Puede, que como español, que antes de hablar del II Marques de Santa Lucía, Ecmo. Señor don Salvador Cisneros Betancourt, deba de lavarme la boca con un buen cepillo y pasta de dientes adecuada, porque entro en un territorio cubano en el cual soy extraño y extranjero.

Pero como fue una persona jodedor en extremo hacia mi admirado Carlos Manuel de Céspedes, uno de los hombres más íntegros y honestos que en mi opinión ha dado, hasta el momento, Cuba, desde esa arista de mi admiración hacia Céspedes, utilizo mi ordenador para intentar rememorar asuntos que son conocidos pero pueden quedarse trastocados por las actuales enciclopedias modernas sin hojas, cuando nos cuentan asuntos de aquella agotadora, entre otras consideraciones, que fue la larga lucha revolucionaria cubana para separarse de España y para abolir la esclavitud y luchar de un modo decidido y serio contra el racismo.

Lo mismo que todavía no se sabe de ningún pobre de solemnidad que haya llegado a papa de Roma, analfabeto si, tampoco se sabe de muchos marqueses que se hayan largado al monte, a la guerrilla, y no dejen tras su paso el tufo que suele dejar toda la llamada nobleza, que, muy a su pesar, a la hora de orinar lo hacen como todo el mundo.

Decía mi revolucionario marqués Salvador Cisneros cosas tan poco convenientes en un momento en el cual los que estaban haciendo la revolución y la lucha buscando la independencia de Cuba de España, tenían muchos frentes abiertos que no era solamente las tropas mambisas, sino que las greñas internas de gentes, por un lado para bien del carácter cubano, que no se conforma tan dócil y servilmente como el español, pero por el otro lado, nada conveniente para gentes como aquellas que estuvieron diez años de guerra con muy pocas ayudas exteriores a su causa, y, encima, dándose navajazos internos .

Dijo el señor marqués guerrillero de guerrilla baja en nicotina, que mi admirado Céspedes, para la ocasión Presidente de la República en Armas de Cuba, era una persona en extremo ambiciosa. Y, tras de Céspedes, a los jefes más nombrados de la Cuba en armas, el citado marqués les puso un mote o un pero a sus faenas; menos, claro está, al hacer de su noble persona y figura, a la que había que quitarle los espejos de delante para evitar que los rompiera besando él mismo su imagen.

Es entendible que una persona glotona, por lo general, aunque sea general, suele ser alguien que se acomoda fácilmente para dormir la modorra de sus atracones, y al militar de patria dominicana que de general del ejército español pasó a ser general del ejército revolucionario cubano, Modesto Díaz Álvarez, al que las tropas cubanas apodaron con el mote de “El jabalí de la sierra” por lo fácil que se movía por el matorral y el follaje de la Sierra Maestra, el marqués guerrillero bajo en nicotina pero alto en mala leche, dijo de él, dejando de lado la tremenda descortesía porque el general Modesto era extranjero a Cuba, que era un glotón; cuando si hubo abundancia de algo para potenciar la glotonería en la larga campaña que significaron los diez años de guerra, fueron las hambres, las necesidades de todo tipo, y cantidades para hartarse de un derroche de heroísmo del bueno, del real, del anónimo, del que no se ve anotado por la hojas de servicios del guerrillero marqués.

Del por entonces coronel Maceo, uno de los grandes militares estrategas que ha dado Cuba y las tristes historias de las guerras, no dudó el guerrillero marqués en catalogarlo como una persona insubordinado, sin valores organizativos algunos, y, el citado noble, miembro de una de las familias más ricas de la isla de Cuba, se quedó tan pancho conspirando día y noche contra ¿sus compañeros?.

Como torpe y cobarde catalogó al mayor general Calixto García Iñiguez, y de libertino dijo que era la forma de ser y de actuar del general Máximo Gómez. Y claro, en la historia de Cuba, como en todas las crónicas tan próximas en el tiempo, o escritas con el visto bueno de los buenos con la necesidad de llevar una moraleja y un final feliz acorde a las necesidades del sistema, probablemente tengamos que reconsiderar que el originario cacique Camagüeba, no hubiese aprobado la conducta de aquella gente camagüeyana, que, pese a su afamada caballería, bajo las reuniones desestabilizadoras del marqués ingeniero guerrillero, formado y formateado, como se diría ahora, en Usa, en aquellos años de sufrimiento lucha y mucha incertidumbre, casi siempre truncada por la zancadilla constante del yanqui, no fue la persona más idónea para lanzar piedras y apedrear otras conductas fuertes y resistentes en aquellos diez años de mucha entrega personal de gentes y sufrimientos.

Puede que Céspedes no necesitara purgarse con aquella sal de higuera que se utilizaba como purga estomacal en la guerra de los diez años, porque la sola presencia del marqués ya le servía al primer Presidente de la República de Cuba como una amarga purga, por efecto de la poca gracia que le hacía hasta la simple presencia del marqués de Santa Lucia, guerrillero del que no le he podido encontrar parentesco alguno con el afamado cardenal Cisneros que en la Granada de España, en la puerta de Bib-Rambla, por quemar todos los libros supervivientes de quemas anteriores de ciencia arriana y árabe,  por tal asunto sus majestades Católicas lo ascendieron de monaguillo a Cardenal.

Y en Cuba, ya se sabe, la riqueza y la nobleza la daba el dinero no en negro, sino el del tráfico con negros principalmente y mulatos, también principalmente.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.