Escala del Costa Mediterránea en Barcelona

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Barcelona. Santa María del Mar.

París, 30 de enero de 2015.

Querida Ofelia:

El martes 22 de diciembre, después de haber costeado durante toda la noche anterior las costas de Francia y de una parte de Cataluña, llegamos al alba al gran puerto de Barcelona. Pasamos entre los muelles y puentes petroleros hasta nuestro muelle de cruceros. El día estaba nublado y el termómetro indicaba +10°c.

Barcelona, es la segunda ciudad española, con sus tres millones de habitantes, puerto dominante del Mediterráneo septentrional, es sede de una de las universidades más acreditadas e históricas del mundo, centro comercial riquísimo y sede de actividades industriales determinantes para la economía de toda España.

En efecto, los catalanes han reivindicado desde siempre, frente al resto de las regiones españolas, una peculiaridad que hunde sus raíces en el dominio que Barcelona ejerció durante al menos cuatrocientos años, tanto sobre los acontecimientos políticos de la monarquía española como sobre los acontecimientos comerciales europeos.

La fortuna de esta ciudad, de forma parecida a lo que les sucede a Génova y a Venecia en el periodo medieval, debe atribuirse a las actividades del puerto: en Barcelona nacieron los primeros astilleros españoles, florecieron los bancos, y los comerciantes catalanes, durante una buena época, se contaron entre los más potentes del mundo conocido.

Para Barcelona, el mar es una cosa muy seria: a los letrados catalanes se debe la redacción del primer código de leyes marítimas de Europa. Barcelona, a pesar de haber atravesado alguna que otra crisis económica pasajera, confirmó su liderazgo económico también durante el siglo pasado, con la aparición de las grandes industrias, hasta llegar al final del milenio gozando de una aventajada con respecto a otras ciudades españolas, posición confirmada también por la celebración de las recientes Olimpíadas, que han supuesto para Cataluña inversiones y estructuras por un valor de miles de millones de pesetas.

Gracias a todas sus facetas de interés, Barcelona se ha convertido en una de las ciudades culturalmente más vivaces del Mediterráneo: en sus calles, y en particular en sus famosísimas Ramblas, se respira un auténtico culto por el arte callejero. Decoradores, estamperos, artesanos y talladores efectúan en pocos minutos sus propias obras de arte personalizadas a gusto del cliente, que es casi siempre un turista.

El centro universitario ha reunido a muchísimos jóvenes, que han traído con ellos el arte underground, la música y los locales abiertos incluso durante toda la noche: una ciudad espléndidamente cosmopolita que ofrece un gran número de atractivos turísticos.
De nuevo en 2015 fue la ciudad más visitada de la Península Ibérica.

Barcelona es espléndida también por el panorama que ofrece desde sus alturas: en este sentido, la perspectiva más bella es la que ofrece la colina del Montjuïc, que acoge el famoso autódromo de Formula 1, La Fundación Miró, El Pueblo Español y gran parte de la Ciudad Olímpica.

El puerto, con un tráfico de mercancías que roza los 20 millones de toneladas, se encuentra a un paso del centro y hasta él se llega atravesando las características Ramblas.

El lugar de culto religioso por excelencia es la Catedral, dedicada a Santa Eulalia -siglo XIII-, patrona de la ciudad, aunque la iglesia más conocida es, sin lugar a dudas, la Sagrada Familia.
El Barrio Gótico es el núcleo más antiguo de la ciudad, dominado por la grandiosa mole de la catedral: aquí tiene su sede el Museo Picasso de Carrer de Montcada, el más rico del mundo en cantidad de obras del gran maestro.

Incompleto, pero espléndido, es también el Parque Guell, también éste obra de Gaudí: en su origen habría debido ser ciudad-jardín residencial.

EI primer destino de nuestro paseo por la ciudad fue La Sagrada Familia, icono y símbolo de la ciudad, meta de visitantes provenientes de todo el mundo, considerada por muchos uno de los monumentos más extraordinarios construidos por el hombre. Se trata de una imponente iglesia neogótica, concebida tomando como modelo las grandes catedrales medievales y realizada en Estilo Modernista (la versión catalana del Art Nouveau). Se encargó el proyecto y la realización de la obra al célebre arquitecto Antoni Gaudí (en aquella época tenía poco más de treinta años), que se dedicó a ella hasta su muerte.

Iniciadas en 1882, las obras continúan aún hoy siguiendo los proyectos del padre de la idea: nuestra visita fue fascinante pues pudimos asistir en directo a la realización de una de las obras maestras de la arquitectura mundial.

Mi nieta de seis años exclamó: “Me parece que estoy en Disneyland”.

Admiramos las dos fachadas ya terminadas (la de la Natividad y la de la Pasión) y, después, entramos a la iglesia, donde expertos artesanos están dando vida a una obra en continua evolución.
Cerca del Paseo de Gracia se encuentra el boulevard de moda de la ciudad, con los edificios modernistas más impresionantes.

La Casa Batlló es un edificio restaurado por el famoso arquitecto catalán Antonio Gaudí, y Josep María Jujol. La casa se construyó en 1877 y se remodeló en los años 1904-1906. Uno puede disfrutar de la única, rara y excepcional obra en un solo edificio; está entre las leyendas sin precedente de arte mundial, arquitectura y diseño. Es un punto de referencia del modernismo que seduce con sus valores alegóricos, empezando con su fachada peculiar que evoca la leyenda de San George y su lucha con el dragón.

Nuestra visita continuó con la Casa Milà, más conocida con el sobrenombre de “La Pedrera”, el edificio representa indudablemente la obra más madura de Gaudí y destaca por sus miles de detalles revolucionarios y visionarios, que atestiguan la extraordinaria creatividad del autor.

Disfrutamos de un paseo a pie por diversas zonas de la ciudad, pasando cerca del Palacio de la Música y de la Iglesia de Santa María del Mar, en el corazón de la ciudad, la cual es mi iglesia preferida de Barcelona y sobre la que te escribo a continuación.

Poco después de la llegada del cristianismo a la colonia romana de Barcino, la actual Barcelona, nació una pequeña comunidad cristiana cerca del mar y fuera de sus murallas.

En este lugar existió una necrópolis cristiana donde fue enterrada la mártir Santa Eulalia en 303. Este podría ser el lugar de una primera capilla que, al principio, se conocía como Santa María de las Arenas, la que se fue ampliando. Hay constancia de que a finales del siglo VII el templo existente ya tenía el nombre de la Parroquia de Santa María del Mar.

Durante el siglo XIII la ciudad tuvo un intenso crecimien¬to, en el barrio que ahora se denomina de ‘La Ribera’ y, en aquel tiempo, Vilanova del Mar, había construcción de naves, importación-exportación de todo tipo de mercancías, talleres de todas las artes y oficios de la época, como todavía hoy queda reflejado en los nombres de las calles.

Es el tiempo en que fueran edificados los palacios de la calle Montcada donde vivían los ricos comerciantes y los nobles. Este progreso material y la piedad propia de la época hicieron desear un templo de mayores proporciones que el anterior. Las autoridades eclesiásticas apoyaron la iniciativa, los comerciantes aportaron dinero y el rey Pere III dio su permiso para extraer piedra y dedicarla a la construcción de la basílica.

Pero los obreros de carga y descarga de los barcos (los llamados “bastaixos”), los pescadores y la gente sencilla pusieron sus manos, hombros y barcas para transportar las piedras necesarias desde la montaña de Montjuic.

La primera piedra del templo actual fue puesta el 25 de marzo de 1329, como lo testimonian las dos lápidas, una en catalán y la otra en latín, puestas una a cada lado de la puerta de la calle de Santa María. La última clave de bóveda, la más cercana a la puerta principal, que trae el escudo de la ciudad, fue puesta el 3 de noviembre de 1383.

EI templo fue consagrado por el obispo de Barcelona, Pere Planella, el 15 de agosto de 1384. Los autores del proyecto fueron Berenguer de Montagut y obras. Ramon Despuig.

Con el paso del tiempo las continuas guerras causaron también destrucciones en la basílica. Pero nada se puede comparar con la destrucción del 19 de julio de 1936 cuando Santa María del Mar ardió durante once días seguidos y fue destruido el magnífico altar barroco y todas las imágenes y archivos. Solamente quedaron las paredes, las columnas y algunos vitrales más altos a los cuales no llegó el fuego. Su restauración en estos últimos años ha puesto más de relieve su estilo gótico elegante y sobrio.

La arquitectura gótica catalana del siglo XIV tiene una fuerte personalidad manifiesta en la sobria horizonta¬lidad de sus edificios. Puede decirse que la basílica de Santa María de la Mar es el exponente más claro de este modo de construir monumentos en Barcelona a lo largo del siglo XIV.

Las naves laterales miden la mitad de la luz de la central y con esto se muestra ya que la composición geométrica del proyecto se basó en el sistema conocido en la Edad Media como ad quadratum, en uno de los ejemplos más significativos de toda la historia del gótico.

La sensación que provoca la contemplación del templo es de ligereza y agilidad. Esto lo producen las 16 columnas octogonales de 1,60 metros de grueso. De sus capiteles arrancan los arcos cruzados que enlazan los 13,2 metros de anchura que tiene la nave central.

Añadiendo la girola, la longitud de la basílica es de 80 metros. La anchura es de 33 metros -suma de la nave central, las laterales y las naves de las capillas-. Por eso, teniendo en cuenta que la altura de la nave central también es de 33 metros, el diseño arquitectónico, visto de frente, encaja dentro de una circunferencia perfecta.

Las bóvedas fueron construidas empezando por el presbiterio y fueron restauradas y coloreadas entre 1971 y 1985.

Después disfrutamos de un paseo por el Barrio Gótico, que posee el encanto de la variedad histórica y artística presente en sus callejuelas y que nos sorprende en cada una de sus esquinas. Pasamos por la Plaza de Sant Jaunie que es el centro de la vida política de Barcelona, la Plaza del Rey, el Barrio Judío, y la Plaza de Felipe Neri, con sus visibles testimonios de los eventos acaecidos durante la Guerra Civil Española. Desde allí nos encaminamos hacia Las Ramblas, donde se encuentra el mercado más internacional: La Boquearía. Allí se encuentra toda clase de alimentos, desde los más representativos productos típicamente españoles y catalanes, como el jamón de Bellota, chorizos y quesos típicos, como el Mato y el Manchego, hasta los productos más exóticos provenientes de todos los rincones del mundo.

Pasamos por frente al espectacular Palacio de la Música.
Mis nietos estaban asombrados al ver pesebres en los parques y plazas, así como Los Reyes Magos. En Francia en nombre del Estado Laico, están prohibidos los pesebres en los lugares públicos; incluso los carteles lumínicos en diciembre dicen: “Felices Fiestas”, jamás “Feliz Navidad”.

En El Corte Inglés de la Plaza de Cataluña me compré el DVD de “Regreso a Ítaca” -excelente filme-; también, los libros “La Habana mon Amour” de Zoé Valdés y “El hombre que amaba a los perros” de Leonardo Padura. Ambos libros me han proporcionado un gran placer. El de Padura ya lo había leído en francés.
Mi esposa compró libros de cuentos, CD y DVD de películas infantiles en español para nuestros nietos que nos acompañaron en este crucero.

Al regresar al barco, estuve un rato conversando con Antonio, el amable responsable de las animaciones y espectáculos a bordo. Después me dirigí al despacho de la gentilísima señorita Francesca Rabboni, la cual me dio todo tipo de informaciones a propósito del próximo crucero que deseamos hacer. Rogelio, como lo haría a todo lo largo del viaje, nos había preparado impecablemente nuestro camarote, así como el de al lado del nuestro, donde estaba mi hijo con su esposa y los dos niños.

El Costa Mediterránea zarpó rumbo a Valencia a las 8 y 30 p.m.

Esa noche en el Teatro Osiris disfrutamos de un buen espectáculo musical, “Beat the Rhyhm”, con los bailarines del Costa y los cantantes Sharika Bukhory y David Bryan.

Mañana te escribiré de nuevo para contare el día pasado en Valencia.

Un gran abrazo desde la espléndida Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.