París, 24 de noviembre de 2016.

Querida Ofelia:

Sigo contándote nuestro crucero por el Mar Adriático del mes pasado en unión de nuestro hijo, su esposa y nuestros nietos. Como te habrás percatado, suelo esperar un mes para poder hacer madurar mis impresiones sobre el viaje.

Al alba del lunes 24 de octubre, con un mar calmo, día que se anunciaba soleado y +15°c.  iniciamos el tránsito por la Bahía de Kotor, una serie de cuencas profundas protegidas del mar abierto, que constituyen el puerto natural más grande del Mar Adriático y que a su vez recuerdan a los fiordos noruegos.

Sobre las 8 a.m. anclamos en el puerto de Kotor, antigua ciudad marítima rodeada por una imponente muralla bien conservada, que es parte del Patrimonio Mundial de la Unesco.

En el centro histórico de Kotor destacan los palacios nobiliarios y las iglesias medievales. El monumento más representativo de la ciudad es la catedral de San Trifón, construida en 1166 sobre los cimientos de un templo romano. Toda la ciudad está protegida por unas murallas de casi cinco kilómetros de longitud.

Tras dejar el puerto de Kotor viajamos en autocar hasta Budva, una de las ciudades más antiguas de la región. Según la leyenda, la ciudad fue fundada por Cadmo, hijo del rey fenicio Agénor. Éste, tras salir de Tebas, llegó en carro al lugar que se convertiría en Budva. El casco antiguo, que equivale a lo que sería la antigua ciudad, se encontraba originariamente en un islote transformado en península a lo largo de los siglos debido a la formación de un istmo de arena que hoy lo conecta con la tierra firme. Rodeada de murallas del siglo XV, esta imponente fortaleza medieval se compone de torres y de diversas puertas de acceso repartidas por las mismas murallas.

Una vez en el interior de las murallas, paseamos por el centro histórico de Budva, un atractivo laberinto de callejuelas, plazoletas y monumentos que hace aún más interesante el estilo de inspiración veneciana con que se reconstruyó tras el terremoto de 1979, conmemorando la dominación de la Serenísima República.

Nos sentamos en una mesa frente a la catedral a tomar un café. En la mesa a nuestra derecha había una pareja de latinoamericanos. Al escucharnos hablar, el hombre nos preguntó de qué país veníamos. Le respondí: “de Cuba”. El replicó con una gran sonrisa : “de la tierra de Fidel y del Ché.” Mi esposa le contestó: “No, de la tierra de todos los cubanos”. Ante lo cual su sonrisa desapareció y así terminó el corto diálogo.

Al regreso de Budva nos dedicamos a visitar Kotor.  Nuestra mediocre guía, hizo lo mismo que en Budva:  dio todas las explicaciones de pie a la entrada de las murallas, nos acompañó por unos 500 metros y desde allí nos indicó todo lo que podíamos visitar por nuestra cuenta.

Kotor es una ciudad costera de Montenegro, a orillas del mar Adriático. Cuenta con una población de 5 341 habitantes según el censo realizado en el año 2003. Es  una de las localidades más turísticas de todo el país, ciudad declarada por su belleza excepcional.

La ciudad de Kotor se ubica en el fondo de un fiordo de la costa dálmata, conocido como Bocas de Kotor, tiene una forma muy cerrada, dado que es lo que permanece de parte del semi derrumbado cráter de un antiguo volcán. Esto explica el motivo por el cual casi toda la ciudad esté circundada por elevados acantilados. La ciudad está, además, rodeada por una impresionante muralla.

La bahía que es llamada «el fiordo más meridional de Europa», tiene su origen en  el cañón sumergido del desaparecido río Bokelj, que antiguamente corría desde lo alto de las mesetas montañosas del monte Orjen. Constituye una importante atracción turística de Montenegro.

Kotor ha sido refugio de barcos y flotas desde la antigüedad. La República de Venecia la fortificó para defenderla de los ataques del Imperio Otomano. Continuó como base naval del Imperio Austrohúngaro hasta la desaparición de este en 1919.

Las constancias escritas de la ciudad datan del año 168 antes de Cristo, cuando es mencionada como una localidad de la Antigua Roma bajo el nombre de Ascrivium o Ascruvium, que pertenecía a la antigua Provincia Romana de Dalmacia.

Las murallas de la ciudad datan de principios de la Edad Media, cuando bajo el mandato del emperador bizantino Justiniano I se construyó una fortaleza encima de Ascrivium en el año 535, tras haber expulsado a los godos. La ciudad se desarrolló considerablemente durante los siguientes siglos hasta el gobierno de Constantino VII en el siglo X, pero fue saqueada por  los musulmanes en el 840.

En el año 1002 la ciudad sufrió grandes daños con la ocupación del Primer Imperio Búlgaro y al año siguiente fue cedida por el zar Samuel de Bulgaria a Serbia, pero los ciudadanos se negaron a aceptar dicho pacto y se unieron a la República de Ragusa, de la que formaron parte hasta 1184. En el siglo XIII la ciudad era una sede episcopal y se fundaron en ella monasterios de las órdenes dominica y franciscana para controlar el desarrollo de los cátaros, una secta cristiana considerada hereje por la jerarquía eclesiástica.

Desde 1420 a 1797 la ciudad, así como sus alrededores, pertenecieron a la Albania veneciana (de la República de Venecia), lo que es palpable en la arquitectura de sus edificios. Durante esa época se convirtió en un importante centro artístico y comercial, con sus propias escuelas e iconografía. En esos siglos la mayoría de la población de Cattaro (como era llamada entonces), era de lengua veneciana y religión católica.

Tras el Congreso de Viena, en 1815, pasó al Imperio Austrohúngaro hasta 1918, en el que pasó a Montenegro dentro del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, la futura Yugoslavia.

Durante la Segunda Guerra Mundial la ciudad fue incorporada al Reino de Italia, siendo parte de la Gobernación de Dalmacia entre 1941 y 1943. Terminada la guerra volvió a formar parte de Yugoslavia, hasta la independencia de Montenegro en el 2006.

El almuerzo del Ristorante Medusa fue de típicos platos pobres pero inolvidables de La Liguria.

Paredes de piedra seca con trozos de botella afilados clavados en lo alto, memoria del poeta Eugenio Montale, y, abajo, el mar como un espejo caído que refleja el infinito del cielo.

Oculto y silencioso el pescador repara la red, el campesino poda el olivo esperando que le llamen a comer, simple momento de reposo y de sustento para hacer frente al resto del día. La albahaca está a la sombra y el romero ha florecido con sus minúsculas flores violeta, la salvia absorbe el sol abrasador embriagando el aire de aromas que después se vuelven a encontrar en la mesa, como la mejorana en el relleno de los raviolis de carne o el delicado
equilibrio de legumbres en la mesciua, plato pobre de la provincia de La Spezia, o en los corzetti con piñones y alcachofas que marcan la tradición, a partir de la forma de la pasta típicamente ligur.

Nos deleitamos con los deliciosos corzetti con piñones y alcachofas estofadas. El corzetto es un disco de pasta que se prensa en una especie de sello circular de madera para imprimir un dibujo, símbolo, que en la Edad Media, definía la estirpe de pertenencia, y que tiene la finalidad de aumentar la superficie irregular para acoger mejor la salsa. La oleosidad del piñón italiano, más largo y fino que el extranjero, el retrogusto un poco amargo y afrutado de la alcachofa hacen que este plato satisfaga incluso los paladares más refinados y permite descubrir, ya desde el primer bocado, que esta tierra de Liguria encierra auténticos tesoros, comenzando por los de la mesa, todos ellos exquisitos.

A las 3 p.m. nuestro barco zarpó hacia Katakolon (Grecia), recorriendo nuevamente el hermoso fiordo aproximadamente durante 2 horas. Como cada día, hubo numerosas actividades recreativas a bordo: juegos, deportes, SPA, casino, galería comercial, etc. Nuestros nietos pasaron la tarde en una de las piscinas con mi esposa.

A las 8.p.m. participamos en el Cóctel VIP, en el Salone  Isolabella, invitados por el Capitán Giuseppe Russo. Nos sacaron fotos con él, que ahora forman parte de nuestro gran Álbum Costa. A lo largo de toda la noche hubo espectáculos, bailes, recitales, fiestas, etc. en los distintos salones del barco: “Swing Show”, “Especial Bee Gees, Beatles y Abba”, “Música italiana años 70”, “Special Rock”,  “Abbamanía”, “Revival Party”, “Peace & Love Night”, etc.

Nosotros asistimos al bello espectáculo “Elements” en el Teatro Osiris, con los bailarines del Costa Mediterránea y los cantantes Daisy y Matthew.

La cena fue también fue con platos típicos de La Liguria, esa hermosa parte de Italia, donde la tierra se encuentra con el mar, también en la cocina.

El sol caliente se refleja en los olivos y, al fondo, más allá de las retamas en flor, el mar con sus reflejos luminosos se extiende hasta el infinito.

En la escabrosa tierra de Liguria, los aromas de tomillo, romero y albahaca se combinan con el incienso de los pinos marítimos y la salobridad de la resaca. En la cocina de esta tierra, muchas veces la huerta y la pesca se dan la mano. Llegan a la mesa esos intensos aromas de guisos y sofritos que salen de las sartenes incandescentes y se desvanecen en una olorosa nube. La riqueza de la huerta toma forma en rnil especialidades distintas, desde la “cima alla genovese” (ternera rellena) con mahonesa a la albahaca hasta el zemino, una sopa de garbanzos y acelgas, pasando por la tarta de Pascua, rellena de verduras y huevo. De todos modos, cuando el mar se combina con la sencillez de la tierra, nacen los platos más delicados e inolvidables, como la buridda de sepia y guisantes.

Al finalizar la cena, rodearon nuestra mesa el maître y un grupo de camareros, trajeron una tarta de chocolate y una botella de champagne para festejar el onceno aniversario de bodas de nuestro hijo y su encantadora esposa. Fue un gesto muy bello.

Puedes ver todas las fotos de este día en los álbumes que publiqué en Facebook  para los amigos clasificados con la estrellita.

Mañana te contaré sobre nuestra escala en Grecia, espléndido país al que debemos la invención de la Democracia, pero también de la Tragedia.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

 

 

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