En busca de un candidato

Alejandro Armengol

Cada vez hay más republicanos preocupados porque su búsqueda de la candidatura presidencial se está convirtiendo en una pelea de perros, que acabará por dañar al partido. Como entre quienes expresan este temor hay donantes con mucho dinero, posiblemente se logre la calma. Sin embargo, nadie reclama la necesidad de un verdadero debate sobre la refundación necesaria del republicanismo para ganar las elecciones presidenciales.

El debate fundamental, que por años los republicanos han esquivado, tiene que ver con la naturaleza del conservadurismo y la superación del neoliberalismo y neoconservadurismo que ya demostraron su fracaso.

Luego de los dos períodos presidenciales de George W. Bush, los conservadores han tenido que lidiar con las consecuencias de una administración republicana que decepcionó, en gran medida por su compromiso ferviente con una ideología fundamentada en el unilateralismo agresivo en la política exterior y la fe ciega en que Wall Street —ejerciendo un papel dominante y sin ser regulado— traería la bonanza a toda la nación. Lo que resultó fue lo contrario: una profunda crisis económica y política, que permitió un presidente irrepetible: Barack Obama. A ello se unió una desagradable y punitiva “guerra cultural” contra las “élites” liberales.

De estos tres principios, solo el tercero ha sido mantenido de forma agresiva y abierta a través de los años del mandato demócrata, con el surgimiento de un movimiento populista ultraderechista y anárquico, el Tea Party, que se ha caracterizado más por intimidar a los propios republicanos que por la creación de políticas constructivas.

La realidad es que dicho movimiento ha logrado triunfos de sus candidatos en las elecciones legislativas, aunque por factores que incluyen tanto una redefinición de distritos para otorgar victorias a la medida como por el descontento de un sector de la población, que no solo no ha logrado una sustancial mejora económica sino que desconfía de cualquier gobierno. También que ve amenazada su forma de vida tradicional.

Esa amenaza obedece menos al mandatario en la Casa Blanca que a cambios que van de la demografía nacional a la globalización internacional. Solo que castigar el paso del tiempo no entra en la boleta.

Aunque esto no implica que han aumentado las posibilidades de triunfo para los aspirantes republicanos, quienes se empecinan en repetir los errores de ayer: tratar de ganarse las simpatías del núcleo duro y parroquial del republicanismo más reaccionario, como la única forma de triunfar en las primarias. La vía del pasado para llegar al futuro.

El problema con esta estrategia es su esencia esquizoide: imponerse a nivel local y estatal dentro de su partido, para fracasar cuando se llega el enfrentamiento esencial, con los votantes de todo el país. El fantasma de Mitt Romney recorre sus discursos y actos públicos.

Lo que necesita el Partido Republicano es una refundación esencial, o en última instancia una escisión. Solo que el segundo camino es la vía segura para la hecatombe y el primero algo que los líderes de la agrupación no se atreven a llevar a cabo.

El mismo año que George W. Bush entró de lleno en la contienda electoral que le permitió la reelección, estaba resurgiendo con fuerza el debate entre el pensamiento conservador tradicional y los principios propugnados por los neoconservadores. El sonoro triunfo de Bush, su enorme “capital político” conquistado, que lo llevó al fracasado intento de reformar el sistema de seguridad social, y a la victoria de los republicanos en el Congreso, actuaron de amortiguadores de ese debate.

Ahora los republicanos controlan de nuevo el poder legislativo, lo que otra vez hace difícil esa definición necesaria, que prescinda de lo más viejo y de lo que ya es menos nuevo.

Lo lamentable para ellos es que, hasta el momento, no han logrado sacar ventaja de su poder legislativo, ni tampoco han encontrado al aspirante presidencial más capacitado para realmente proponer un nuevo rumbo. Asistimos a una campaña que se inicia con mucho ruido, poco fundamento y demasiado maquillaje.

Durante las dos elecciones que dieron el triunfo a Obama se impuso la necesidad, por parte de los republicanos, de definir una línea política e ideológica alejada de la de Bush. Pero llevar esa reconsideración a las urnas significó una misión imposible.

La actual paradoja republicana es que su mejor aspirante vuelve a ser un Bush.

De lo poco que se conoce de su plataforma electoral —y de lo mucho que se sabe de su historial político y administrativo—, Jeb Bush resulta la alternativa más adecuada para enfrentar a la que todo indica será la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Así que si logra imponerse tras el desgaste de las primarias, el exgobernador de Florida tendrá que enfrentar la pregunta más fácil que tendrán los demócratas para vencerlo: el recuerdo de la era Bush.
Algunos argumentarán que el Partido Republicano cuenta con muchos más aspirantes presidenciales que Jeb Bush, pero entonces la discusión se torna poco seria: ¿estamos hablando de elecciones o de una función de circo?

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 13 de julio de 2015.

Hispanista revivido.