El trauma de Fabiola

Fabiola Santiago, en ‘El Nuevo Herald’, establece sin más ni más el diagnóstico del ”síndrome de supremacía cubana” que supuestamente padecen los seguidores cubanoamericanos de Donald Trump. Y yo, que no soy trumpista, me quedo flipando

 

Llamarle supremacista a cualquiera, por más fan de Trump que pueda ser, me parece excesivo y festinado. Es pasarse de frenada. El término ‘supremacista’ normalmente se reserva para los neonazis, los del Ku Klux Klan y otros grupos similares.

Sin embargo, no debemos culpar de plano a D.ª Fabiola, sino comprender el origen de su fobia. La niña Fabiolita llegó directamente de Matanzas al exilio miamense en 1969 (‘el año del esfuerzo decisivo’, ¡madre mía, de la que se libró!) y le tocó una escuela donde predominaban los niños procedentes de La Habana.

A ella le resultó más que difícil, imposible, vencer la infranqueable barrera cultural entre el habla habanera y la matancera, dadas las diferencias existentes entre ambas variantes dialectales, según se colige de su propio relato. Por lo cual se acercó e integró plenamente al grupo afroamericano del colegio, cuyo sociolecto, no pocas veces ininteligible para otros, a la niña le parecía mucho más cercano y digerible que el habla habanera. Ese es su trauma y su karma. Seamos comprensivos, que es un caso para psiquiatra de diván. Una acomplejada irreversible.
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A continuación entresaco algunos fragmentos de su artículo en que la autora explica su trauma infantil:

“¿Tú viniste de Cuba hace poco ¿verdad?”, (…) La pregunta de Garrido pertenece al primer tipo, el clasista, y me transportó al Miami de 1969 y a la que entonces era mi nueva escuela, Melrose Elementary.
(…)
Sin embargo, la fecha de mi llegada, 10 años después que Castro tomara el poder, me marcó como diferente y por consiguiente me excluyó del íntimo círculo de los chicos cubanos. También influyeron los regionalismos del español que hablaba una niña que no venía de La Habana, sino de la más apacible ciudad de Matanzas.

El rechazo de los muchachos terminó por ser lo mejor que me pudo haber ocurrido. Me abrió los ojos —y sobre todo el corazón— a otros niños. Otro grupo de recién llegados a la escuela primaria rescató a la solitaria y nostálgica niña cubana: los muchachos afroamericanos para quienes también era nueva una escuela integrada del noroeste de Miami.

Fabiola Santiago