Por: José Gabriel Barrenechea.
Para algunos pareciera que hay solo dos soluciones realistas al problema cubano: O que los americanos vengan y arrasen la Isla con sus F-22 y sus tanques M-1 Abrams, o que el régimen se caiga solo, por ley natural, como los mangos maduros.
Es de destacar que algunos de esos algunos viven allá afuera, adónde no caerán las bombas, o dónde se puede esperar, en un local climatizado, ante una abundante mesa y sobre un cómodo asiento, a que el muy cabrón mango-manzana castrista acabe de caerse.
Por desgracia, o más exactamente por elección, yo vivo aquí, y ni tengo mesa, ya no hablemos de que poner encima, y tampoco podré recibir con buen talante que un ejército extranjero, comandado ahora por un payaso, venga a liberarnos a pura bomba inteligente y uranio empobrecido.
Vivo aquí como otros 11 millones de cubanos; a quienes quizás los mencionados algunos de tanto no compartir la dura realidad que soportan ya no alcancen a comprender. Mi gente, que en estos años de persecución y acoso me ha dado tantas muestras de solidaridad; en todo caso muchísimas más de las que he recibido de un exilio que cuando viaja acá a la Isla suele virarme la cara para no tener que comprometerse al saludarme, o que si ayuda es siempre desde el condicionamiento burdo: Si no me he muerto de hambre, literalmente, se lo debo a quienes me rodean aquí, y en no pocos casos a algunos que no comparten mis ideas.
De más está decir que no me dispongo a esperar por las tales leyes naturales de la evolución… de los mangales castristas, ya que envejezco aquí, donde está la candela, y por ello quizás las arrugas se me notan mucho más que a mis contemporáneos de por allá afuera; sobre todo los que pueden dedicarse, por deporte, a ponerle peros a todo.
Yo debo hacer algo. Aunque sea un disparate, pero debo hacer algo. Esperar, y oponerme a todo, no es una opción válida para mí. Ya no por razones éticas, sino puramente vitales. Y además, contrario a lo que a primera vista pudiera parecer, el “disparate” de pretender usar el Referendo para hacer mover al régimen descansa en meditados cálculos, no solo en embullo; que bueno, digan lo que digan sus enemigos, sin embullo es mejor no emprender nada
Los cálculos:
1-Raúl Castro, que al presente sigue al frente del país (ahí estaba en el lugar de honor de la tribuna este 1º de mayo), ha prometido que la Reforma Constitucional será sometida a un Referendo. El cual, de realizarse, no se dilatará más allá del 24 de febrero del próximo año (después de ese plazo olvidémonos de él).
2-Según la Ley Electoral el mismo solo puede hacerse pidiéndole a los electores que, de manera secreta, marquen en sus boletas si aprueban o no la propuesta de Reforma Constitucional. Una reforma que puede apostarse resultará insuficiente para las aspiraciones de un número significativo de cubanos. Insuficiencia de la que hay que tratar de concientizarlos para que actúen de conformidad con ella.
3-La evidencia de las estadísticas electorales muestra que la apertura del acceso a internet, y las facilidades para viajar al exterior, han disparado desde las elecciones parlamentarias del 2008 el número de ciudadanos que se atreven a no participar en las mascaradas de elecciones (participación-2008: 96,89%; 2013: 90,88%; 2018: 83%). Ello a pesar del conocido y muy eficiente sistema de control, encabezado por la Seguridad del Estado, y de las represalias que se toman contra los remisos.
Así, el mayor conocimiento de su realidad, gracias a la facilidad de acceder a otras fuentes de información, ha permitido que un número importante de ciudadanos se hagan conscientes de su insatisfacción, al punto de que en las últimas elecciones parlamentarias se llegó a el histórico 17% de abstencionismo. Lo que equivale a que uno de cada seis electores cubanos no asistió a las urnas (en la ciudad de La Habana casi uno de cada cuatro).
Sin embargo, lo más importante en esa mayor facilidad para informarse está en el que los ciudadanos hayan descubierto, o aprendido, maneras de aprovechar fisuras dentro del proceso electoral para expresar su descontento. Esto explicaría el aumento del voto selectivo (el único voto que sería capaz de al menos hacer derrotar parcialmente una candidatura en las elecciones parlamentarias). Un aumento con respecto a las elecciones de 2013 (18,79% entonces; 19,56% ahora) que no puede reducirse de manera simplista al constatado de casi un punto porcentual, ya que es incuestionable que en realidad el voto selectivo habría sido algo mayor si a su vez no hubiese aumentado el número de votantes que se negaron a participar.
Téngase en cuenta que un número significativo de los que este 11 de marzo se atrevieron a no asistir a las urnas es altamente probable que hasta la anterior elección de 2013 prefirieran manifestar su descontento precisamente mediante el voto selectivo. Por lo que el aumento constatado en casi un 1% del voto selectivo, a pesar de que cierto número de los votantes selectivos históricos se decidieran ahora por una forma de oposición superior: el abstenerse, solo se explica por un aumento varias veces mayor en el por ciento de votantes que por primera vez escogieron este 11 de marzo esta forma de expresar su descontento.
En resumen, si se observa que incluso en estas últimas “elecciones” parlamentarias en que el ardid de anular el voto en blanco, o voto contrario a toda la propuesta de candidatura, impide que se pueda derrotar de manera completa la misma, si así y todo, perdidos al interior de un sistema electoral abstruso y lleno de trampas, un número considerable de electores fue capaz de dar con las únicas dos actitudes que podían tener un resultado: ¿Qué sucederá cuando como en el Referendo sí haya la posibilidad de derrotar la propuesta de Reforma presentada por el régimen?
Recordemos que en el Referendo, según establece la Ley Electoral, el voto por completo opuesto a lo que se propone, el “NO”, tiene que ser considerado.
Sucederá, no me canso de repetir, lo que seamos capaces de hacer entre todos. Desde la actividad de los formadores de opinión, a través de los medios que ahora se infiltran eficientemente por las grietas que ha abierto internet (pero no solo desde allí: en junio del pasado año la revista Vitral, de amplia circulación nacional en papel, publicó un extenso y muy crítico trabajo sobre el Proceso Electoral Cubano), el trabajo persona a persona de las organizaciones disidentes, hasta la brega cotidiana de los cubanos residentes en el exterior entre sus familiares y amigos.
3a-Precisamente a ganar la atención de la mayor cantidad posible de cubanos residentes en el exterior es que va dirigida la propuesta de exigir su participación en el próximo Referendo.
Es cierto que legalmente no se les permite hacerlo, pero las razones procedimentales que pueden señalarse como claves para no permitirles participar en las elecciones de delegados a las asambleas municipales, y posteriormente en las elecciones de delegados a las asambleas provinciales y a la Asamblea Nacional, no se dan en el caso del Referendo. La negativa, como hemos demostrado en un artículo anterior, al no deberse a las características del proceso electoral específico (el Referendo), solo puede ser debida a las características de estos posibles votantes, que el legislador por alguna razón teme.
¿Qué se pudiera ganar, en fin, con una campaña como esta?
a-Si el régimen se asustara ante una campaña para promover que los cubanos digan NO, siempre y cuando no aparezcan en la Reforma sus expectativas, se ganará en dejarlo un poco más en evidencia: Contaremos con un hecho más para convencer a quienes todavía no lo están, adentro y afuera, de que el régimen sabe que no cuenta con el apoyo popular y por ello no se atreve a convocar el Referendo.
b-Si lo hiciera, pero sin la participación de los cubanos residentes en el exterior, lo dejaría en evidencia ante unos cuantos que por allá afuera habitan sin querer ver la realidad: cuál es la verdadera actitud del régimen hacia ellos.
Sobre todo entre aquellos que ahora integran los grupos de solidaridad con la dictadura que el MINREX, al grito de: “Segurosos por todos los países, uníos”, ha organizado en muchas ciudades del mundo.
En esto, como en todo, el logro será mayor o menor en dependencia de lo que seamos capaces de hacer y de demostrar con nuestra actividad. Podría comenzarse por una vigorosa campaña alternativa para hacer ver a los cubanos como los únicos latinoamericanos a los que no se les permite participar en alguna etapa de su proceso electoral. Algo necesario, porque según he podido comprobar en mi conversación con más de un comunitario miamense esta realidad no es de conocimiento público entre muchos de ellos.
c-Si lo hiciera y lo ganara, pero con un 30 o incluso 40% de voto negativo, quedaría demostrado que existe un sector importante de la población que está en desacuerdo con la política gubernamental, y que lo está porque desea cambios más profundos de los que se promovieron en la propuesta de Reforma Constitucional.
d-Si lo hiciera y lo perdiera, lo dicho más arriba quedaría demostrado con mayor fuerza.
¿Tumbaremos al régimen con esto?
Muy poco probable, pero en todo caso haremos algo más que esperar a que la rana crie pelos. O peor, a que los americanos, o unos futuros chinos hegemones mundiales, vengan a sacarnos las castañas del fuego.
Las cosas se mueven no porque nos lamentemos de la existencia de fuerzas de rozamiento, en la esperanza no declarada de que Dios venga a hacer algún milagro, sino porque las empujamos una y otra vez, incansablemente.
Para terminar deseo hacer un comentario a un señalamiento que se me ha hecho llegar a través de mi correo: El que nada tiene sentido dentro del marco electoral por la tendencia al fraude que el régimen ha demostrado en sus procesos electorales.
En primer lugar, el régimen no ha necesitado nunca de cambiar el voto en las boletas, y mucho menos de robar o cambiar urnas. Para imponer su voluntad en los procesos electorales que se han hecho hasta ahora, las “elecciones” (del 76 para acá nunca ha habido un Referendo legal), le ha bastado con los tramposos mecanismos electorales definidos por la Ley 72, o con la previa actividad de la Seguridad del Estado.
La realidad es que si algunos han insistido en lo de los supuestos fraudes en masa, en medio del acto comicial en sí, se debe a que o no conocen en verdad el proceso electoral cubano, o como no son capaces de explicarlo optan por el método más fácil: acusar de fraude.
Es cierto, y en lo personal me consta, que en no pocos colegios se suelen marcar boletas en blanco, pero esto más que nada es el resultado del exceso de celo de algunos funcionarios de mesa, o en todo caso de los tejemanejes de la pequeña política municipal. Nunca ha sido a consecuencia de una política nacional y ni tan siquiera provincial, porque en realidad no es necesario echa mano de un recurso tan burdo cuando se cuenta con otros tan sutiles.
Preguntémonos: ¿Para qué arriesgarse al descrédito en las elecciones de delegados municipales, ante los muchos que merodean por los colegios a la hora del escrutinio, incluidos no pocos niños, cuando los que estaban en la boleta todos son gentes incondicionales del régimen? Porque de evitar que no estén los que no lo son se ocupa la eficiente Seguridad del Estado. Cual quedó bien demostrado en el proceso de nominación en los barrios para las elecciones de delegados municipales de noviembre pasado, en que mediante los más variados métodos los segurosos consiguieron que ningún candidato de la disidencia lograra resultar nominado.
En cuanto a las elecciones para delegados provinciales y diputados, ¿para qué arriesgarse a cometer fraude si el mismo mecanismo electoral está pensado para que sea virtualmente imposible que cualquiera de los candidatos no consiga el porciento requerido de voto válido? ¿Para qué ni Félix Julio Alfonso perdiera en la azul Habana Vieja a pesar de su abierta militancia naranja? Recordemos que cada candidato va sólo a ser ratificado en su asiento legislativo, ya que no compite con nadie, al existir únicamente un candidato por plaza, y que en esta situación la Ley Electoral ha definido como no válido el voto en blanco, o voto opuesto a la propuesta de candidatura (ya que solo existe una casilla para marcar SÍ, pero ninguna para marcar NO).
Admitámoslo, hasta ahora el régimen no ha tenido que echar mano del fraude simple y llanamente porque no lo necesitaba. Otra situación se da ante el Referendo, para controlar el cual no existen mecanismos en la Ley Electoral, y en cuyo control de poco sirve tampoco la Seguridad del Estado; salvo quizás en la difusión del rumor de que las boletas están numeradas (en Encrucijada esa bola circuló este 11 de marzo, y al menos en uno de los casos mis redes han logrado identificar como al promotor último del mismo al gordito responsable de enfrentamiento en el municipio).
Sin embargo, a esa tentación al fraude se opone una serie de inconvenientes:
1-Al no habérselo utilizado nunca no existe la práctica, y el fraude es algo que no se organiza con tanta facilidad. Requiere de un amplio personal especializado, incluso hasta de un discurso específico por los políticos mientras se lo realiza.
2-El proceso cubano, con su excesiva cantidad de mesas y funcionarios electorales, con el involucramiento de niños, y para rematar con la reciente suma de estudiantes universitarios encargados de velar por la transparencia del mismo, eleva el número de personas que de alguna manera tendrían algún conocimiento del fraude hasta las 200 000: ¿Es qué alguien cree que en un país como Cuba, donde todo se habla, existe la posibilidad de mantener callada a tanta gente?
3-Marcar las boletas para identificar a los votantes y en base a ellos coaccionar su voto es muy arriesgado; mucho más hoy en que con un teléfono móvil se puede tomarles fotos del mayor detalle, y en que con solo 100 cuc se puede conseguir que te vendan no ya una boleta, sino hasta los calzoncillos que acaba de desechar anoche el actual Presidente.
4-Cambiar los resultados, los números, en las comisiones electorales provinciales, o en la nacional, es en verdad factible. Ya no en las 165 municipales, en que habría ya muchos implicados. Pero por lo mismo que ya señalamos arriba es muy difícil que el hablantín pueblo cubano, que al salir de los colegios electorales lo primero que hace es comunicarse el voto, no llegue a identificar una diferencia demasiado significativa entre estas “encuestas” a pie de urna y los resultados de la compañerita Tibisay Balseiro.
Implementar el fraude en el Referendo es tan complicado y riesgoso que por ello en 2002 Fidel Castro prefirió inventarse un proceso, ilegal, de recogida de firmas, a tener que ponerse a robar urnas, borrar y reescribir boletas, o cambiar los resultados en las comisiones provinciales.
En todo caso, aun si se implementara el fraude exitosamente habría que ver qué resultado dejaría en la moral de no pocos castristas involucrados. Destaquemos que hasta ahora uno de los principales orgullos de no pocos castristas ha sido el que su opción política sea la primera en Cuba que ha conseguido hacer elecciones sin necesidad de apelar al fraude más evidente. Agreguemos que la inmensa mayoría de los castristas, a todos los niveles, desconocen al detalle su sistema electoral, y son por lo tanto inconscientes de las trampas que están insertas en él; y que para casi todos, por esa invisibilidad que a su alrededor genera el miedo, los segurosos no son más que una fábula engendrada por el Imperialismo y sus lacayos. Una fábula tenebrosa que sin embargo habita en todos los subconscientes, incluso hasta en el del compañero Díaz-Canel.

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