El retablo del Conde Eros

París, 6 de julio de 2015.

Querida Ofelia:

Me he divertido con este libro de Eliseo Alberto. Ya la portada con la foto tomada por René Burri, de tres afrodescendientes en una calle habanera, supuestamente esperando la guagua, con un look de los años cincuenta, “de cuando Cuba era Cuba”, como decía mi madre, te invitan a leer el libro.

La historia comienza en la primavera de 1957, cuando el actor Julián Dalmau regresa a Cuba tras una larga estancia en los Estados Unidos.

Le han invitado a montar en el Teatro París la obra “Cuatro gatos encerrados”, sin saber que él pretende «ahorcarse al término de la primera función en medio de un vendaval de aplausos». Pero al desembarcar en La Habana, la mala o la buena suerte le llevan a un universo de prostitutas, actrices de vodevil y sufridos cantantes de ópera que, contra viento y marea, sobreviven al amparo de un decadente teatro llamado Finisterre (¿El Shangai?). En el centro mismo de ese retablo humano, sobresale el incondicional Conde Eros, escritor de novelas porno. En su cuaderno de notas, se lee:

«Bien se sabe, no jeringuen, quién lo duda, que para nadie la Vida con mayúscula es una ópera donde un tintorero puede ser rey de Etiopía, ni tan bella como para que a una puta la dejen figurar entre las alegres comadres de Windsor, de Salieri-Shakespeare, pero también se desconoce por qué a veces la vividora vida se da de repente esos lujos de sueño; tal vez ni siquiera lo haga por nosotros sino por ella misma, cansada como debe de estar cada vez que alguien protesta y asegura que la vida en minúsculas es un infierno, una estafa, una bazofia, una soberana y lacerante porquería.»

Eliseo Alberto, reproduce genialmente la atmósfera habanera del final de los años cincuenta, de esa inolvidable y entrañable ciudad farandulera y transgresora. Nos escribe haciendo gala de su erotismo caribeño, en una de sus páginas:

“El bálsamo de la maternidad la había sanado, sin duda, y por sus niñas le estaría eternamente agradecida a Octavio, pero los cuarenta son unos años ingratos pues a media vida aún le quedaba otra mitad por delante. ¿Qué hacer? Del teatro, se fue a la casa y jugó un rato con sus hijas. Luego se dio un baño de espumas. Nunca había visitado El Porvenir. Bajo el vestido blanco, de calado fino, iba desnuda. Elena arrastró a su esposo por la puerta trasera del bar. Cuando comprobó que el callejón estaba desierto (y rotas las faro­las de la esquina), decidió amarlo sin contenciones, al aire libre, en el pórtico de una pequeña ferretería.

-Te adoro, te adoro -gimoteaba Octavio al atrabancar­la contra el cristal.

-Mátame. Gózame. Préñame. Dame duro, dame rico. Dame más -clamaba aquella Elena desconocida que se ha­bía cansado de reprimirse. Octavio la bombeaba sin mucha pericia. A partir de esa noche, en plenitud de sus actos, ella juró que expondría sus prejuicios ante sus principios y confrontaría su fragilidad con su fortaleza, dispuesta a invocar al genio del deseo. Había aprendido que ese puli­mento de su cuerpo sería, si no una victoria del espíritu, el más grandioso regocijo. Mientras se frotaban las lámpa­ras maravillosas de sus sexos, Elena hizo votos de lujuria. Luego de las voladuras del orgasmo, todavía suspirante, le sobrevino una sensación muy placentera. El gusto le duró un par de pestañazos. Al verse apoyada contra una vidriera repleta de seguetas y martillos, herramientas que nos da la realidad para concretar los sueños, Elena dudó de si sería capaz de cumplir el juramento. Octavio la ayudó a arreglarse el vestido. »

 Te reproduzco otra página de este sabroso libro cubanísimo:

“Zamorinini pasó por el Finisterre, antes de ir a La Tra­viata. Había olvidado la gabardina. La puerta de los actores, al fondo del teatro, estaba cerrada y en penumbras. Ramo­na avanzó desde lo profundo del zaguán.

-¿En Buenos Aires, mi amor?

-En Buenos Aires, mi vida -dijo Zamorinni.

-Siempre me escondo en este zaguán pero siempre pasas.

-Siempre me hago el bobo.

-Siempre. Te esperaba.

-Porque siempre traía, traigo, el corazón en la boca.

-Te invito a casa, tenor. Deja que se vaya la guagua de la confronta. Compré un juego de sábanas en el departamen­to de niños de Flogar, con estampado de brujas. Jamás he tenido un hombre sobre mi cama, y menos que menos ama­rrado al respaldar de hierro: ésa es mi inocente fantasía. La noche lo amerita. Qué bárbaros los muchachos.

-Sí, qué bárbaros.

-La función de mañana no va a salirnos como el ensayo de hoy… Qué va. Imposible.

-La magia se reproduce; la poesía, no. Palabras del Conde. Antes de ir al teatro, tiré el tarot y consulté el horós­copo. Las cartas hablaban de una conjunción de elementos, ninguno casto, y los astros sugerían un orden planetario bastante propicio para el chuquichuqui. Vamos a casa. Aho­ra o nunca.

Zamorinni se mordió la lengua sin querer.

Ramona Gil le anudó las muñecas al respaldo de la cama -y las piernas, abiertas en compás, a las agarraderas de la cómoda. Zamorinni se retorcía entre el hedonismo y el estu­por, como caimán enlazado. Además del juego de sábanas, la soprano estrenó un conjunto de chaleco y pantaloncillo de cuero, unas manoplas plateadas y un látigo de chasqui­dos masoquistas. Se amaron con exquisita perversión.

Cuando acabaron de acabarse, y Ramona dormía sobre el pecho del tenor, desde la iglesia de la Loma del Ángel sonaron las doce campanadas que anunciaban el arribo del domingo 26 de mayo de 1957. Zamorinni comenzó a cantar. No vocalizaba un aria de ópera ni un tramo de zarzuela ni los versos del poeta veneciano Francesco María Piave, tan venerado por Ramona. Cantaba un bonito guaguancó que postula cubanamente:

Si se llega a morir,

si se llega a morir,

al cielo me voy con ella,

¡al cielo me voy con ella!”

Entre la pléyade de personajes que Eliseo Alberto nos ofrece, se encuentran:

-Agusti Vinyoli: sastre catalán, refugiado en La Habana. Experto en zurzuridos invisibles. Protector de la niña Cecil.

-Catherine Kindelán: bailarina exótica. Amante ocasional de muchos.

-El Conde Eros: novelista y editor de sus propios libros. Dramaturgo principal del Finisterre. Entre sus novelas, se destacan: Mira quién viene (1946), Las dos caras de la señorita Martínez (1947), Leche cortada (1949), Morir de espalda y La monja del batallón (1950), Entrepiernas (1951), Dolores (1952), Sin vergüenza (1953), Baja pasión (1954), La perra y Tragade­ras (1955), Malapata (publicada en Buenos Aires, 1959), Otro viaje a la Luna, El día que la banda de música se fue a la guerra (inéditas) y Las mujeriegas, esta última, como tantas, llevada al escenario del Teatro Finisterre. Nombre real del Conde: Juan José Gómez-Gómez.

-Fermín Lacret: mecánico, aficionado al boxeo y la actuación. Figurante del Teatro Finisterre. Sobrino de Zamorinni.

-Josep Dalmau (1890-1949): sastre. Esposo de Marina. Padre de Julián. Dueño de la sastrería El Dedal.

-Julián Dalmau: actor cubano, radicado en Nueva York. Hijo de Josep y de Marina. Padre de Anthony. Medio hermano de Cecil. En Norteamérica, intervino en una docena de películas junto a Marlon Brando, James Dean y Johnny Weissmu­ller, entre otras celebridades.

-Lorenza Garrido: madre de Boby la China. Ama de casa. Prostituta de La Gruta de Valeria Varela. Manicura de La Pekinesa.

– Luisa Amaro: actriz del Finisterre. Amor de muchos. Mucama de la familia Lecuona.

-Pura Fajardo: joven amante del Conde Eros. Vecina del pueblito de Regla. También llamada “El Postre”.

-Ramona Gil: bayamesa. Soprano y ramera de fama internacional. Gran amor de Pedro J. Zamora Pimentel, entre otros. Primerí­sima actriz absoluta del Finisterre. La mejor amiga del Conde Eros.

-Regino Ulloa: dentista de la alta sociedad y de la farándula artística. Propietario del Teatro Finisterre.

-Roberto Luis Salgado: también llamado Boby la China. Estilista. Hijo de Gui­llermo y Lorenza. Ahijado del Conde Eros. Actor del Fi­nisterre. Propietario de la peluquería La Pekinesa.

-Valeria Varela: decana y propietaria del burdel La Gruta. Amiga de Lorenza ¿Hija de Yarini?, pudiera ser. Murió en París, a me­diados de 1959.

El epílogo de esta deliciosa novela, no tiene desperdicio, pues nos enteramos como la “gloriosa” Revolución hizo cambiar el destino de cada personaje y como terminó cada uno de ellos.

Te la haré llegar lo más rápido posible por la vía que suelo hacerlo.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

Eliseo Alberto (Arroyo Naranjo, Cuba, 1951), se licenció en Periodismo y ocupó la redacción del periódico “El Caimán Barbudo” y la subdirección de la revista “Cine Cubano”. Ha dividido su actividad profesional entre la literatura, el cine y la docencia. Ha publicado diversos poemarios, entre los que cabe resaltar “Las cosas que yo amo” y “Un instante en cada cosa”. En narrativa destacan sus novelas “La Fogata Roja” (Premio Nacional de la Crítica de Cuba, 1983), “La eternidad por fin comienza un lunes” (1992), “Informe contra mí mismo” (1997), “Caracol Beach” (Premio Alfaguara, 1998), “La fábula de José” (2000), y “Esther en alguna parte” (2005). Su trabajo periodístico está recogido en los libros “Dos Cubalibres “y “Una noche dentro de la noche”.

EL Retablo del Conde Eros. Eliseo Alberto. El Aleph Editores. 233 páginas. ISBN: 978-84-7669-818-1

 

Hispanista revivido.