José Gabriel Barrenechea.

Bajo el castrismo el cubano cuenta con amplia libertad de expresión. Es así, aunque a algunos que no por reconocer esta verdad dejemos de sentirnos cubanos, nos duela el admitirlo.

El cubano puede hoy expresarse con una libertad inconcebible para otros pueblos, en los que por ejemplo no lo dejan a uno cagarse o mearse donde le venga en ganas. Vaya por el mundo, ande por él, y verá que no hay una Patria al respecto tan libre como la mía.

Porque déjenme aclararles que como al cubano eso de expresarse mediante pensamientos es algo que le resulta tan agotador, por ello prefiere hacerlo, si no ya mediante el eructo de los dos o tres lugares comunes que normalmente moran en su mente, o los muchos e incoherentes datos curiosos que se acumulan sin orden en su memoria, mediante la mierda y el orine.

O mediante algún peo, que tengo compatriotas “intelectuales” que cuando intento que razonen algún asunto se me ponen lívidos, arrugan una y otra vez su frente, se muestran inquietos en el asiento, se quitan y se ponen el sombrerito, para terminar pronto con alguna indisposición estomacal que continuamente me echan a las narices.

Es por esa preferencia por esta particular manera de expresarse que en las calles de un pueblo tan libre como el cubano se ven tantos mojones tras un fin de semana, o en determinadas paredes y portales huele siempre a meada. Sino lo que cree lléguese acá, a Santa Clara, que si no se anda con cuidado por alguno de sus callejones del centro de seguro tendrá augurios de buena suerte (pisará mierda…), o lo sofocará el mal olor a orines en ciertos portales, donde todos mean en la cara de esa multitud de policías que las autoridades sacan a pasear a cualquier hora… por gusto, y para nada.

Deja un comentario