“Hasta la guerra con Chile en 1879 la exportación del capital normalmente se realizó bajo préstamos a largo plazo al gobierno peruano

La acción del Duque de Wellington; la acción de Inglaterra; la acción de los europeos fue unívoca: destrucción total de todos los medios españoles para conseguir la total sumisión de un pueblo orgulloso. Ejemplos se pueden encontrar en América con la destrucción de la pequeña industria naciente… Y ejemplos se pueden encontrar en España donde la deslealtad de quienes se presentaban como amigos queda patente, por ejemplo en el bombardeo ordenado por Wellesley sobre la industria textil bejarana, fuerte competidora de la industria inglesa, cuando no existían enemigos que combatir, o en la destrucción de la fábrica de porcelanas del Buen Retiro, cuando los franceses ya habían evacuado la ciudad.

Pero siendo nefasto todo lo expuesto, hay un detalle que es más importante y que resultaba imprescindible para que Gran Bretaña tuviese todos los hilos en la mano: la separación de los territorios, que evitaba una fluida correspondencia de los bienes producido en cada uno de ellos hacia los otros. Ahora, el mercadeo de estos productos estaba en manos de británicos, únicos que tenían acceso a todos los puntos, por las relaciones de clientelismo creadas con la metrópoli (ahora sí podemos hablar de metrópoli). Abonando ese extremo, Tulio Halperin Donghi señala que “ahora la fragmentación del antiguo imperio había separado a zonas enteras de sus fuentes de metal precioso (es el caso del Río de la Plata, despojado en quince años de casi todo su circulante); aun en zonas que las habían conservado, el ritmo de la exportación, más rápido que el de producción, podía llevar al mismo resultado: así ocurría en Chile luego de la independencia; productor de plata y oro, el nuevo país no podía conservar la masa de moneda, sin embargo tan reducida, necesaria para los cambios internos.”

“Desde el comienzo de su vida independiente, esta parte del planeta parecía ofrecer un campo privilegiado para la lucha entre nuevos aspirantes a la hegemonía. Esa lucha iba a darse, en efecto, pero -pese a las alarmas de algunos de sus agentes locales- la victoria siempre estuvo muy seguramente en manos británicas. Las más decididas tentativas de enfrentar esa hegemonía iban a estar a cargo de Estados Unidos -aproximadamente entre 1815 y 1830- y a partir de esa última fecha, de Francia. ”

Entre los carroñeros se estaba produciendo una lucha frenética por obtener la mejor tajada, pero la experiencia es un grado. Así, “la diplomacia británica se deja adular y utiliza su posición para consolidar los intereses de sus súbditos, amenazados, luego de 1815, por una ola de impopularidad creciente. En la década siguiente va a consolidar aún más esa situación privilegiada, haciendo pagar el reconocimiento de la independencia de los muchos estados con tratados de amistad, comercio y navegación que recogen por entero sus aspiraciones. En ese momento la hegemonía de Inglaterra se apoya en su predominio comercial, en su poder naval, en tratados internacionales” .

Unos tratados de amistad y comercio que hacen ruborizar a quién se toma la molestia de leerlos. Por ejemplo, y sólo como ejemplo que da perfecta muestra del cariz del tratado, Inglaterra tendría acceso a todos los puertos marítimos y fluviales de las Provincias Unidas, y en justa reciprocidad, las Provincias Unidas podrían hacer lo mismo en los puertos ingleses siempre que lo hiciesen en barcos construidos en astilleros de las Provincias Unidas. Claro, da la casualidad que en esos momentos las Provincias Unidas carecían de embarcaciones y los astilleros, tras la guerra, estaban por desarrollar. Con una particularidad, que cuando comenzasen a desarrollarse lo harían bajo la órbita inglesa.

Pero no se acaba en las Provincias Unidas esta actividad, sino que se extiende a lo largo de todo el continente. Así, el ministro británico Ward señala que “el México independiente deberá seguir importando más que el colonial, puesto que su producción artesanal textil no puede competir con la importada.”

Un México en el que, conforme a lo señalado por Tulio Halperin, a principios del siglo XVIII contaba con el “centro textil de Puebla, donde la organización en manufacturas es antigua. Su producción se destina sobre todo al mercado interno, al que domina por entero en los sectores populares.”  Con la intervención británica, todos los inconvenientes que pudiese tener el sistema iban a desaparecer ante la inundación de productos confeccionados en Inglaterra y la eliminación de la producción propia.

En este mismo orden, Leslie Bethel señala que cuando los movimientos separatistas comenzaron a sentirse en Perú, “los inversores ingleses participaron del entusiasmo de los productores y los comerciantes porque percibieron la posibilidad de invertir sus capitales en la explotación de los legendarios yacimientos de metales preciosos. En los años inmediatamente posteriores a la independencia se crearon cinco compañías con el propósito específico de dedicarse a esta actividad: la Chilean and Peruvian Association; Potosí, La Paz and Peruvian Mining Association; Pasco Peruvian Mining Company; Peruvian Tra-ding and Mining Company, y la Anglo-Peruvian Mining Association. Las cuatro primeras contaban con un capital de 1.000.000 de libras esterlinas y la última con 600.000.”

Esta “ayuda” británica, además de los enfrentamientos entre pueblos hermanos consiguió la total sumisión de todos ellos. Así, en Perú y “hasta la guerra con Chile en 1879 la exportación del capital normalmente se realizó bajo préstamos a largo plazo al gobierno peruano. El primero fue decidido por San Martín (agente británico) en 1822. Sus enviados especiales Juan García del Río y el general Diego de Paroissien obtuvieron de la casa Thomas Kinder un empréstito por 1.200.000 libras esterlinas. Se fijó un interés del 6 por 100, una comisión del 2 por 100, el precio de los bonos al 75 por 100 y un plazo de amortización de 30 años. La garantía de este empréstito estuvo constituida por las rentas de las aduanas y de la producción de plata. Dos años más tarde, Bolívar (agente británico) comisionó a Juan Parish para levantar un nuevo empréstito por 616.000 libras esterlinas, con un interés del 6 por 100 y un precio del 68 por 100. De este monto, la suma efectivamente recibida por el Perú fue solamente de 200.385 libras esterlinas,  aunque quedaba obligado a devolver el monto del empréstito nominal. Estos empréstitos se gastaron básicamente en el mantenimiento del ejército extranjero que colaboró en las campañas por la independencia. El estancamiento de la economía peruana no permitió al gobierno atender la deuda exterior a partir de 1825.”

Como consecuencia de esta insolvencia, el primer país productor de oro se encontró que “en 1848 los intereses acumulados ascendían a 2.564.532 libras esterlinas, es decir, que el monto global de la deuda era entonces de 4.380.530 libras esterlinas…/… Hacia 1872, pues, el Perú tenía una deuda extranjera de cerca de 35.000.000 de libras esterlinas que producían una carga de amortización anual de 2.500.000 de la misma moneda.”

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