¿España tenía derecho al Nuevo Mundo?

La posición española

El descubrimiento de América, que, en frase de Samuel Johnson, «ofreció un nuevo mundo a la curiosidad europea», y la colonización (aunque las posesiones de América no eran colonias, se acepta el término colonización) constituyeron una «merkwürdige Mischung von Gett und Gewin»(mezcla rara de Dios y de materialismo). Esta mezcla sólo puede entenderse teniendo en cuenta la mentalidad de aquella época. Para explicárselo no es necesario definir la moral en el sentido del egoísmo y de la doblez de intención, apoyándose en una efímera razón de Estado. Basta considerar que el hombre, aun en las empresas de mayor envergadura espiritual, no puede prescindir de los elementos humanos y de hundirse en el fango, con peligro de destruir la obra que realiza con sus propias manos.
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Frente a América, la primera [6] pregunta es de si España tenía derecho al mundo descubierto por los navegantes. El mismo interrogante llenó durante siglos los libros y las polémicas jurídico-teológicas. Nuestras elucubraciones, en caso de aceptar este derecho, nos llevarían a formular la siguiente pregunta: ¿Con qué normas debió realizarse la conquista? Dilucidar este interrogante, abierto durante siglos en nuestra historia de España en América, sería explicar la razón de ser de España en Indias. Los que lo han intentado han tenido que recorrer, una por una, todas las cédulas reales relacionadas con la pacificación y poblamiento indianos, y a través de ellas y de las leyes de Indias han visto el análisis sincero, leal y noble, que España hizo de su propia obra en América. Ninguna otra nación se ha juzgado tan inflexiblemente como España. Se comprende, porque en la pacificación de América existieron dos bandos: uno, el del indio, y otro, el del conquistador. La Corona, las leyes y las autoridades figuran en el primero; a veces el propio conquistador engrosa las filas de los defensores de los derechos del indio.
Una explicación de todas estas realidades se encuentra en la propia historia de la Humanidad, tejida a base de grandezas y de mezquindades. Quizá si el nuevo mundo creado en América hubiera sido una especie de paraíso terrenal sin defectos, nadie creería que aquello era obra de hombres. La vida de los héroes y de los grandes pueblos está llena de mezquindades. Precisamente el contraste entre los medios y los fines conseguidos produce nuestra admiración. Ahí está la grandeza.
Contestando a la pregunta «¿España tiene derecho al Nuevo Mundo?», se puede citar el razonamiento escolástico del teólogo extranjero Juan Mair:
«A) Cuando un príncipe inferior procura separar a los súbditos de la obediencia y respeto debidos a la autoridad suprema, de quien él recibe su autoridad, ha merecido su destronamiento.
B) Es así que todo príncipe infiel, rebelde y contumaz a las leyes divinas procura continuamente separar a los súbditos de la obediencia debida a Dios, de quien depende toda potestad.
C) Ergo, los príncipes cristianos, supuesto el mandato de la Iglesia, pueden hacer la guerra y apoderarse de las tierras y Reinos de los infieles, aunque sus príncipes los tengan por títulos legítimos, según la apreciación de sus filósofos.»
El silogismo es válido para el caso de las tribus que rechazaban la evangelización, y no reconociendo a Dios apartaban a los demás de su conocimiento. Francisco de Vitoria aborda el problema desde el punto de vista jurídico. Por derecho natural, los ríos, los mares y los puertos son comunes a todos los hombres, y por derecho de gentes, las naves pueden arribar a todos los puertos. Basado en estas razones, llega a afirmar, de un modo tajante, que los españoles tienen pleno derecho a visitar y permanecer en aquellas tierras, sin daño para sus naturales. Respecto al modo de realizar la conquista, tanto Francisco de Vitoria como Báñez y Domingo de Soto justifican la intervención y la guerra, fundados en la sociabilidad universal, que regula el Derecho Internacional positivo. En América el conquistador y el colonizador se encontraron con que el indio había quebrantado los deberes de sociabilidad natural y universal, en relación con sus [7] convecinos y con los castellanos. La respuesta casi unánime de los teólogos y de los juristas ante este estado de cosas es la intervención para remediar una situación anormal y, en algunos casos, la guerra justa. Pero el debate sobre esta cuestión encierra toda una serie de capítulos que podrían agruparse bajo el título de Derecho de España en América.
En el presente estudio nos interesa analizar otro aspecto de la cuestión: el indio, como elemento humano de la conquista, encajado en el régimen español. Sirvan de entrada aquellas palabras de Felipe IV, inspiradas en el testamento de la Reina Católica:
«Quiero que me deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar esos mis vasallos, y de no hacerlo con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que hubieran excedido en esta parte me daré por deservido, y aseguraos que aunque lo remediéis lo tengo de remediar y mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra Dios y contra mí, y en total ruina y destrucción de estos Reinos, cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven a la monarquía y tanto la han engrandecido e ilustrado.»

Hispanista revivido.