Hay más. Mucho más. Es lo que podría denominarse el revés de la trama de una historia posiblemente aplaudida demasiado pronto y demasiado intensamente.

Cuba está de moda. No transcurre un solo día sin noticias de la isla, desde que luego de una mediación papal, los presidentes Barack Obama y Raúl Castro acordaron que comenzara el deshielo en la relación entre los archienemigos. Deshielo con puntos altos, como lo fue la apertura de embajadas.

Entretanto, el tema se ve matizado por textos y fotos que muestran cambios más ligeros, como la incentivación del turismo. Hay también vaticinios políticos optimistas, de los cuales surgen anuncios como el de que se van a retirar los Castro, que gobiernan dictatorialmente desde 1958, abriéndole el camino a los “jóvenes” de 45 a 60 años, apodados “hijos de Guillermo Tell” y a quienes creen muchos que los actuales mandamases de la gerontocracia cubana ordenarán como nuevos titulares del gobierno comunista. En cierta forma algo parecido a lo que aconteció en China donde los austeros marxistas de la era de Mao Tse-tung han sido suplantados por algo muy curioso: los comunistas millonarios.

Pero todo esto arrastra consigo un trasfondo escalofriante. Para llegar al mismo hay que apartarse de las celebraciones del momento y hasta de gente como el cardenal Jaime Ortega, quien dijo “ya en Cuba no quedan aquellos presos políticos”, al mismo tiempo que la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional difundía una lista de 71 presos condenados o procesados por motivos políticos.

Para estar enterados de estas violaciones a los derechos humanos hay que contactar ciertas personas que no están en primer plano pero que son claves, investigando y denunciando. Como la filóloga y periodista Yoani Sánchez, o bien las audaces “Damas de Blanco” o el ex preso de conciencia Elizardo Sánchez, quien dice que a los presos por razones políticas se les negó el debido proceso o sufren “condenas desmesuradas”. Es bueno saber lo que acontece con el grafitero Daniel Maldonado que, según Sánchez es “la figura más representativa de la intolerancia ya que lleva medio año preso por tratar de organizar una “performance” reivindicativa y pacífica en La Habana.

Asimismo, son a tener en cuenta las vicisitudes del oficial de inteligencia Claro Fernando Alonso Hernández, preso desde el 20 de febrero de 1996, y que por ley militar debería ya estar en libertad condicional desde 2006.

Cuando Fidel y los suyos tomaron el poder, cobraron notoriedad en gran parte por los fusilamientos de opositores. Hoy ya no fusilan pero en la isla hay otros homicidios. Solapados, misteriosos, escasamente investigados. Como el de Oswaldo Payá, fuerte crítico del gobierno que según versiones oficiales murió en un mero accidente de tránsito pero que en realidad fue eliminado después del accidente. Payá en 2002 había recibido el Premio Andrei Sajarov del Parlamento Europeo e incomodaba a las autoridades de su país. Así, sobrevino un accidente muy conveniente: en un auto viajaban Payá, Cepero y dos europeos. Otro auto los forzó fuera del camino y se dieron contra un árbol. Los disidentes cubanos murieron y los europeos volvieron a Europa, donde finalmente se atrevieron a sincerarse acerca de la tragedia.

Hay más. Mucho más. Es lo que podría denominarse el revés de la trama de una historia posiblemente aplaudida demasiado pronto y demasiado intensamente.

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