Escala en Bergen del Costa Pacífica

París, 16 de septiembre de 2015.

Querida Ofelia:

Hacia las 5 a.m. del martes 18 de agosto, pasamos por el área denominada Fedje, que representa la entrada al fiordo por el que proseguimos la navegación hacia Bergen con la ayuda del piloto, que nos condujo a lo largo del Hjeltefjorden hasta la llegada a la ciudad a las 8 a.m. El mar estaba un poco agitado, pero teníamos temperatura de +15° centígrados y un sol brillante. Algo extraordinario, pues en esta ciudad llueve como promedio durante 300 días al año. De ahí viene el célebre chiste: “Los noruegos nacen con los esquís en los pies, pero los de Bergen con un paraguas en las manos”.

Bergen cuenta con sólo poco más de doscientos mil habitantes, es la segunda ciudad de Noruega y es incluso más interesante que Oslo, desde el punto de vista de ciertos aspectos arquitectónicos e históricos que la convierten en una ciudad verdaderamente pintoresca. Parece como si el bosque quisiera apoderarse de ella, pues la penetra por todas partes.

Para empezar, ya su posición resulta particular, en un valle a los pies de una colina y al abrigo de las siete montañas circundantes. Bergen se asoma sobre un puerto que durante siglos ha sido motivo de sustentamiento y, a veces, incluso de fuga. En efecto, precisamente en el mar encontraron la vía de fuga sus habitantes cuando las pequeñas casas de madera cayeron pasto del fuego en el incendio del año 1702. Los muertos se contaron por centenares. Pero la nueva Bergen fue reconstruida a imagen y semejanza de la vieja, con las mismas particularidades y con esa dimensión rica en encanto y tradición que se ha mantenido intacta hasta nuestros días.

Bergen se presenta como un puerto de notables dimensiones: por allí pasan cada año más de 50 000 turistas atraídos por las bellezas de la región y por las excursiones entre los fiordos. El turismo es una verdadera industria para esta población, que ha sabido conservar y difundir con inteligencia las bellezas de su tierra.

La ciudad fue fundada en el siglo XI por et rey Olav Kyrre. Residencia real y capital noruega hasta el siglo XIII, además de ser un importante puerto de pesca, atrajo la atención de la potente Liga Hanseática de Lübeck.

El barrio de Bryggen fue transformado en un “guetto” germánico. Se llegó a alzar una barrera alrededor de este barrio reservado para los mencionados mercantes, los cuales contaban con un poder tan grande que algunas leyes locales no podían serles impuestas.

Durante cuatro siglos la hegemonía alemana fue absoluta, pero después los daneses les tomaron la delantera. Del gran prestigio de la Liga Hanseática quedan sólo cuatro casas, que aunque no son originales, han sido magníficamente reconstruidas.

En Bergen nació uno de los más grandes músicos contemporáneos, Grieg. Precisamente a él está dedicada gran parte de la actividad del Troldhaugen, uno de los rincones más sugestivos de la ciudad, donde la música y la vida del célebre compositor acompañan al visitante por todos los rincones.

La presencia de los hanseáticos, aun habiendo quedado atestiguada sólo parcialmente por las estructuras arquitectónicas, en gran parte destruidas, jugó un papel significativo en el tejido económico de la ciudad, que en gran medida recuerda aún a esa lejana experiencia que llevó a Bergen a ser uno de los mercados más florecientes y frecuentados de todo et continente.

Es digno de mención et Bryggen Museum, así como la iglesia histórica de St. Mary, del siglo XII, construida íntegramente con piedras y situada inmediatamente a espaldas del museo. Asimismo, es muy notable la importancia del templo de Fantoft, una iglesia construida íntegramente con madera en el siglo XII y que en su origen estaba dedicada no al culto cristiano, sino al pagano. La iglesia había resistido durante casi 1000 años, hasta 1992, año en el que un furioso incendio la destruyó por completo. Para la comunidad de Bergen supuso un durísimo golpe, pero en la actualidad, la iglesia ha vuelto a ser completamente reconstruida, dando lugar a una copia totalmente idéntica a la original.

Noruega ofrece un mercado de souvenirs de óptima calidad, como los objetos de cristal elaborados a mano y las porcelanas decoradas. La artesanía del peltre tiene una importante característica: la de excluir el plomo en su elaboración, de tal manera que los platos y los calderos pueden utilizarse tranquilamente también para alimentos. La thulite es la piedra dura nacional, con ella se realizan joyas de gran efecto y con las más diversas formas. Igualmente característicos son los jerseys y las prendas de lana en rama, muy apreciados desde siempre.

En los autobuses es obligatorio el cinturón de seguridad. Nuestro guía era un joven llamado Mohamed, que no sabía ni dónde estaba parado.

Tras un breve paseo al aire libre llegamos a Troldhaugen, situado sobre el lago Nordaas, para luego llegar a “Troldsal”, la sala de conciertos con un estilo único, con sus techos herbosos, construida en 1985. Un pianista noruego nos dio una idea de la música de E. Grieg, compositor, pianista y director de orquesta. La música folk noruega y la naturaleza lo inspiraron para crear bellísimas obras.

Cuando llegamos a “Bryggen” en el autocar, iniciamos un paseo a través de los pintorescos y coloridos almacenes alineados en la calle frente al mar, donde vivieron los mercaderes alemanes de la Liga Hanseática. Hoy en día estos locales Patrimonio de la Humanidad cuentan con tiendas, restaurantes, cafeterías y talleres de artistas. Llegamos después a la estación más baja del funicular que nos llevó a Mount Floien, una de las zonas al aire libre más famosas de la ciudad. Aunque la altura es de sólo 320 metros sobre el nivel del mar, las vistas son impresionantes, y pudimos apreciar et centro de Bergen a nuestros pies, y como el día estaba muy claro pudimos ver el Mar del Norte y gran cantidad de islitas que lo rodean.

A la vuelta de nuestra visita en funicular, visitamos la plaza del mercado con sus pescados, mariscos, flores, plantas, frutas, verduras, puestos de souvenirs, el parque central y su lago. Pasamos a través de los barrios residenciales, por las zonas de casitas de maderas que están muy bien conservadas y también vimos la Residencia Real de camino a la nueva Iglesia Fantoft Stave Church. En la Edad Media había al menos 800 iglesias de madera típicas en Noruega, hoy sólo se conservan unas 30.

Regresamos al Costa Pacífica. Unos españoles habían comprado mariscos en el mercado pero les fueron incautados al subir por motivos de higiene.

La responsable de los turistas hispánicos es una chica asturiana llamada Natalia, muy simpática y profesional. Fue un placer siempre que hablamos con ella.

La gentilísima y eficiente Mimma Valentine, es la Personal Cruise Consultant, nos dio todas las informaciones posibles sobre nuestro próximo crucero con la compañía Costa. Hicimos la reservación con ella.

El Costa Pacífica zarpó a la 1p.m. hacia Honningsvâg, pasamos bajo el puente de Tollneset, y recorrimos las 32 millas del fiordo hacia el punto de desembarque del piloto en Fedje, lo que se llevó a cabo hacia las 3 y 30 p.m.
Por la tarde asistimos a las clases de mambo y de vals, así como a los bailes de grupo el Lido Calypso, junto a una de las piscinas.

Pedimos cambiar de restaurante para las cenas al amable maître de sala Gioachino- que vive en la espléndida Sorrento-, nos situó en la mesa 30 del primer piso del Restaurant My Way. Desde allí nuestra vista dominaba todo el bello restaurante. Estábamos en una mesa de seis personas con una pareja de Le Var y otra de Bretaña, todos muy agradables. Sin embargo nuestros dos camareros filipinos eran fríos, distantes, les faltaba el savoir faire típico de los empleados de Costa.
En el menú de esa noche se encontraba: Zite troceados a la genovesa. Plato delicioso que he comido cada año cuando he ido a Nápoles y a la isla de Ischia en su golfo, en donde viven mi hermano con su familia y también muchos amigos italianos.

En Campania hay imaginación y alegría hasta en la cocina. He oído sonar las panderetas y he visto a la gente bailando en corro, he oído bullicio y risas, he visto hablar y gesticular como en una música de expresiones, una danza de manos.

Si se piensa en Campania, una tierra llena de contradicciones, se piensa en la alegría, el movimiento y el color. Los campanos se distinguen por su capacidad de hacerte sentir como en casa y saber acogerte con la sencillez de la calidez humana. Los platos transmiten la misma desbordante alegría de vivir combinando los ingredientes tradicionales: mozzarella junto con salsa de carne dentro del sartù de arroz (timbal típico napolitano), o bien fundida con berenjenas en la parmigiana al horno. Uno no dejaría nunca de deleitar el paladar con esta cocina de sabores fuertes.

Pero hay que comer los zite troceados a la genovesa, para poder decir que se conoce el auténtico espíritu de la cocina campana, un espíritu sencillo y pobre que sabe exaltar los sabores claros de la materia prima.

Zite (pasta) troceados a la genovesa (carne de res, cebolla y salsa de carne): el gesto de trocear a mano esta pasta típica crea el ambiente de una cocina en la que, mientras la salsa hierve y crea una nube de aromático vapor, se charla de la vida cotidiana. La salsa se elabora cociendo a fuego lentísimo cebollas y carne, pero… nadie sabe por qué se llama «genovesa».

En el Teatro Stardust, asistimos al divertido espectáculo de magia de Connie Boyd: “The Beauty of Magic”. Después fuimos al Atrio Welcome donde había una fiesta: “Twist, Boogie & Rock’n Roll” y terminamos la noche en el Salón Around the Clock con el baile amenizado por la Cherry Cool Band y los Djs.

Mañana continuaré a contarte este bello crucero por los fiordos de Noruega, que hicimos el mes pasado.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Foto: Bergen. La Fantoft Stave Church

Hispanista revivido.