Eloy Gutiérrez Menoyo, 1959.

París, 14 de diciembre de 2015.

Querida Ofelia:

Te mando las declaraciones del ex guerrillero del Escambray Miguel García Delgado a propósito de la vida de su compañero de armas. Las obtuve en Miami el verano pasado. Sólo hoy te las puedo hacer llegar, pues es mucho el material que logré recopilar en aquellas tres semanas de vacaciones en la Florida. Te lo seguiré enviando en las próximas semanas.

“La vida de Eloy Gutiérrez-Menoyo no ha conocido reposo ni monotonía. El más joven de los comandantes de la Revolución que lideró Fidel Castro en 1959, Gutiérrez-Menoyo se adelantó a éste al entrar en La Habana, procedente de las montañas, a la caída del dictador Fulgencio Batista. Contaba por entonces 24 años de edad y ya había comandado –por separado de Castro– el II Frente Nacional del Escambray, un foro insurreccional aparte de la Sierra Maestra y del Movimiento 26 de Julio, con cerca de 2,000 guerrilleros, en las montañas de la región central de la isla.

Más que las hazañas y el tesón que sus colaboradores puedan y suelen atribuirle, son sus fuertes convicciones las que ponen de manifiesto una personalidad férrea y un hermetismo a veces desconcertante.

“Mis primeras lecciones sobre la libertad y la justicia social las aprendí en el seno de mi familia”, afirma Gutiérrez-Menoyo, quien nació en Madrid, el 8 de diciembre de 1934. Su padre, el médico antifranquista Carlos Gutiérrez Zabaleta, llegó a alcanzar el grado de comandante médico en el ejército republicano español.

“Toda mi familia participó, de una u otra forma, en la lucha junto a la República española, desde una posición socialista democrática, no desde una posición comunista estalinista”, ha resumido Eloy. De hecho, su hermano José Antonio –un niño apenas, que ni siquiera contaba la edad reglamentaria– murió en combate en el frente antifascista de Majadahonda. “Fue el primero de los varones, el primer golpe fuerte para la familia, un hecho del que sólo recuerdo los cuentos que alimentarían mi niñez”, comenta hoy día Eloy. La tradición de sacrificio continuaría en la familia.

Su hermano Carlos, “Héroe de la Revolución Cubana”, quien murió en el ataque al Palacio Presidencial buscando la eliminación del dictador cubano Fulgencio Batista, había sido un legendario maqui en la lucha contra el nazismo en Francia, a donde había escapado del fascismo español. Condecorado dos veces con la más alta distinción francesa, Carlos había tenido el honor de entrar en París con las tropas de liberación, en un tanque junto al General Leclerc.

Fue precisamente a través de Carlos que los Gutiérrez-Menoyo llegaron a Cuba exilados del franquismo. Era 1948 y Eloy era todavía un niño. En 1952, el General Batista dio un Golpe de Estado que interrumpió el ritmo constitucional del país y la recién adquirida paz de la familia. “Todo cambió para mí aquel día. Me había adaptado en Cuba y ya me sentía cubano. Me hirió ese golpe de estado, aunque sólo tuviese 17 años. Era ver que mi familia perdía de nuevo su libertad”, explica en una entrevista años después.

En 1957, el joven Eloy asiste, como enlace a su hermano Carlos, en los preparativos del arriesgado ataque al Palacio Presidencial, en La Habana, con el fin de deponer al dictador Batista. Este plan, llevado a cabo bajo la jefatura militar de Carlos Gutiérrez-Menoyo, contó con la participación de jóvenes estudiantes de la Universidad de La Habana, dirigidos por José Antonio Echevarría, a quien se le asignó la operación de la toma de Radio Reloj. El asalto al Palacio Presidencial fracasó el 13 de marzo de 1957, dejando un elevado saldo de mártires en el valiente intento, entre ellos Carlos Gutiérrez-Menoyo y José Antonio Echevarría. Eloy se convirtió entonces en el jefe nacional de acción del Directorio Revolucionario Estudiantil.

Ocho meses más tarde, el 10 de noviembre de 1957, en Banao, en la Sierra del Escambray, Eloy Gutiérrez-Menoyo se alza y funda el II Frente Nacional del Escambray. Desde entonces los cubanos le conocerían como Menoyo.

Mientras los del II Frente permitían participar a rebeldes de otras organizaciones anti-Batista –se les permitía incluso seguir usando brazaletes de otras denominaciones como 26 de Julio, Organización Auténtica y Directorio Revolucionario Estudiantil– a su llegada de Sierra Maestra a Sierra Escambray, Ché Guevara aplicó órdenes específicas contra tal diversidad. El 27 de diciembre de 1958, Fidel Castro le escribía a Guevara desde Sierra Maestra: “Es de suma importancia que el avance hacia Matanzas y La Habana sea efectuado exclusivamente por fuerzas del Movimiento 26 de Julio”.

Aun así, Menoyo llegó de los primeros a La Habana. La revolución le concedió –junto al Ché– la ciudadanía cubana por méritos patrióticos, pero Menoyo ya se consideraba un criollo. “Yo había llegado de niño y en Cuba había nacido a la vida”, recuerda Eloy. “España era uno de los puntales culturales de la isla de Cuba”, añade, “de forma que era perfectamente normal para mi sentirme cubano y manifestarme como cubano”.

Al principio del gobierno revolucionario, Menoyo declina puestos ministeriales y es el primer comandante en afeitarse la barba. “No albergaba aspiraciones políticas, francamente, tenía ese idealismo y ese candor de juventud que choca con las aspiraciones personales”, comenta Menoyo. Es durante estos tiempos que alerta en algún que otro programa televisado para que se reflexione sobre los posibles desvíos totalitarios del proceso, incluso hacia el peligro comunista. Sus advertencias atraen la atención del dictador de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, quien imagina posible obtener el apoyo de Menoyo y sus seguidores para llevar adelante una conspiración con cubanos anti-castristas.

En un clima de apoyo popular casi absoluto a la recién vencedora revolución, Menoyo y su II Frente consiguen burlar al astuto y despiadado Trujillo poniendo prontamente fin a la comedia que se conoció como Conspiración Trujillista. Opuesto diametralmente a los fusilamientos de los primeros días, Menoyo condicionó la captura de los “trujillistas” a que ninguno de ellos fuese ejecutado. “Mi oposición a la pena de muerte se basa no sólo en razones de humanidad, sino que además la pena de muerte constituye una brutal perversión de la justicia”, ha afirmado.

Con aplastante sinceridad, da por entonces un paso insólito desde el punto de vista político: disuelve el II Frente. Desalentado finalmente con la penetración de la Revolución por los viejos cuadros comunistas, rompe con la línea totalitaria del gobierno, y se marcha al exilio.

Son los días de 1961 en que la C.I.A. preparaba la invasión de Bahía de Cochinos. Opuesto a toda actividad que no fuese independiente de intereses extranjeros, rechaza cualquier vinculación a los proyectos desestabilizadores contra Cuba llevados a cabo por agencias oficiales norteamericanas. Forma, no obstante, con imaginación y escasos recursos, la versión original de Alpha 66. La organización se ganaría la atención de la prensa internacional por sus temerarias acciones de tipo comando dentro del territorio cubano durante los años 60. Durante toda esta época, Menoyo recalcó siempre su oposición al terrorismo y enfatizó que “una guerra idealista y revolucionaria debería evitar todo acto de crueldad y alejarse siempre de cualquier acción de terrorismo indiscriminado”.

El 28 de diciembre de 1964, con 30 años de edad, se convierte en el único dirigente exilado en regresar a Cuba con las armas en la mano. Lo acompaña un minúsculo grupo, vistiendo uniforme militar de acuerdo al texto de la Convención de Ginebra. El desembarco se produce por Punta Caleta, en las proximidades de Baracoa, en la Provincia de Oriente.

La propia literatura oficial cubana se encargaría de narrar con asombro los casi treinta días de combate constante y desigual librado frente a más de veinte mil efectivos de las Milicias Serranas, el Batallón 50 y el Batallón Fronterizo. Fidel Castro lo recibe junto a la alta jefatura cubana, asegurándole que “sabía que vendrías”. Castro sugiere entonces a Menoyo que para salvar la vida de sus compañeros detenidos tendría que afirmar en cámara que el campesinado le había sido hostil. “Me hizo la oferta sin coacción y con aceptarla no traicionaba a otros que, por el contrario, no me habían sido hostiles. Me parecía sensato quedarme dueño de esa otra información”, contó luego Menoyo.

Nada lo libraría del castigo de uno de los períodos más largos y crudos en la historia del presidio político cubano. Durante 22 años en las cárceles cubanas, Menoyo se fue convirtiendo poco a poco, en un símbolo de libertad. Organizó y llevó a cabo valerosas protestas y huelgas de hambre maratónicas en las que llegó a pesar 75 libras, y de las golpizas que le propinaron quedó sin visión del ojo izquierdo, sordo de un oído, y sufrió la fractura de veinticuatro costillas. En 1978, se produce un diálogo entre exiliados cubanos y el gobierno cubano, con el beneplácito del gobierno norteamericano. No se producen grandes logros tangibles en materia de democratización, pero se consigue un logro sustantivo: la excarcelación de casi 3,000 presos políticos.

Sin embargo, Menoyo no estará entre los liberados. Había irritado al gobierno cubano al hablar corajudamente ante las cámaras visitantes, casi echando por tierra el acuerdo. “Para soltar a los presos no hace falta diálogo”, expresó entonces, “presos suelta hasta Pinochet, en cambio, para lo que hace falta un diálogo es para discutir sobre derechos y libertades fundamentales”, señaló. Había rechazado una y otra vez el llamado Plan de Rehabilitación, prefiriendo continuar de “plantado” y a su condena de 30 años el gobierno había sumado otros 25, acusándole de haber organizado células clandestinas desde la cárcel. No obstante, una enérgica campaña internacional, encabezada por su hija Elena-Patricia en América y por su hermana Sara en Europa, consiguió un respaldo casi unánime para este anti-castrista hasta cierto punto atípico para algunos, por sus posiciones progresistas y su vinculación a la socialdemocracia.

En noviembre de 1986, el jefe del gobierno español, Felipe González, consigue de Fidel Castro la liberación de Eloy Gutiérrez-Menoyo. El 21 de diciembre de 1986 sale rumbo a Madrid donde concentra la atención de la prensa. Vuela a Miami donde miles de exilados le dan la bienvenida como héroe indudable. Sorprende, sin embargo, a algunos al desmarcarse claramente del activismo belicista. Él lo explica de esta manera: “Debemos aprender de las experiencias en otros países en los que se han alcanzado acuerdos de paz y se han logrado cambios positivos por vías no violentas. El cambio es posible sin derramamiento de sangre”.

El 20 de enero de 1993, en el Club de Prensa de Washington, junto a un grupo de cubanos prominentes, anuncia la creación de Cambio Cubano. Será otra vez primero, esta vez en ser recibido durante tres horas por su adversario Fidel Castro en un histórico encuentro en La Habana, en junio de 1995, estrechón de manos que le gana inicialmente a Menoyo un sondeo desfavorable entre los factores más recalcitrantes, tanto en el gobierno cubano como en el exilio. A fuerza de tenacidad, mantiene Cambio Cubano con recursos mínimos, viaja el mundo desde España –donde se reúne con Felipe González y sus amigos del PSOE–, hasta Estocolmo invitado por el Centro Internacional Olof Palme. Por hablar sin temor en el encarecido escenario de Miami recibe el Premio a la Libertad de Expresión de la ACLU (American Civil Liberties Union).

El 3 de noviembre de 1995 habla en público en La Habana en un nuevo diálogo entre gobierno y exilados. Es el discurso vibrante y mesurado de un opositor, la voz de un inconformista con credenciales éticas para ser escuchado. En 22 minutos, según el cable de Reuters, ha hecho temblar las paredes del Centro de Convenciones. Por primera vez alguien levanta su voz para hablar, respetuosa y generosamente, sobre la necesidad de libertad, sobre la necesaria excarcelación de presos políticos, sobre la necesidad de cambios sustantivos, sobre la urgencia de una nueva Asamblea Constituyente. En contra del embargo norteamericano y en contra del embargo que el gobierno cubano impone a las libertades básicas del pueblo cubano.

Si su discurso pudo haber irritado a algunos funcionarios cubanos, éstos consiguieron no dejar ver su enojo. Cambio Cubano y Menoyo dejaban de ser innombrables y parecía abrirse para ellos un camino de amplias posibilidades en el que gobierno y oposición podrían dejar a un lado las miserias de la política; en aras de una misión reconciliadora del país.

El despiadado derribo de las desafiantes avionetas de exilados por aviones de guerra cubanos, el 24 de febrero de 1996 echaría por el suelo, al menos por buen tiempo, cualquier esperanza de solución pacífica. En la era Clinton y de la Ley Torricelli contra Cuba se saltaría de zancadas hacia la veloz aprobación de la Ley Helms-Burton, decreto imperial que recibiría la desaprobación mundial, a la vez que impelería al gobierno cubano a la utilización de su arma superlativa: el aislamiento.

En la nueva era Bush, endurecida la retórica de confrontación Washington-La Habana que tan dañina ha sido a la causa de la democratización de Cuba, el 20 de mayo de 2003 Menoyo reitera peligros que ya ha advertido anteriormente: la oposición corre el riesgo de verse inutilizada si continúa a la sombra del gobierno norteamericano. En su queja hay pesar. No son precauciones que se puedan arropar en demasiadas sutilezas. Insiste en la necesidad de un espacio legal.

Es el año 2003. Hay enormes tensiones en Cuba. Menoyo ha pasado por varias operaciones oftalmológicas en los últimos tiempos. Trabaja en sus memorias. No ha dejado de reunirse con funcionarios cubanos, incluso tras la abrupta salida de su puesto del Canciller Roberto Robaina. Ha viajado varias veces a la isla, no sin ciertas tensiones. Su racionalidad y su paciencia parecen inagotables. Sin embargo, le preocupa la demora en el diálogo con Fidel Castro que había comenzado con un encuentro de su hija Elena-Patricia y Castro en La Habana.

En el verano volverá a Cuba, tres años después de un último y conflictivo viaje. Lo acompañarán su esposa, Gladys Teresa, y sus hijos más pequeños: Carlos Alberto de 13; Alejandro José de 11; y Miguel Ángel, de 9. Al entregarle su visado, funcionarios del gobierno cubano le habían pedido que se hiciera fiable, compromentiéndose a viajar, esta vez, sin propósitos políticos. Menoyo parte rumbo a Cuba el domingo 20 de julio de 2003.

Este fue el último viaje de Menoyo a Cuba donde declaró: “mi trichera está aquí y aquí me quedaré para luchar por la verdadera revolución la que luchamos los revolucionario contra Batista y todas las dictaduras”.

Todo lo que aparece en estas declaraciones mías, están basadas en documentos de los Archivos de Cambio Cubano, que se encuentran en Miami bajo mi custodia ». Miguel García Delgado.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

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