Algún día deberíamos desenfocar el campo de visión peninsular para entender el meollo de nuestra identidad. A lo mejor comprenderíamos que ni España es el problema ni Europa la solución.

JOSÉ MARÍA LASSALLE

Hace dos siglos los españoles dejamos lo mejor de nosotros en América. Allá quedaron nuestra capacidad de reinvención, nuestro optimismo y nuestra fe en el futuro. Las independencias nos desgajaron al quebrarse la unidad emocional de la Monarquía hispánica. Con ellas fuimos privados de aquella pulsión utópica que desde las profundidades del alma de Castilla nos propulsó hasta tocar las costas de América un 12 de octubre de 1492. De ahí que el proceso independentista iniciado en México con el Grito de Dolores fuera algo más que una secesión política. Fue la pérdida de la completitud de España. La separación forzada de nuestro ser americano y la condena a ser europeos, sin más.

Desde aquel Grito del 16 de septiembre de 1810, los españoles nos empequeñecimos, por dentro y por fuera. Nos vimos obligados a habitar dentro de nuestro particular laberinto de soledad. Trafalgar, primero, y la Guerra de la Independencia, después, allanaron el camino hacia la ruptura con el futuro que encarnaba América en el imaginario colectivo. Es cierto que Cuba y Puerto Rico permanecieron como puertas de comunicación americana durante casi un siglo. Pero poco a poco fueron cerrándose con el lento declinar de nuestra presencia trasatlántica; hasta que, por fin, el mazazo del 98 supuso la pérdida radical de los vestigios de nuestra americanidad.

Desde entonces España ha ido dando tumbos sin saber cómo definirse. Casticistas y europeístas se enfrentaron por dirigirnos hacia las entrañas del ser peninsular o hacia las soluciones que venían de allende los Pirineos. Olvidamos que la extrañeza que, según Díez del Corral, provocaba España a los europeos no estaba en que África empezase aquí sino en que el aliento americano llegase hasta la península ibérica. Matiz que confirmaba la intuición de Edmund Burke cuando nos describió como una ballena varada en las costas de Europa.

Algún día deberíamos desenfocar el campo de visión peninsular para entender el meollo de nuestra identidad. A lo mejor comprenderíamos que ni España es el problema ni Europa la solución. Quizá descubriéramos que el origen de las inseguridades patrias está en haber perdido nuestra completitud trasatlántica. Pero, sobre todo, en renunciar entonces a la noción de futuro como una constante generacional, al tiempo que perdíamos la heterogénea faz americana para quedar atrapados dentro de los muros de la homogénea fisonomía peninsular.

Tendríamos que desenfocar la visión peninsular para entender el meollo de nuestra identidad

Y es que el 12 de octubre de 1492, España eligió el futuro como mito colectivo y se comprometió con él. Con ese futuro que había hecho suyo con mentalidad moderna, después de siglos de añoranza reconquistadora de un pasado perdido con la invasión musulmana. Tras siete siglos de inercia mirando al pasado, España se soñó distinta, giró su mirada hacia el Atlántico y eligió el futuro que se abría en América como la forma de estar en el mundo. El impulso utópico del Renacimiento nos llevó hasta los confines del planeta para dilatar allí la experiencia europea y mediterránea y hacerla atlántica, americana y universal.

No cabe duda de que los sueños fueron una poderosa fecundadora de oportunidades. Y que llevaron más lejos que el miedo liberado debido a la injusta violencia que acompañaron los comienzos de nuestra americanidad hispánica. Sin embargo, pronto quedaron reemplazados los errores y los daños iniciales al emprender juntos un proyecto de españolidad mestiza. Se diluyeron las divisiones excluyentes y España creció en ambición de sí misma. En contacto con la vastedad continental americana y su complejidad étnica, geográfica, lingüística y cultural, dimos lo mejor de nosotros. Sublimamos lo que nos unía y nos sentimos orgullosos de ello. En América se fraguó la verdadera unidad hispánica al constatar lo que éramos esencialmente: una comunidad heterogénea de valores, cultura y emociones que no se veía amenazada al sumarse a la hipercompleja enormidad americana.

Por eso, asombramos al mundo al hacernos americanos. De ello surgió la leyenda negra y tantas otras cosas que denigraron panfletariamente nuestra identidad americana. Sus forjadores envidiaban y aborrecían la mirada mestiza y global que interiorizamos en nuestro ADN. Asombramos al mundo porque trasladamos el eje de gravedad de nuestras esperanzas al hemisferio americano. España no se hizo nacionalista en América ni convirtió su cultura en un evangelio de identidad excluyente. Tres siglos antes de la Constitución de Cádiz, Hernán Cortés y Bartolomé de las Casas hicieron posible la igualdad entre los españoles de ambos hemisferios. Tesis que el obispo Palafox certificó en 1646 cuando abrió su famosa biblioteca poblana a todo el pueblo novohispano, pudiendo acceder a sus libros cualquier hombre o mujer, sin distinción de raza, condición o edad.

No se me ocurre mejor futuro que volver a nuestra esperanza americana, a lo mejor de nosotros

Y es que España se americanizó a partir del siglo XVI radicalmente. En las costas del otro lado del Atlántico se instalaron, además de nuestra violencia y nuestros vicios, nuestras ilusiones y esperanzas de cambio. Las mismas que llevaron a Cervantes a anhelar un empleo al servicio del Rey en Guatemala y Cartagena de Indias. Las mismas que hacen que el Quijote adquiera su pleno significado espiritual como espacio inagotable para la alegría, la imaginación y la voluntad de desprenderse del dolor de la vida y sus sinsabores. Lo que Cervantes veía en América no era otra cosa que volver a tener un futuro; la oportunidad de renovarse y dejar atrás su pasado para apostar por ese deseo de imaginarse un caballero andante dispuesto a deshacer los entuertos de su particular biografía.

España debería afrontar en el siglo XXI un empeño colectivo de mutarse nuevamente americana. No podemos seguir varados en una Europa que muestra sus facciones más intransigentes al nacionalizarse a golpes de machamartillo excluyente y fanático. Ser la esquina nordeste, europea y mediterránea de Latinoamérica no sería un mal proyecto nacional. Quizá así podríamos salir de nuestro laberinto de soledad y recuperar la completitud perdida. Si nuestra cultura, nuestra lengua e, incluso, nuestras empresas lo han hecho, ¿por qué no como país? ¿Por qué no pensar una España americana? Sería aleccionador que entre tantos debates estériles y tanta torpeza institucional, territorial y partidista, comprendiéramos que no podremos reconocernos a nosotros mismos, enorgullecernos de lo que somos y pensarnos juntos de forma ilusionada si no nos descubrimos en nuestro rostro americano, ya sea criollo, indígena, negro o mestizo. No se me ocurre mejor futuro que volver a nuestra esperanza americana, a lo mejor de nosotros.

José María Lassalle es secretario de Estado de Cultura en funciones.

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