Los períodos de inestabilidad política que ha vivido Puerto Rico durante el último siglo (cambio de soberanía, dicen los sociólogos) y la pérdida gradual de los valores tales como el amor a Dios, la unión de la familia, el amor hacia el prójimo y el amor intrínseco a la patria, al pedazo de suelo aquel donde se nace son sólo ejemplos de sentimientos, emociones y modos de actuar que llegaron a ser características particulares de la idiosincrasia del puertorriqueño y que a día de hoy se ha llevado reiteradamente a un referéndum.

No se puede derogar 400 años de cultura para empezar con borrón y cuenta nueva. En los primeros 400 años de convivencia entre España y Puerto Rico se forjó la identidad, el carácter del pueblo puertorriqueño. Después de la invasión norteamericana de 1898 los puertorriqueños han estado durante 118 años luchando “entre la esencia y la forma”, esa ambivalencia en esta lucha por la identidad, la impotencia por definir su propia personalidad y sufrir la agonía de la transculturación por derogar graciosamente 400 años de historia y de cultura a favor de una cultura que les es ajena y que de manera solapada influye constantemente en la educación de sus propios hijos.

No debemos olvidar que el pasado se convierte en nuestro punto de referencia para elaborar el futuro. El que no toma en cuenta su pasado, jamás podrá ser un buen arquitecto de su futuro y su creación no será más que una choza que sucumbirá cuando la azote el primer temporal que aparezca. No se puede permitir que aquellos valores, costumbres, tradiciones, emociones y modos de pensar que identifican al pueblo puertorriqueño (que durante 400 años crearon su propia personalidad) se pierdan o se olviden.

Es cierto que a partir de los años 50 del anterior siglo hubieron adelantos en la adquisición de bienes materiales, pero en vez de dirigir ese crecimiento hacia la autosuficiencia, se incrementado la dependencia y la asimilación no solamente de la economía, sino de programas y de estilos de vida ajenos a la forma de ser del pueblo puertorriqueño. Otro factor influyente en la crisis puertorriqueña actual es que viven un estilo de vida excesivamente dependiente, se fomenta la vagancia, la baja autoestima y el desinterés hacia aquellos valores que enriquecen la vida y que nos dan identidad y sentido en este mundo; como lo es el ganar lo que nos comemos con el sudor de nuestra frente.

Sin duda alguna, la ausencia de tan esenciales valores promueve una desorganización que comienza por el individuo, se extiende a su grupo de contacto más cercano (su núcleo familiar) y, finalmente, corrompe el conjunto de familias que componen la sociedad o la comunidad.

Un pueblo que se proyecte hacia el futuro orgulloso de lo que ha sido (cuya base es la cultura española) y seguro de lo que es. Una sociedad que sienta el deseo de trabajar duro para echar a sus hijos hacia adelante. Para ello es necesario que comiencen a ser ellos mismos. El tiempo de comenzar no fue ayer, no será mañana; es ahora.

Aceptemos el reto de nadar en contra de la corriente. Las fuerzas para sobrevivir durante el trayecto van a aparecer porque no están tan lejos como nos han enseñado que están. Desde la infancia se adoctrina a los niños para negar su verdadera esencia. Es hora de volver a ser lo que siempre han sido sin ingerencias de una cultura extraña: Españoles de Puerto Rico.

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