El oro, la plata y los recursos de seres humanos que el imperio español asoló, robó, y esquilmó en Las Indias, a la postre, a la gente del común española les causó más inconvenientes que ventajas en su inmensa mayoría de pueblo que ver volar las palomas y ninguna va a ir a parar a su puchero por más que se destroce trabajando.

Todo y cuanto viajó de allá, de la otra orilla de la mar oceana hacia esta otra, cajón a cajón. kilo a kilo, gramo a gramo, lo administró el clero vaticano con los espías a su servicio instalados en todas partes y rincones, y lo gastó o bien metiendo en guerras religiosas a la corona española gastando sangre y riquezas en beneficio de la secta, o creando catedrales, palacios episcopales o monasterios, gastando mucho sudor del fuerte, del que huele a esclavo, a obrero mal pagado hasta reventar, según fluctuaban las obras en virtud de los remanentes de las cuantiosas cantidades que se llevaban para el Vaticano hacia  las cortes de los pontifiques: verdaderas torrenteras desenfrenadas de gasto, lujo, depravación y desatino.

Al final, después de tanto sonar nueces empapadas en sangre de la gente de la calle de allí y de acá, España, la España que movió tanto capital con tanto copete, hoy en día en todo aquel continente e islas de las que España, con ciencia de navegación lusa, porque España no tuvo una escuela de navegantes hasta varios siglos después de que marinos andaluces con la dicha ciencia completa de navegación portuguesa, dieron a conocer la posibilidad de la realización de un viaje transoceánico, en aquellas tierras del poniente de la mar no existe un solo centímetro cuadrado de terreno donde pueda plantarse un palillo de dientes acompañado por lo que para los padres y madres patrios españoles empieza y termina la patria: una bandera.

Pero la monserga imperial española, acentuada durante el franquismo y vigente con plenitud en la actualidad, los amores patrios de ambas orillas expresados por sus respectivos elencos patrióticos, de tanto amor como confesamos tenernos, seguimos sin conocernos más allá de aquellas puntualidades personales de algunos eruditos; pero muchos españoles de América solo les suena el nombre, y puede que sea en obediencia al imperio militar del Norte de América y su bombardeo propagandístico constante y gratuito de los medios españoles para caer en gracia.

Pero declaraciones y milongas camperas aparte, la nota final del examen de una España que espolió a las Indias, es que, lo que es el pueblo, por fuera de cuatro casas de lujo de los llamados indianos, el resto de lo robado y expoliado luce en las catedrales y edificios eclesiales, así como en algunos palacios de la llamada nobleza española; pero hasta el llamado o conocido como “Camino de la Plata” para nada tuvo obediencia de que fuera una obra pública realizada por la Corona al objeto de potenciar en comunicaciones el reino español.

La realidad camina por lo expresado; pero a nivel oficial, a nivel de la crónica escrita oficialmente, España lo hizo tan sumamente bien en América y en este nuestro territorio, que se pueden saltar las lágrimas de tanta emoción por la cantidad de santos y mártires que murieron en pos de un mal vivir cuando solo exigían comer y vestirse; pero a esos no se les llama beatos, se les suele llamar la vil canalla.

La España actual, la España que oficialmente es un país enclavado en la Unión Europea, a la que cada vez le va quedando menos territorio para en la propia península Ibérica poder clavar el asta y ondear una bandera española, supuesto que fincas, industrias, negocios, urbanizaciones, refinerías, astilleros, carreteras, aeropuertos, bases militares, servicios y demás medios modernos son de propiedad europea, norteamericana o china, sigue en la misma tónica de ocultación de la realidad de entonces, y sea Cataluña, como antaño, la que haya dicho basta.

Y como la historia no pasa de ser unos hechos circulares que cuando se hace lo mismo da los mismos resultados, es muy probable que el sentir de la República Independiente de Cataluña de ahora, sea en concreto, con su diferencia en el tiempo, una vuelta a los sentimientos de los tiempos de 1909, cuando Barcelona y muchas ciudades catalanas, que estaban hasta los compañones de que al sur meridional español apenas ya le quedaban mozos para mandarlos entre brindis de cava de sus mandos, y clérigos expidiendo pasaportes para el cielo, al matadero seguro que era la guerra del norte de África, lo que se denominó como Semana Trágica de Barcelona, cuando se debería denominar la Semana en la que los Catalanes le enseñaron los dientes a la gentuza que gobernaba España y no le importaba que muriera hasta el último mozo español con la única condición de que fuera pobre o jornalero, a lo mejor por fuera de desinformaciones y gaitas que soplan solo por euros, España, como aquella otra del 1909, de no ser por los catalanes, hubiera tenido (a lo mejor era eso es lo que querían los curas y los meapilas de los pueblos), ante la ausencia de jóvenes, que generalizar el reparto de los mozos supervivientes entra las mozas casaderas y mujeres con el código de barras sin caducar.

Porque España no estará rota, pero lo que es a nivel de registro de la propiedad, entre el clero y las multinacionales, para pisar suelo propiedad de un español, hay que tener mucho tino, o pisar secarrales improductivos; y a lo mejor, ni eso.

A lo mejor lo que están llamando como Desastre Catalán, tiene más que ver con la dignidad nacional española que con otra cosa.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. FRASES HECHAS
    No me gusta el rábano
    por las hojas,
    ni la palabra colesterol,
    o que me digan bienvenido
    cuando,
    normalmente,
    llevo mucho tiempo
    que no voy a parte
    alguna
    que sea más interesante,
    que cuando dejé de ver
    los paisajes caribeños,
    o los del Magreb,
    por culpa del maldito euro
    asfixiante.

    Hoja de ruta,
    como frase hecha,
    cuando la escucho,
    por tanto servilismo
    como conlleva,
    me saca de quicio.
    Y me saca tanto
    de quicio,
    como cuando escucho
    obediencia de vida,
    o aquella otra
    de dios habla
    siempre conmigo.

    Tampoco me gusta
    que pronuncien mal
    mi apellido,
    especialmente
    porque no me importa,
    despacio,
    repetirlo.

    Tan solo me gusta
    la frase hecha
    de cuando me dices
    por el barrio
    buenos días,
    y vuelvo la cabeza
    y veo
    lo extremadamente bien
    que te sientan
    las botas altas
    y los vaqueros
    que luces
    con tanto estilo.

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