Aunque los editorialistas de todos los bandos pretendan ignorarlo, tras la guerra de sucesión española, ganada por Francia, las élites en el poder han intentado imponer en la Península un esquema de poder centralizado.

Desde 1713 hasta hoy – en que casi 85 por ciento de las prerrogativas del Estado han sido finalmente cedidas-, España  dejó de ser un  proyecto global para subordinarse a los designios de Francia primero y de Europa después. La última llamada a la población de los Tres Comunes de Cataluña, proclamaba claramente que con la caída de la Ciudad Condal, se terminaban no sólo la libertad y la independencia de una raza, sino también el modelo de gobierno practicado hasta el momento: la reunión voluntaria de pequeños estados peninsulares.

Pero la voluntad de los monarcas borbónicos empeñada en centralizar el país fracasó, y España nunca se convirtió en un Estado nación como Francia. La verdad es que siempre se mantuvieron solapados los regionalismos que terminaron pariendo la Guerra Civil, la dictadura Franquista y la Constitución de 1978.

Poco se ha avanzado desde entonces.

Es necesario reconocer esta realidad antes de aceptar una nueva consulta popular que implique a todos los españoles. Pensar por ejemplo, en una Federación de Países Autónomos, donde se incluyan las antiguas provincias españolas del Caribe que no han concluido con el proceso de descolonización. Este modelo que ya funciona en otros países europeos, suprimiría los conflictos separatistas que no van a desaparecer el primero de octubre. Es más, el Rey debería, como ya sucedió en su momento durante la Transición, ser el gestor de este histórico movimiento, de esa manera se aseguraría la supervivencia de la Corona.

En esta nueva configuración, el Estado central se reduciría a su mínima expresión como garante de la ley suprema, la justicia y el comercio, dejándose al cuidado de las fuerzas vivas de la sociedad sus propios destinos. La Nueva Unión Española podría ser el laboratorio del mundo liberal, (no el que existe hoy) sino el soñado por Mises y Hayek; el primero, donde los ciudadanos de los dos lados del atlántico serían dueños de sí mismos. Un ejemplo de nueva sociedad en la que la libertad individual pautada por la ley y la tradición marcarían el incio de un modelo realmente justo y original de sociedad.

El comienzo en suma, de una nueva etapa en la historia de la humanidad.

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