Desde que los Habsburgos perdieron la Corona tras la guerra de sucesión española, cambió el paradigma de gobierno peninsular y se comenzó a gobernar a España a partir de un esquema de poder centralizado típicamente francés.

Para aquella dinastía dueña de medio mundo, nunca supuso un problema reconocer las particularidades específicas de sus súbditos españoles que, con los fueros vascos, aragoneses, navarros, granadinos –no los menciono todos- y sus poblaciones judías, árabes y vascongadas, era una muestra a pequeña escala, un crisol, de los indisolubles problemas a los que debía enfrentarse cotidianamente el cabeza de la casa de Austria.

Desde 1700 el buen Rey español siguió al pie de la letra los consejos centralizadores inspirados por su ilustre abuelo Luis XIV. ¿Y cómo podría haber sido de otra manera? Francia era “lo más” dentro de Europa y España a pesar de todas sus riquezas de ultramar “lo menos”.

Con la última llamada a la población de los Tres Comunes de Cataluña y la caída de la Ciudad Condal, se terminaban no sólo la libertad y la independencia, sino el modelo de gobierno practicado hasta el momento en España: la reunión voluntaria de pequeños estados peninsulares.

Desde entonces la voluntad de los monarcas borbónicos estuvo dirigida a centralizar -sin éxito- el país. Pero España nunca llegó a unificarse realmente. Siempre se mantuvieron -más o menos solapados- los regionalismos que terminaron pariendo las Guerras Civiles, la dictadura Franquista y la Constitución de 1978.

La construcción de una España soñada estaba en todos los espíritus avanzados de la época, y gracias a la propaganda y las buenas intenciones, le vendieron a la nación y a Europa un modelo centralizado que no se apoyaba sobre bases reales.

Se hace necesario reconocer estas evidencias para poder replantear nuevamente un pacto democrático con los que lo deseen y no impuesto desde arriba para todo el mundo como sucedió en 1978.

Una Federación de Países Autónomos, (un ejemplo de organización estatal que funciona en Holanda) suprimiría los conflictos que está generando el populismo actualmente.

Este modelo federal, incluiría -de paso-, los antiguos territorios ultramarinos de Cuba y Puerto Rico que, como se ha explicado, aún no han terminado el proceso de descolonización. A ambas islas podría proponérseles la adhesión a la nueva federación española dentro de Europa.

El Rey debería, como ya sucedió en su momento durante la Transición, ser el gestor de este histórico movimiento, de esa manera aseguraría por largo tiempo la supervivencia de la Corona.

La Unión Española podría no sólo convertirse en un modelo realmente justo y original de sociedad, sino en el comienzo de una nueva etapa de la historia de la humanidad.

Deja un comentario