfato
    evocaba
    otro aire puro,
    diferente
    del aire blando
    casi podrido
    de un país,
    de esta España
    que creías
    diferente:
    Un país hermano
    y hermanado.

    Mujer emigrante,
    mujer
    que ibas
    caminando.
    Yo te miré
    y me quedé
    pensando.
    La vida,
    me dije,
    en este país soso,
    de sotanas,
    uniformes,
    campanas llamando
    al sectarismo,
    y sombras alargadas
    de campanarios,
    no tiene más encanto,
    más lisura,
    que existas tu
    como mujer,
    no como emigrante,
    sino como mujer
    de oro,
    de estaño,
    de piel morena,
    de mujer
    de un salero
    especial
    que por aquí
    ya se hacía
    raro
    hasta que llegaste
    tú,
    mujer latina,
    suramericana,
    femenina,
    coqueta al andar
    al mirar,
    al pasar
    alegrando
    la calle sosa
    el negro asfalto.

    Si por ti
    un día
    un navío alzó
    la vela,
    se mojó
    el mascarón
    de proa
    de un barco,
    ¡bien merecía la pena!
    mujer
    de cabello negro,
    andar felino
    femenino
    de puro encanto,
    la mejor mujer
    a la que dedicarle
    el verso
    ardiente,
    diferente,
    que despierta
    tu paso.

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