El autor considera que la llegada de refugiados obedece a un plan bien trazado para acabar con lo poco que queda de los estados nacionales

Hermann Tertsch Del Valle-Lersundi

EUROPA no es libre, porque la libertad comienza con decir la verdad. En Europa hoy está prohibido decir la verdad. Y un bozal es un bozal aunque sea de seda. Esta prohibido decir que hoy no somos testigos de la llegada de refugiados, sino de una amenaza a Europa por la migración masiva. Esta prohibido decir que decenas de millones están preparados para ponerse en ese camino. Esta prohibido decir que esa inmigración trae crimen y terrorismo a nuestro país. Prohibido decir que las masas de gentes que vienen de otras civilizaciones suponen una amenaza a nuestra forma de vida, a nuestra cultura, costumbres y tradiciones cristianas. Está prohibido decir que aquellos que ya llegaron antes en vez de integrarse, crearon mundos propios, con sus propias leyes e ideales, que están rompiendo las estructuras milenarias de Europa. Esta prohibido decir que esto no es accidental ni una serie de consecuencias no intencionadas, sino una campaña preparada y orquestada para enviar hacia acá una inmensa masa de gentes. Está prohibido decir que Bruselas prepara planes para traernos extranjeros y radicarlos aquí. Está prohibido decir que el objetivo es cambiar el mapa religioso y cultural de Europa y rediseñar sus fundamentos étnicos, eliminando los estados nacionales, el último obstáculo para el movimiento internacional».

«Los enemigos de la libertad hoy no son iguales que los gobernantes del imperio ni los del sistema soviético. Ellos no nos encarcelan, ni nos deportan a campos ni traen tanques para ocuparnos. Son suficientes los bombardeos de la artillería de los medios internacionales, sus denuncias, amenazas y chantajes. Mejor dicho, han sido suficientes hasta ahora. Porque los pueblos de Europa comienzan a despertar. Los pueblos de Europa parecen por fin entender que está en juego su futuro: no solo su prosperidad, su bienestar y sus empleos, sino su propia seguridad y el orden pacífico de sus vidas. Los pueblos de Europa que han estado aturdidos en abundancia y prosperidad han entendido que los principios de vida sobre los que construimos Europa están en peligro de muerte. Europa es una comunidad de naciones cristianas, libres e independientes; con igualdad entre hombres y mujeres, justa competencia y solidaridad, orgullo y humildad, justicia y misericordia. El principal peligro no nos llega de quienes quieren venir sino de los fanáticos del internacionalismo en Bruselas. No permitiremos a Bruselas ponerse por encima de la ley. No vamos a permitir que nos imponga el fruto amargo de su política de inmigración. No vamos a importar a Hungría el crimen, terrorismo, homofobia y antisemitismo quema-sinagogas. Aquí no habrá barrios fuera de la ley, ni disturbios de inmigrantes ni bandas cazando a nuestras mujeres y hermanas. No vamos a tolerar que nos digan a quién tenemos que aceptar en nuestro hogar y nuestra patria, con quién hemos de vivir y compartir nuestro país».
Hoy debiera firmar esta columna el jefe de gobierno húngaro Victor Órban. Son extractos de su largo y vibrante discurso del 15 de marzo, aniversario de la Revolución de 1848. Llama Orban a un levantamiento de los pueblos europeos contra Bruselas y, sin mencionarla, contra Angela Merkel. Como en 1848 contra Viena y en 1956 contra Moscú. Muchos volverán a tachar a Orban de nacionalista y hasta fascista o racista. No es ni lo uno ni lo otro. El discurso es una colosal arenga europea, tan inusual en el exangüe liderazgo europeo. No hay que estar de acuerdo en todo para saber que ya es parte de la historia en marcha. Pese a burocracias europeas, inanidad y confusión política de tantos, la poderosa idea de la defensa identitaria de Europa estará muy presente en esta nueva era, radicalmente distinta, dramática y, muy posiblemente, trágica.

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