¿Por qué triunfa el castrismo?

El drama humano de nuestros compatriotas en la frontera de Nicaragua, bloqueados por el largo brazo de La Habana, es otro ejemplo de una evidencia que muy pocos están dispuesto a aceptar: el triunfo del castrismo.

Cara a Hispanoamérica, Castro y sus secuaces han conseguido convertirse hoy en los representantes indiscutibles de una ideología que confunde los ideales de justicia social y la crítica al imperialismo, simbolizado desde hace más de un siglo por la hegemonía mundial de los Estados Unidos.

Conviene recordar que las primeras advertencias sobre la deriva comunista del castrismo, la produjeron sus propios compañeros de lucha. Los pocos creadores de opinión, entre los que se encontraba el Diario de la Marina*, que se atrevieron a oponerse con argumentos liberales; o sea puramente económicos, al avance de la maquinaria ideológica del Partido Popular, fueron desarticulados y silenciados con el beneplácito de una buena parte de la intelectualidad cubana, que también consideraba que el capitalismo debía ser reformado en aras de la justicia social.

Esta idea no sólo era defendida en Cuba. También en los Estados Unidos, los creadores de opinión y los campus universitarios más influyentes, entre los que se hallaba la Universidad de Columbia, también lo creían. Por esa razón, los medios académicos norteamericanos, que cojean mayormente por la izquierda, siempre han mantenido una posición conciliadora con La Habana. Irene Wright, sin ir más lejos, consideraba con toda razón ya a mediados del siglo pasado, que Cuba no era un producto de los propios cubanos: “no ha sido modelada por ellos ni siquiera la han influido. Es, por el contrario, una manufactura totalmente americana”.

En esas condiciones, el castrismo fue considerado por todo ellos como un experimento. Por ejemplo, el 30 de julio de 1959 el Saturday Evening Post publicaba en primera página el siguiente titular: “La reforma agraria es anticapitalista”. Circunscrito al ámbito insular y a un número reducido de seres humanos, valía la pena observarlo y eso es lo que han hecho hasta hoy. La prueba es que en los ochenta, tras la caída del muro y el posterior desmembramiento de la Unión Soviética, a nadie en Washington se le ocurrió organizar una intervención militar para acabar con el simpático experimento social de los sesenta que entre tanto había degenerado cruenta dictadura.

Las pasiones que levanta el caso cubano, impiden considerar con serenidad ciertos hechos. Tras considerar las estadísticas internacionales de la época, resulta evidente, que Cuba no era un país pobre comparado con la mayor parte de Hispanoamérica y algunos países de Europa. Sabemos que la isla descollaba en numerosos indicadores de desarrollo contrastados por las Naciones Unidas. La isla no era ni mucho menos “el eslabón más débil” como pudo serlo la Rusia zarista en 1917.

¿Entonces por qué triunfó el castrismo?

Pues una de las respuestas posibles es que Cuba fue el terreno donde cristalizaron las pasiones ideológicas que fracturaban a la izquierda norteamericana. Dentro de la isla, el terreno ideológico estaba más que preparado, las ideas marxistas habían conseguido una gran popularidad e influencia desde los años treinta, cuando casi consiguen apoderarse del Estado tras las huelgas organizadas para derrocar a Gerardo Machado. Para los que suelen olvidarlo, recordemos que varios ministros de Fulgencio Batista eran comunistas confesos. Tras el triunfo de 1959, no fue un problema llevar a cabo un programa ya trazado, con el beneplácito de las élites norteamericanas y con el apoyo de la Unión Soviética. A pesar del libro de Depalma, la influencia de Herbert Matthews, un egresado de Columbia en la invención de Fidel Castro, un pandillero que nunca ha dado la cara, nunca ha sido ponderada en toda su dimensión.

Hoy los cubanos se asombran por la longevidad de un régimen que ha sumido a su población en la pobreza y en la desesperación. Otros ideólogos se escandalizan por la actitud de un presidente norteamericano que lo apoya sin “obtener nada a cambio”. Sin embargo, si nos detenemos a pensar un poco, tendríamos que convenir que Obama no ha hecho más que seguir la misma política tolerante de sus predecesores, aplicada a las condiciones históricas actuales.

El castrismo triunfa todavía hoy, no sólo por la confusión ideológica, la represión o el terror, sino porque tampoco ninguno de los opositores cubanos dentro y fuera de la isla sostiene un discurso renovador o de ruptura. Todos defienden el estado de bienestar (es decir, el socialismo) y los “logros del castrismo” en los campos de la educación y la salud pública. La defensa de los derechos humanos, por sí sola no constituye un verdadero punto de inflexión. Nunca lo ha sido. No olvidemos que Francia, la tierra que los vio nacer un día, se rindió al pragmatismo económico y después de haber abolido la esclavitud, cuando le convino a la emperatriz Josefina, la restableció en sus colonias caribeñas.

Nota:

“Si algún capitalista se engañó, fue porque quiso; si algún propietario pensó que todo terminaría al caer el régimen, pensó mal, porque claramente se le dijo por el Dr. Castro que todo comenzaría al caer el régimen; y si alguna persona alérgica a las grandes conmociones económicas y sociales siguió y ayudó al Movimiento, creyendo que éste venía solamente a tumbar a Batista, pero no a cambiar costumbres muy arraigadas en la organización económica y social, se equivocaron totalmente o no leyó con atención aquel manifiesto. El Dr. Castro no ha engañado a nadie, aunque mucha gente conservadora y enemiga de las convulsiones le siguieron sin preguntarse detenidamente hacia donde la llevaban”.

Gastón Baquero, 19 abril 1959, despidiéndose de Cuba y de sus lectores del ‘Diario de la Marina’, del cual era jefe de redacción.

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Hispanista revivido.

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