España: entre Boves y Cabreras

José Tomás Boves, asturiano, fue el caudillo realista de los Llanos de Venezuela por antonomasia.  Ramón Cabrera, catalán, fue el caudillo del ejército carlista en la Primera Guerra (1833-1840). 

  • Ambos encarnaron el caudillismo pero al servicio de una institución: La Monarquía Católica.

Antonio Moreno Ruiz

José Tomás Boves, asturiano, fue el caudillo realista de los Llanos de Venezuela por antonomasia.

Ramón Cabrera, catalán, fue el caudillo del ejército carlista en la Primera Guerra (1833-1840).

A partir de estos dos personajes tan importantes para la historia de las Españas, hace tiempo que fui forjando con el yunque de la atrevida intuición una teoría que, con el paso del tiempo, fui madurando hasta transformarla en un esquema de pensamiento que se me antojaba congruente. Dicen que las comparaciones son odiosas; y  dicen bien. Empero, no podemos evitar los paralelismos, y más cuando se coincide en el siglo y en ambientes parecidos, y más luchando contra la descomposición de España. Siempre, por supuesto, salvando las lógicas distancias, siendo que Boves nace en 1782 y muere en 1814, y Cabrera nace en 1806 y muere en 1877.

Así pues, yendo directamente a nuestro propósito, podemos decir lo siguiente:

-Ambos vienen de ambientes marineros y, sin embargo, se enrocan en el interior, en el corazón de una tierra que aman y comprenden y a cuyos moradores más profundos atraen a su bandera. Ambos son marineros en tierra, valga la poetización.

-Sin experiencia militar previa, logran organizar un ejército de miles de hombres, de la nada, sin medios a priori de la logística oficial. Dicen que Cabrera llegó a movilizar un ejército de 30.000 hombres. No somos muy aficionados a las “cifras exactas” en según qué apartados de la historiografía; empero, creo que nos pueden ayudar al menos a hacernos una idea, más cuando Boves y Cabrera coinciden en despertar a todo un pueblo por el entusiasmo de la causa que defienden.

-Ambos se ponían con su caballo y su espada al frente de sus hombres. Con ellos comían, con ellos compartían en primera línea la dureza de la guerra, con ellos se divertían en las pocas ocasiones festivas que le tocaron.

-Ambos encarnaron el caudillismo pero al servicio de una institución: La Monarquía Católica.

-Ambos tienen talento innato, felino, como conductores de masas. Son líderes naturales, brotados en momentos de desorden, de terremotos físico-emocionales. Como decía el polígrafo luso Joaquim Pedro de Oliveira Martins, los pueblos ibéricos acuden como por instinto a sus tradiciones más primigenias. Ahí surge la “Devotio Iberica” que ellos conducen y engrandecen, reiteramos, al servicio de una institución política. No estamos hablando, pues, de “militarismo”.

-Como gobernantes son austeros, prácticos, resolutivos. Son conscientes del tiempo que les ha tocado y entienden que pueden aprovechar lo mejor de una tradición que bien conocen sin renunciar al progreso. A pesar de su apriorística inexperiencia, no son improvisadores. Tampoco tienen aires de grandeza, no tiran la casa por la ventana, no gastan más de lo que ingresan,

-Ambos son hijos del mérito y por eso mismo, se ganan la enemistad y la envidia de los políticos de la camarilla, de la retaguardia; aquellos que no entienden que un hombre, a base de su esfuerzo, de su valía, de su tesón, prospere en la vida frente al que todo lo tuvo y sin embargo nada hizo.

-Podemos decir que ambos fueron víctimas de las élites revolucionarias, élites en verdad venidas del régimen anterior y que para limpiar –supuestas- culpas de sus antepasados se distinguieron con terrorífico celo sobre buena parte de la población. Estas élites revolucionarias emergen utilizando su poderío e influencia, y van a tener la habilidad no sólo de clarificar el destino de estos brillantes militares, sino también de ir causando la ruina en las hispanas tierras, y cuando parece que la ruina se va a despejando, otro grupo de presión de este estilo se viene y nos devuelve a la miseria. La élite liberal golpista va a ir a cazar a Cabrera y a tipos de su gremio, esto es, católicos y realistas; años antes, el mantuanaje “ilustrado” la tomó con Boves (a los que él llamaba “señoritos afrancesados”) con muy malas artes.

-Tanto Boves como Cabrera son víctimas de una leyenda negra que les hace muchos enemigos, e incluso los que fueron sus amigos mayormente los relegaron al olvido al “adaptarse a las circunstancias”. Boves al menos siempre tuvo en el realista canario Tomás Morales su “reivindicador”, con mayor o menor éxito. La verdad es que Ramón Cabrera y Griñó dejó patidifusos a propios y extraños en uno de los últimos actos de su vida, después de tantos sacrificios personales y económicos por el carlismo, para acabar reconociendo en medio del fragor bélico (de una guerra que él, uno de los hombres mejor informados de España, siempre insistió en que estaba perdida de antemano) a un Alfonso al que llamaron el XII del que él conocía su incurable ilegitimidad tanto de origen como de ejercicio. Con todo, no dejo de compartir lo escrito por Román Oyarzun en  “Historia del Carlismo” y por parte propia pensamos que Cabrera fue un campeón de la legitimidad, un campeón abnegado y enhiesto, que tal vez estuvo envanecido al ser más reconocido en el resto de Europa que en la España a la que tantísimo amó (como tantos otros catalanes; como los catalanes que iniciaron el levantamiento de Cumaná contra los insurgentes, por ejemplo) y que una vez más, entre una camarilla y otra le amargaron la vida, hasta tal punto de que murió profundamente afectado por propios y extraños. Quienes fueron más vocingleros contra Cabrera usando la palabra “traidor” luego resultaron ser, cuanto menos, muy sospechosos de eso mismo.

Para nos, amén del mentado R. Oyarzun, Fernando Martínez Laínez (1) hace una buena disección del valiente catalán, aunque demasiado a su libre estilo, lo cual deforma muchas veces tanto la realidad como la personalidad del personaje. Con todo, la biografía de Javier Urcelay (2) nos parece clarividente. Ambas lecturas son complementarias y han ayudado a que nos atrevamos a definir estas comparaciones nacidas al alimón de la intuición. Difícil es calibrar si la leyenda negra se ha ensañado más contra Cabrera o contra Boves, hasta tal punto de desfigurar sus vidas para la historia hispánica. Y en esa leyenda negra se suele omitir la brutal represión sufrida por Boves, azotado públicamente y acusado sin trámites por la oligarquía venezolana. ¿Y qué diremos de Cabrera, a quien por ventura de la brutalidad del liberal Nogueras asesinaron a su pobre y piadosa madre?

Con todo, creemos que se ha hecho justicia con Cabrera al erigirle una estatua en Morella, su bastión de resistencia, del cual el último gobernador fue el peruano Leandro Castilla (3). Boves apenas cuenta con una calle en Oviedo. De los pocos que lo han reivindicado, hacia la segunda mitad del siglo XX se encuentra su paisano J. Evaristo Casariego. Y desde luego, no estarían de más estatuas y recuerdos para Boves, así como también para todos aquellos valientes que en América se jugaron la vida y la hacienda contra la desgracia separación.

Entre Boves y Cabrera hay una línea histórica que se repite en los hispanos que demuestran grandeza aun en las horas más bajas y trascendiendo los mares. Sin duda, dos grandes arquetipos de nuestro mundo.

NOTAS

(1) “El rey del Maestrazgo. Luces y sombras del caudillo carlista Ramón Cabrera”, de Fernando Martínez Laínez. MR Ediciones. Madrid, 2005.

(2) “Cabrera. El Tigre del Maestrazgo”, de Javier Urcelay Alonso. Editorial Ariel. Barcelona, 2006.

(3) Hermano de Ramón Castilla, quien llegaría a ser presidente de la república peruana.