En Cuba nada cambia, por arriba siguen debatiéndose viejas discrepancias, y por abajo la gente corriente sigue sin horizontes de mejora real de su vida

Fuente: La Vanguardia

Tengo 54 años. Soy habanero de La Habana Vieja (Cuba). Soy cineasta. Estoy casado y tengo dos hijos, Laura (26) y Juan Pablo (25). ¿ Política? ¡Bastaría con sentido común! Soy menos religioso que espiritual. La naturaleza del cubano es alegre, pero tanta promesa incumplida le entristece

Le duele Cuba?

El cubano es alegre por naturaleza, creativo y proclive a la felicidad. ¡Por eso me duele verle tan triste!

¿Está triste el cubano?

Sí: han sido tantas promesas aplazadas… Vidas enteras esperando un horizonte que siempre se aleja, siempre se aleja…

¿A quién culpa?

A las ideologías. Aquel sueño del comunismo tropical… La ideología sustituyó a la natural idiosincrasia cubana, y ese extravío nos abocó a la desesperanza.

¿Y usted dice esto en Cuba…?

Lo digo, y lo expreso en mis películas.

¿Cómo se sienten sus compatriotas?

En una crisis dentro de otra, la que arrancó con la desaparición de la URSS y del campo socialista…

¿Y cuál es la otra, la crisis más reciente?

La de constatar que nada cambia: por arriba siguen debatiéndose viejas discrepancias, y por abajo la gente corriente sigue sin horizontes de mejora real de su vida.

Les ha visitado Obama.

Sí, ya: los de arriba hablan, hablan, hablan… Y yo mientras hablo con los de abajo.

¿Con quiénes?

Pescadores de La Habana Vieja, gente sencilla que rebosa sensatez, cordura, sentido común… y escepticismo. Me apena: me crié con ellos, sé de su potencial creativo, su fuerza. Pienso en Manuel…

¿Manuel?

De niños rivalizábamos furiosamente. Un día nos retamos a nadar hasta una boya lejana: casi me ahogo, él me salvó la vida…

¿Siguen siendo amigos?

Lleva un vida precaria y dura, ahora en Santiago, y le veo muy poco, pero siento siempre que debo corresponderle.

Aquel niño que fue usted ¿con qué soñaba?

Veía a mi padre en casa escribir radionovelas. Y un día comprendí que era el mejor oficio del mundo: tú y una máquina de escribir, y ya está… ¡No tener jefe!

¿Cómo llegó su padre a ese trabajo?

Era un hombre culto, se implicó en la campaña de alfabetización propugnada por la revolución en Sierra Maestra. ¡Ahí nací yo!

¿Qué recuerda?

Los cafetales, mi travesura de patinar sobre las semillas de café puestas a secar, ¡prohibidísimo! A mis cinco años perdí el paraíso…

¿Y eso?

Bajamos a La Habana, mi padre sufría viendo sus puros ideales traicionados. Yo me evadía con películas: una vez vi la misma, sesión tras sesión, durante 15 días seguidos.

¿Qué película?

Vértigo, de Hitchcock. También me marcó Los 400 golpes, de Truffaut. Y leía, leía, leía… ¡Cómo lo añoro! Tenía tiempo…

¿Eso le hizo cineasta?

Eso llegó después, primero hice radio: programas de ecología, radionovelas… ¡con censuras absurdas, eso sí! Uno de aquellos censores huiría después a Miami, ya ves tú…

¿Sigue hoy la misma censura?

Algo ha cambiado, se ha relajado, pero la esfera de la política sigue todavía controlando las esferas de la cultura, eso es así.

¿Qué cree que pasará tras la muerte de Fidel Castro?

Los cubanos no pensamos en eso: no estamos pensando en otra cosa que no sea en mejorar nuestras vidas cotidianas.

¿Qué es lo que Cuba debería salvar y preservar?

La categoría notable de nuestro sistema académico, del que sale gente muy bien preparada. Por eso me duele verlos frustrados después por la falta de expectativas.

¿A qué atribuye la brillantez cultural cubana?

Al mestizaje: en Cuba, gallegos, extremeños, catalanes… se vieron obligados a conocerse entre sí, ¡algo que no hacían en España!

Bien visto.

Y a eso suma africanos de diversas culturas, y chinos, franceses… ¡Y todo eso cristaliza en el cubano! En el habanero, tan locuaz, alegre, gregario. En el oriental, tan hospitalario que se lo quita todo para dártelo y que tú te sientas bien. ¡Mi país es fascinante! Ojalá no lo convirtamos en un parque temático.

¿Y qué le falta ahora al cubano?

Movilizar esa enorme riqueza cultural suya: poder viajar sin trabas y hacerla florecer, poder entrar y salir de la isla sin los actuales obstáculos burocráticos, tan paralizantes y esterilizantes. ¡Basta de eso!

¿Cuenta algo de todo esto en su última película, Sergio y Sergei?

Sergio es un humilde habanero de mi barrio, radioaficionado. Sergei es un esforzado cosmonauta soviético, está en la estación espacial MIR. Es el año 1991, la URSS se hunde… y esos dos hombres aislados en sus islas conectan por radio…

La metáfora está clara.

Sí: ambos son náufragos de la historia. El cubano y el soviético. Ni el uno ni el otro saben cómo ni cuándo ni quién los rescatará.

¿Y qué pasa al final?

Nunca hay un final. Ya te digo que el horizonte nunca llega… Sólo afirmo una cosa con certeza: las personas nobles y sencillas se comunican entre sí sin ideologías.

Deja un comentario