El nombre de América puede derivar de Ameryk

Se escribió de Juan Caboto, que hasta en su tiempo estuvo por tierra en La Meca

caboto

Y, a su vez, el nombre de Ameryk, puede, perfectamente, derivar de aquel rico armador en su tiempo, el galés Richard Amerike, fletador del buque en el que navegó el marino genovés llamado Juan Caboto, un inquieto mareador de vida marítima mediterránea en principio y oceánica posterior; nauta  atrevido, con dominio de la ciencia mediterránea de la navegación que, como hombre con ganas de saber que tuvo que ser, cuando estuvo al servicio de la república de Venecia, entró en contacto en el oriente del Mediterráneo con todo y lo mucho que se hablaba y se mercadeaba con las tierras orientales del Japón, La China y las muchas islas de la Insulindia.

Se escribió de Juan Caboto, que hasta en su tiempo estuvo por tierra en La Meca, interesado en el negocio de los dichos ricos mercados orientales que controlaban los portugueses con sus naves para el transporte hacia occidente, y una inmensa pléyade de naves chinas que lo tenían copado por el Moluco y La India. Y es muy probable que de estos marinos lusitanos que llegaban con sus naves cargadas de mercancías al fondo del Mar Rojo o Bermejo, Caboto padre, Juan Caboto, que después su hijo Sebastián logró harta fama, el navegante mediterráneo fue completando su formación marinera, dotándola de una ciencia más compleja para las navegaciones de altura oceánicas.

La crónica dice que Juan Caboto nació en Génova, y que después se fue a vivir a Venecia. Posteriormente pasó a hacerlo a España, al reino de Aragón, a Valencia concretamente. Y después, del reino de Aragón, se fue a vivir a Inglaterra y se instaló a residir en Bristol, a la sazón el segundo puerto de tráfico marítimo en su tiempo de toda Inglaterra.

Del mismo modo que cuando uno se mete en harina en los asuntos colombinos a la primera conclusión que se llega es que Colón no fue genovés ni pudo serlo, en lo que respecta al nombre de América, también a la primera conclusión que se llega es que su nombre no puede derivar, porque no pega ni con pegamento, que fuera debido a una explosión de fama y divulgación popular en una España inculta, analfabeta total, y en una Europa casi en lo mismo, que el nombre derivado de la palabra América aparecido en unos mapas, fuera el nombre primitivo de Amerigo, con un sufijo sonoro terminado en “igo”,  el origen de la palabra para determinar todo un continente ombligo del mundo desde que vino al conocimiento de las gentes.

Es probable que, para el año de mil cuatrocientos noventa y cuatro, después de residir por espacio de cuatro años en España, Giovanni o Juan Caboto ya instalado en el puerto inglés de Bristol, aceptara la capitanía de la carabela, que aunque la crónica por aquello de las formalidades y el antifeminismo manifiesto del clero y toda la sociedad en sí, siempre ha anotado con el nombre de “Matteo”, en realidad Caboto llevaría anotado a la popa y en los codastes de su nave el nombre de la veneciana Mattea, con la que estuvo casado y tuvo, que se sepa tres hijos varones, Sebastián, Luigi y Santo.

No es nada fácil tener que escribir en la línea que arrima ascuas a la sardina sajona, que uno a uno se ha ido adjudicando sin recato ni respeto alguno de los topónimos geográficos que otros gestaron, y que fueron surgiendo como consecuencia de las nuevas tierras que de continuo se fueron incorporando al conocimiento de las gentes en lo que respecta a islas y lugares del otro lado de los mares oceanos. Pero parece que todo encaja mucho mejor, parece que todo se llena de mucha más lógica, que si fruto de un viaje explorador claro y definido, determinado, de un comerciante que vivió en Inglaterra, que se llamó Richard Amerike, armador con poderío económico, en su honor y en su riesgo de dineros, su nombre fuera asignado a los territorios que fueron surgiendo a proa de las naves cuando navegaron en busca del paso del sur que los llevara a los ricos mercados orientales marinos del Maluco. Y de Amerike, como palabra primitiva, derivara América.

Porque por el otro lado, por el lado de Amerigo Vespucio, nos encontramos con alguien que los grandes historiadores portugueses, como el abundante Juan de Barros, y aún los españoles, como lo fue el llamado “Principe de los Historiadores de Indias”, el segoviano de Cuellar Antonio de Herrera y Tordesillas, o en aspectos tan detallados como fueron los llamados Pleitos Colombinos, el nombre del citado Amerigo Vespucio no aparece por parte alguna ni como navegante ni como nada; salvo en aquella glosa confeccionada, amasada y cocida desde Italia y el papado con fines nada rigurosos al servicio de la crónica, sino al servicio de la bolsa o de los intereses del que daba permiso de publicación o costeaba la edición del libro.

Todas estas vías modernas que van surgiendo para darle trabajo a los historiadores modernos, son como consecuencia de un intento y logro de un mal hacer muy parcial, muy logrado popularmente, de que ciertos estamentos como el clero o la propia Corona de Castilla, apenas movieron un dedo de ayuda a las navegaciones, que no fuera en la línea de hacerlo garra para estar siempre en el lado de los beneficios económico, nunca auxiliando a los menesterosos que la mar los dejó, como algo a agradecer, pobres de solemnidad porque les permitió seguir vivos y no se los tragó, como hizo con muchos, a la hondura de sus aguas.

Y con motivo de darse un protagonismo que no tuvieron ni clero ni Corona, la crónica la hicieron unos zorros, y suele hacer daño en el estómago cuando uno quiere profundizar en sus particularidades.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.