Escala en Nápoles del Costa Mediterránea

gesunuovo

Foto: Napoli, Chiesa del Gesù Nuovo. 27.12.2015

París, 28 de febrero de 2016.

Querida Ofelia:

Solo hoy he encontrado el tiempo suficiente para contarte sobre el magnífico día que pasamos en la bella Nápoles el pasado 27 de diciembre. Me acordé mucho de ti y de mi padre, pues ese día ustedes cumplían 75 años de casados. Estoy seguro de que lo celebraron como Dios manda muy cerca de Él.

Después de pasar a unas cinco millas de Capri, desembarcamos a las 7 y 30 a.m. bajo un sol brillante, un cielo de un azul espléndido y +18° c.

Nápoles o Neapolis: la ciudad nueva. En realidad, los orígenes de este extraordinario centro histórico y cultural, cuyas tradiciones gastronómicas y musicales son una marca de gran éxito exportada a todos los rincones del mundo, son bastante antiguos. Según cuenta la leyenda, en la orillas de las costas napolitanas se tumbó la sirena Parténope, donando a esta tierra su belleza y su fortuna. En realidad, los anales fijan la fundación de la ciudad originaria alrededor del año 600 antes de Cristo por obra de un grupo de emprendedores colonizadores griegos.

Nápoles conservó los usos y costumbres helénicos hasta la llegada de los romanos, trescientos años más tarde, quienes la convirtieron en una ciudad espléndida, con toda una serie de villas y asentamientos de los que aún hoy quedan numerosas huellas y vestigios. La romana fue la primera de una serie de conquistas que vieron a Nápoles dominada, sucesivamente, por bárbaros, bizantinos, normandos, angevinos, aragoneses, austríacos, españoles y borbones.

Nápoles volvió a obtener la libertad con la anexión al Estado italiano inmediatamente después del paso de Garibaldi, sólo en 1860.

Dominada por el Vesubio, cuya cresta fumante es visible desde todos los rincones de la ciudad y en todas las ilustraciones que la representan, Nápoles es sin duda una ciudad de un enorme encanto, tanto por su posición geográfica como por su riqueza de obras históricas y arquitectónicas. El Maschio Angiolino, con el Arco de Triunfo y la Capilla Palatina y el Palacio Real, junto con el Teatro San Carlo y la céntrica Piazza del Plebiscito, recientemente restaurada por la administración municipal, constituyen los lugares más conocidos y apreciados a nivel turístico.

Merece la pena un punto y aparte, obviamente, Pompeya, cuyo museo es la estructura cultural más visitada de Italia: una imprevista erupción del Vesubio en el año 79 después de Cristo destruyó este floreciente centro, situado a 25 kilómetros de Nápoles, dejándolo cubierto por una gruesa capa de cenizas. Las excavaciones, abiertas en 1754, han traído a la luz miles de objetos que ahora se encuentran conservados en el Museo Arqueológico de Nápoles y en el Museo de Pompeya.

Igualmente significativas son, desde el punto de vista turístico, las islas del golfo, Capri, Ischia y Procida, que se han hecho famosas gracias al cine, a la literatura y a los éxitos musicales internacionales, además del legendario paseo marítimo de Posillipo.

Capri, en particular, es ciertamente la isla más apreciada y frecuentada no sólo por los turistas, sino también por todos aquellos extranjeros para los que una fotografía con los farallones de fondo es un must de absoluta importancia en toda visita a Nápoles.

En Nápoles no pueden dejarse de degustar algunas especialidades gastronómicas típicas: obviamente, la pizza, que según dictan las reglas del centro histórico debe servirse en la mesa sobre unos tavolacci de mármol; la pasta, de todos los tipos, y, por último, los dulces… pastiera, babà, struffoli (sólo en Navidad) y el típico turrón napolitano.

Nos esperaban en el puerto mi hermano Juan Alberto, su esposa Alina, su hijo Víctor Manuel y Mónica, la encantadora novia de este último, es decir: parte de la rama itálica de la familia Hernández. Todos llegaron desde la cercana Isla de Ischia, en donde viven, cargados de regalo como Reyes Magos. A los pocos minutos llegó nuestra gran amiga italiana María Rosaria y su adorable hija Chiara (ambas también cargadas de regalos para todos nosotros), la cual es madrina de mi nieto Cristóbal. El encuentro entre éstos dos últimos fue emocionante, pues no se veían desde hacía mucho.

En compañía de nuestra familia y de las amigas italianas, disfrutamos de un día inolvidable en el corazón de Nápoles, descubriendo los rincones más fascinantes, mientras escuchamos las anécdotas más curiosas, degustando la pizza más sabrosa, el mejor café y la “sfogliatella” más buena de toda la ciudad.

Saliendo del puerto, disfrutamos de las vistas del Maschio Angioino y del Vomero (desde allí se observa la fantástica Cartuja de San Martino), pasamos a lo largo de la Via Medina y la Via Monteoliveto, entre antiguas iglesias y edificios típicos de arquitectura fascista en una mezcla entre antiguo y moderno, para después adentrarnos en el centro histórico napolitano.

En la Piazza del Gesù Nuovo, los niños se asombraron por la aguja dieciochesca dedicada a la Virgen. Allí había un señor africano tocando tambor, disfrazado de Santa Claus. Asistimos a la misa en la espléndida y barroca Iglesia del Gesù Nuovo y, en la Basílica de Santa Chiara recorrimos una bella exposición de pesebres napolitanos. Estas iglesias son dos de los ejemplos más típicos de la cristiandad napolitana.

Continuamos pasando por Spaccanapoli, núcleo de la verdadera Nápoles popular, el decumano inferior de la ciudad romana que hoy divide en dos el corazón de la ciudad partenopea; llegamos a Piazza San Domenico, donde se encuentra la segunda aguja de la ciudad, circundada por edificios nobles de las más grandes familias napolitanas.

Llegamos hasta una de las calles más famosas del mundo, San Gregorio Armeno, conocida también como la “strada dei presepi”, corazón de la artesanía de nacimientos de Belén. Asombrados aún por las imágenes de los sitios visitados, dejamos la Via San Gregorio para llegar a la Via dei Tribunali, el mayor decumano de Nápoles, donde hicimos una agradable parada para probar una de las pizzas más famosas de la ciudad, en la Pizzería Di Matteo.

La pizza nos fue servida según la auténtica tradición napolitana, doblada “come un portafolio”: como acostumbran a hacer los verdaderos napolitanos, una pizza para comerse de pie. Un amable camarero nos contó la leyenda de uno de los cultos más sentidos del pueblo partenopeo, el “culto delle capuzzelle”: las almas del purgatorio adoptadas por el pueblo napolitano a cambio de protección.

A través de Port’Alba, calle de las librerías napolitanas, llegamos a Piazza Dante, plaza central de la ciudad para proseguir a lo largo de la calle principal, la Via Toledo. Durante nuestro paseo, entre edificios de época e historia, nos encontraremos en el corazón de Nápoles, la calle de las tiendas, para llegar a la cafetería más antigua y célebre de Nápoles, Il Gambrinus, que se encuentra al lado de la Piazza del Plebiscito, el Teatro de San Carlo y la Galleria Umberto I, que fue cenáculo para artistas, poetas y escritores y el lugar donde nacieron las canciones napolitanas más importantes de Libero Bovio, Di Giacomo, D’Annunzio y Russo.

Fue una experiencia única para oler y degustar el verdadero café napolitano y formar parte de un rito que se repite constantemente, siempre igual, desde hace siglos, acompañado de la degustación de una típica “sfogliatella” napolitana. Después de esta última etapa, el “paseo partenopeo” llegó a su fin volviendo al puerto con todos. Nos despedimos con besos y abrazos hasta el año próximo, pues desde que somos Libres (1981), cada año vamos de vacaciones a Nápoles y a las islas de su golfo, sobre todo a la bella Isola Verde d’Ischia.

Mientras hablaba en español con la amabilísima chica de la recepción Micol Vagliano, se me acercó un señor español llamado Jesús. Resulta que él estuvo en Cuba trabajando en los años setenta para una compañía española que montaba una fábrica con tecnología ya vetusta. Me contó como los otros técnicos españoles, llevaban las valijas llenas de: jabones, pañuelos de cabeza baratos y pacotillas, para obtener “favores” sexuales de jóvenes cubanos a cambio.

Mientras el Costa Mediterránea partía rumbo norte por el Mar Tirreno hacia el puerto de Savona, cenábamos en el elegante Ristorante degli Argentieri. El plato especial italiano de esa noche fue Zite (pasta) troceados “a la genovesa”.

En Campania existe imaginación y alegría también en la cocina. He oído sonar las panderetas y he visto a la gente bailando en corro, he oído bullicio y risas, he visto hablar y gesticular como en una música de expresiones, una danza de manos.

Si se piensa en Campania, una tierra llena de contradicciones, se piensa en la alegría, el movimiento y el color. Los campanos se distinguen por su capacidad de hacerte sentir como en casa y saber acogerte con la sencillez de la calidez humana.

Los platos transmiten la misma desbordante alegría de vivir combinando los ingredientes tradicionales: mozzarella junto con salsa de carne dentro del sartù de arroz (timbal típico napolitano), o bien fundida con berenjenas en la parmigiana al horno. Uno no dejaría nunca de deleitar el paladar con esta cocina de sabores fuertes.

Pero hay que comer los zite (pasta) troceados «a la genovesa» para poder decir que se conoce el auténtico espíritu de la cocina campana, un espíritu sencillo y pobre que sabe exaltar los sabores claros de la materia prima. El gesto de trocear a mano esta pasta típica crea el ambiente de una cocina en la que, mientras la salsa hierve y crea una nube de aromático vapor, se charla de la vida cotidiana. La salsa se elabora cociendo a fuego lentísimo cebollas y carne, y nadie sabe por qué se llama «genovesa».

El espectáculo de esa noche en Il Teatro Osiris, estuvo a cargo del célebre Samuel Barletti, “el hombre de las mil voces”.

Después dejamos listas las valijas pues al amanecer debíamos desembarcar en Savona.

Un gran abrazo con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.