Escala en la Isla de Madeira del Costa Mágica

Funchal, Isla de Madeira. Vista desde el Hotel Reids Palace, abril 2016.
Funchal, Isla de Madeira. Vista desde el Hotel Reids Palace, abril 2016.

París, 4 de junio de 2016.

Querida Ofelia:

El viernes 15 de abril, con un mar agitado, pero que apenas sentíamos en el enorme barco, bajo un cielo nublado y con +19°c. a las 6 a.m. aproximadamente avistamos desde la Isla de Madeira, históricamente un lugar estratégico en la época de los navegantes a vela, ya que era necesario parar a por provisiones antes de  la travesía oceánica hacia las India Occidentales. El amarre en puerto se realizó a las ocho de la mañana.

Como te he escrito sobre esta hermosa isla y su amable pueblo cinco cartas de los sendos viajes que hemos realizado a ella, temo repetir algo. Pero bueno, te expongo lo que me parece más importante del viaje.

Al bajar del barco, alquilamos un gran coche  por seis horas que condujo su simpático y amable dueño Diogo Gonçalves. Éramos nueve: mi hijo, su esposa, mis dos nietos, mi esposa, nuestras grandes Amigas del Alma Gelsys y Mayra, Diogo y yo. Hicimos un hermoso recorrido, visitando lugares de gran interés y belleza: el Mercado dos Lavradores, el Jardín Botánico- en él vi extraordinarias orquídeas que me hicieron recordarte así como a nuestra querida amiga Celita-, y el desfiladero de Eira do Serrado.

La isla de la eterna primavera, el lugar en el que el verano se queda a pasar el invierno. Una descripción quizás romántica, quizás novelesca, pero extremadamente verosímil. Un clima templado y sereno y unos ritmos de vida totalmente suaves y tranquilos contribuyen a hacer de este rincón de paraíso, que junto a otras cuatro islas constituye una región autónoma de Portugal, una verdadera dimensión paralela a la dimensión a la que solemos estar acostumbrados en nuestras ciudades.

Madeira significa madera en portugués: los primeros descubridores de la isla pensaron que no había nombre más indicado, visto que la primera cosa que vieron fueron unos gigantescos árboles con unos enormes troncos con los que tuvieron ocasión de reparar sus barcos.

La isla de Madeira, de la que Funchal es capital, está más cerca de las costas africanas que de las portuguesas: se encuentra en el centro de unas corrientes muy favorables que han contribuido a hacer que tanto la costa como la zona del interior se conviertan en un gigantesco invernadero de flores  perfumadísimas. El mismo Capitán James Cook, que tocó tierra aquí en uno de sus viajes, en 1768, notó que la naturaleza había sido particularmente benigna con esta isla: bougainvilles, mimosas y jacarandás forman la alfombra coloreadísima y constante que rodea y cubre todos los rincones de la isla, donde la temperatura no supera casi nunca los 28° y raramente desciende por debajo de los 15°.

Madeira ha sido una localidad turística desde siempre: basta pensar que los marineros de los largos viajes destinados a África y a las Indias, antes de regresar a casa y afrontar lluvias, nieblas y climas lluviosos, se detenían aquí algún tiempo para descansar de las fatigas de la travesía oceánica.

Entre los primeros mercantes que comenzaron a frecuentar la isla es necesario recordar a Cristóbal Colón que, habiéndose casado con la hija del entonces gobernador de la isla de Puerto Santo, vivió aquí durante algún tiempo.

Resulta delicioso visitar Funchal a orillas del océano sobre todo a pie. Ese día había una fiesta en el Paseo que va desde la Catedral hasta la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Todo estaba decorado con ramos de flores.

Merece la pena también visitar la parte alta de la ciudad, desde donde se disfruta de la vista más bella de la isla.

El Cabo Girao es un promontorio en el que los agricultores han conseguido cultivar, por todos sitios, flores y vides, llegando a cultivarlas incluso al borde de precipicios. Allí almorzamos en una terraza desde la cual el panorama era grandioso. Desde lo alto las rocas se lanzan al océano con un salto de más de 600 metros. También las casas del cercano pueblo de pescadores Cámara de Lobos parecen querer desafiar las leyes de la dinámica y de la gravedad. Allí tomamos café sentados en unas sillas frente a “mesas” que eran barriles. Nos percatamos que una camarera parecía como si nos vigilara. Quizás los turistas se lleven las lindas tazas como “souvenirs”. El caso es que cuando mi esposa se alzo para irnos, la camarera prácticamente le arrebató la taza de las manos, sin darle tiempo a ponerla sobre el barril. Algo muy curioso.

También es muy característico el paisaje de Sao Vicente, desde el cual el panorama es extraordinario. Como es sugestivo el escenario que se admira en Terreiro da Luta, donde surge el monumento más grande de Madeira, erigido después de que finalizase la Primera Guerra Mundial, en el punto en el que se enterró en la Iglesia de Santa María del Monte, al último emperador austrohúngaro, Carlos I, que murió en la isla en 1922.

Al salir de la iglesia, fuimos a la estación de los “cestinhos”. Hicimos la bajada tradicional de la abrupta cuesta en pequeñas cestas de mimbre para dos personas  sentadas, comúnmente llamados trineos, que eran el medio de transporte de las personas entre el pueblo de Monte y Funchal en el siglo XIX . Estas cestas se han convertido en una de las  principales atracciones turísticas de la isla. Conducidas por dos hombres, que llevan sombrero de paja y traje blanco típico, el trayecto de dos kilómetros desde Monte, tiene una duración de unos 10 minutos y termina en el barrio de Livramento.  Es una experiencia única y de emociones con picos de velocidad  de 30 kms. / hora. No supimos en qué momentos nos tomaron las fotos mientras hacíamos el recorrido. Nos las ofrecieron al llegar a la terminal del viaje con los célebres “Carreiros do Monte”

 Nuestra última visita fue un recorrido por: el vestíbulo, bar, restaurante, piscina y jardines del elegantísimo Hotel Reids Palace, en el cual se hospedó Fulgencio Batista y su familia al llegar al exilio dorado de Madeira en 1959. Por doquier había enormes y elegantes bouquets de flores.

 Al regresar al Costa encontramos a la Sra. Que había comprado la botella de vodka como “souvenir” de Málaga. Me dijo que había perdido la cámara de filmar y que tenía el temor de que algún turista del autobús se la hubiera robado, pues “en los europeos no se puede creer, no son como los americanos”. Le dije que fuera a la recepción e hiciera la reclamación, pues cuando alguien encuentra algún objeto, allí es donde se entrega. En efecto, a los pocos minutos regresó con la cámara, pues alguien la había encontrado y entregado allí. Aprovechó para preguntarme para qué servía un cubierto muy raro que parecía una “pala de cake” fina. Le expliqué que era el cuchillo para el pescado. La Sra. no sabía que existía ese cubierto. Me preguntó: -¿Vd. es cubano de dónde? A lo cual respondí: – De Cuba, ¿De dónde va a ser? Ella, muy oronda y petacona replicó: -Pues nosotros somos cubanos de Miami. Para concluir la conversación exclamé: – Ah, Vd. se refiere a nuestro lugar de residencia. En ese caso le puedo decir que somos cubanos que vivimos en París desde hace 35 años, pero nunca dejaremos de ser… ¡Cubanos de Cuba! Y…buenas tardes señores. Pero bueno, como tengo varias anécdotas que contarte sobre esta Sra. y su esposo, a partir de ahora la llamaré: “la Sra. de la botella de vodka”. Creo que le voy a dedicar una crónica a esta pareja que poco a poco fui descubriendo y cuya mentalidad parece haberse quedado anclada en el siglo XVIII.

El Ristorante Costa Smeralda, nos ofreció una cena típica de la espléndida isla de Cerdeña, la cual tuvimos la suerte de recorrer durante dos semanas hace unos años.

En Cerdeña la tierra es árida y está agrietada por el calor seco y el viento, los rebaños de ovejas y cabras se dirigen a las colinas tras los pasos de hábiles pastores, familiarizados con cada recoveco de la tierra y con la dureza de una vida formada por cosas sencillas, pocas palabras y acciones ancestrales que se repiten del mismo modo desde hace generaciones. Siempre en equilibrio entre el salvajismo de lo primitivo y la amable hospitalidad.

Cerdeña es, antes que nada, una isla, lo cual se aprecia en un noble desapego. Sus habitantes ponen de manifiesto su pertenencia a esta región distinguiéndose de los que viven en el «continente». El orgullo de la pertenencia y la dignidad de salir adelante solos, incluso en condiciones difíciles.

Los platos de carne se caracterizan por su fuerza, como se aprecia en las chuletillas de cordero asadas y aromatizadas con hinojo, pero también revelan delicadeza, como en la sopa con queso ricotta fresco y verduras o en la deliciosa fregola (similar al cuscús).

Nuestro plato fue el delicioso “Pasta Fregola cremosa con verduras frescas”. Para prepararlo en la isla, las ancianas mueven las manos hasta crear con las yemas de los dedos esas minúsculas esferas irregulares de sémola y agua, similares a los granos de cuscús pero más bastas. Después, una vez secas y horneadas, se convierten en la inolvidable Gnocchetti, que se combina con distintos condimentos, en este caso, con verduras frescas de la huerta.

Esa noche disfrutamos en el Teatro Urbino del espectáculo “Magic Moments” con los cantantes Valentina Spaletta y Andrea Carli acompañados por los bailarines del Costa Mágica. Mis nietos se apoderaron como cada noche de las dos butacas de la primera fila al centro. Ambos con sendos zumos de manzanas fríos.

Zarpamos a las 5 y 30 p.m. hacia el nordeste con  velocidad de 18 nudos. Tras dejar atrás la Isla de Madeira se pudo divisar a estribor la Isla de Porto Santo. Un Sr. que parece que no tiene muchos conocimientos en Geografía me preguntó: -¿Esas son las Islas Baleares?  El Costa Mágica tomó rumbo  de nuevo hacia el Estrecho de Gibraltar.

En mi próxima carta te seguiré contando sobre este bello viajo hecho junto a mi pequeña familia y tres Amigas del Alma que vinieron desde Miami: Tayde, Gelsys y Mayra.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.