Será una leyenda del alto Amazonas lo del pájaro salvaje Cuyuní que, el animalico, en cuantico huele oro, como si fuera un obispo vaticano al uso y costumbre, se arranca a cantar.

Por si sí o por si no, el Cuyuní, estuvo prohibido llevarlo a las iglesias, y, mucho menos llevarlo al Vaticano, donde le daría un constante canturrera que lo dejaría ronco para toda la vida, si podría sobrevivir el pajarico en el lugar más rico de la tierra.

Portugal, el hermoso país de los nostálgicos lusitanos, que de siempre ha querido y es lo que quiere ser, el clero vaticano, con o sin pájaro Cuyuní, lo ha tenido (y lo sigue teniendo, pero con menor efecto social de calidad de vida) bajo la sandalia de oro macizo vaticana que no se cansa de acaparar. Pero, suerte al decente tripartido de izquierdas que gobierna actualmente al país ibérico de más de diez millones de habitantes, con las clásicas diferencias peninsulares entre las gentes del norte y las del sur, Portugal va encaminado a un futuro de esperanza que, ni por asomo, se da en España.

La diferencia geográfica de gente que en Portugal, al igual que en España, siempre ha servido para diferenciar milagros entre vírgenes que nadie ve; pero todo el mundo quiere conocer, en Portugal, ahora muchísimo menos porque el país vecino a nosotros es Lisboa sin los gastazos del ronquido de los inútiles políticos y las Cámaras Comunitarias, y es Portugal; y el que no quiera serlo, tiene todo el ancho mundo para irse a vivir donde le salga de sus compañones; mientras las oligarquías ibéricas española desde siempre han mantenido inyectando las “incultas diferencias geográficas” de España, que de haber existido en la realidad histórica aquello del “Fuerte de La Navidad” en la isla Española de la América Morena, lo único verdad que pudo acontecer de lo anotado en la crónica de que no se podían ver entre ellos los distintos marineros que se quedaron esperando en la isla apilando esclavos para la vuelta, fueron los odios regionales.

España, de nunca ni ahora, ha respetado a Portugal, que tiene un concepto de nación más derecho y sano, menos egoísta que el hecho español. Y eso que por tres veces consecutivas, por nombrar un tiempo no muy lejano, los españoles clavaron el pico con la llamada Guerra Fantástica, porque no hubieron batallas, pero si murieron muchísimos españoles en las tres oleados de intento de conquista del reino luso por parte de España, allá casi al final del siglo XVIII, en los intentos de penetración de las tierras lusas por Tras-os-Montes, Beira Baixa después, y, finalmente, cuando quedaban ya pocos mozo vivos en España, por el Alentejo.

Mientras España, su pavorosa oligarquía política, prefiere tener a pique de rollo al clero vaticano sin pájaros Cuyunís delatándolos, y a su pueblo esperando en colas sanitarias que en ocasiones alcanzan la espera de dos inútiles años porque el paciente al final generalmente se muere; y prefiere subvencionar medios de comunicación que ensalcen las virtudes patrióticas o demenciales de los que se suicidan en los desahucios por culpa de defender las fuerzas de seguridad y judiciales los intereses económicos de los bancos, Portugal sin hacerle caso a los trompeteros que juntamente a su virgen de Fátima, al decir, estuvieron llorando y prediciendo el fin de Portugal por causa de un gobierno tripartito de izquierdas, se han callado todos. Y allí y en el resto de Europa se dedican a lamerse entre sí, como perricos callejeros que no tienen güevos de irse al campo a cazar para ganarse la vida.

De siempre he sentido un sincera admiración hacia el reino Lusitano, en virtud de que fue el primer país conocido que se preocupó por la ciencia de la navegación, y aunque pintó las velas de sus buques con cruces rojas, no sólo subió al bordo de sus naves imágenes de santos o santas para que los guiara en su navegar como hizo España, sino que subió buenos cuadrantes, octantes, ballestillas, o astrolabios a brazos, ojos y buen tino científico de sus pilotos.

Y si ayer los políticos portugueses adelantaron su reino a todo el entorno europeo, está ocurriendo ahora con sus gobernantes, que aunque los ocultan todos los países de su entorno en su saber buen hacer, están dando un ejemplo de seriedad y de coherencia política, mientras en el resto ibérico se sigue con la destrucción de hospitales públicos porque se dispone de imágenes muy milagreras para sanar al pueblo.

Y si no sana, se entierra. Pero el Vaticano sigue lleno de gatos devora Cuyunís por si atreve alguno a posarse y darle al pico con una copla.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. ESCRIBE LA GRAN MENTIRA

    Escribe la gran mentira
    de la crónica de Indias,
    que antes que arribara Hernán Cortés,
    todo el mundo de allá
    estaba encaminado
    a vivir para esperar un dios barbudo:
    Un dios de castigo vaticano,
    no de vida.

    Y aquella gran mentira
    sigue volando todavía
    y extiende sus alas
    proyectando
    gigantescas bubas y pobreza
    sobre las criaturas.

    Los días de espada,
    que con la vela llegaron,
    dejaron atados
    a los palos,
    las singulares alegrías
    de los marinos andaluces
    que arribaron.

    Y el odio que se engendró
    de inmediato,
    llamando al sacrificio humano
    no fue un asunto
    andaluz,
    sino que imitando
    al dios de piedra mojada
    con verdín castellano
    de los páramos,
    desembarcó al otro lado
    del océano,
    hablando de muerte,
    de muertos resucitados.

    Las cruces rupestres
    sobre velas blancas
    pintadas de rojo,
    que se quedaron allí sin viento,
    flojas,
    señalaron tiempos
    para los que el indiano
    no estaba ni quería estar,
    preparado.

    Y todo se llenó
    de marinos de barco,
    de colonos hambrientos,
    cuya aportación
    fueron tejidos sucios:
    velas remendadas
    para hacer con sus restos,
    sacos.

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