En 1992, cuando Bill Clinton le disputaba la presidencia a George Bush padre, el asesor demócrata James Carville acuñó una frase que hizo época, “Es la economía, estúpido”, popular consigna invocada a menudo por analogía para destacar asuntos marginales o sin aparente relación con el hilo conductor de un argumento. ¿Qué conexión puede haber entre la presente situación política de Cuba, el mestizaje, la presunta libertad de la isla y la demografía?

Empecemos por el pasado. En 1868, “Cuba tenía una población de 1.396.530 habitantes de los cuales 793.484 eran blancos, 232.493 negros libres y 370.553 esclavos” (Portell-Vilá 1986). Composición demográfica que condenaba al fracaso la guerra de independencia del 68 porque en aquel momento Cuba era todavía española.

Diecisiete años más tarde, en 1895, el carácter demográfico de la población cubana había cambiado radicalmente: “40 por ciento de la alta oficialidad y 22 de los 140 generales insurrectos eran negros” (José M. Hernández, 1999), sector crucial de la población cubana sin cuya participación no era posible la independencia, como lo había previsto correctamente José Martí.

Cuba ya no era española en virtud de la nueva composición demográfica, de modo que con intervención norteamericana o sin ella la metrópoli no podía seguir sujetando la isla. Cuatro años más tarde, como resultado de la guerra del 95, la población cubana queda prácticamente aniquilada, lo cual provoca una nueva y terrible alteración de la composición demográfica de Cuba: “En 1899 no se conocía otro país con una proporción tan baja de niños menores de cinco años. La ausencia de hombres y mujeres nacidos entre 1895 y 1898 dejó una huella siniestra en cada censo posterior… Cuba perdió una proporción de su población comparable a las pérdidas de Rusia en la Segunda Guerra Mundial; Serbia, en la Primera Guerra Mundial; y probablemente el doble en la guerra civil española o americana” (Thomas. 1998).

Cuba postrada asiste, sin saberlo, a la subasta de su futuro: Entre 1898 y 1930 más de un millón de peninsulares sin vínculo o interés por la independencia del país emigran a la isla, gente en busca de fortuna que hasta poco antes aplaudía la muerte de José Martí y Antonio Maceo. Así, se da la paradoja de que España pierde la guerra pero repuebla Cuba.

En 1959, los hijos de esa inmigración masiva, en realidad un éxodo, resentidos por la intervención de Estados Unidos, hunden a Cuba en la noche más larga de su historia; el medioevo cubano, la edad oscura de la superstición marxista-leninista y el desparpajo tropical.

Pese a todo, hay indicios demográficos (envejecimiento, mortalidad, emigración), que anuncian un cambio en la estructura cultural de la población cubana, muy lejos todavía de la libertad y la democracia como lo entendemos en el mundo occidental, pero al parecer irreversible.

Son numerosos los ejemplos de cómo la demografía incide en la vida de los pueblos. El líder palestino Yasser Arafat solía decir: “el útero de nuestras mujeres es la mejor arma para doblegar a los judíos”, en alusión a la posibilidad de convertir a los israelíes en una población minoritaria por la alta tasa de natalidad de los palestinos. Solución inspirada en el modelo sudafricano de “one man, one vote” (un voto por persona), aplastante poder político de una mayoría negra que hace poco menos que imposible la elección de un presidente blanco en África del Sur.

Como en otras ocasiones a lo largo de su historia, las condiciones en Cuba están dadas para cambios que transformarán en su totalidad la vida de los cubanos, quizá no del modo que algunos lo hubiesen deseado, pero adecuado a la realidad de la isla. En esa evolución han intervenido muchas variables, pero hay que destacar la acción silenciosa de la demografía en la formación de ese desdichado país.

Jorge Riopedre,  MN

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