Eusebio Leal es un mentiroso redomado, publicado inicialmente en Cubanet

Lo acaba de probar a principios de este mes, declarando como si nada que “la revolución es una sola”, justificando así, una vez más la actual dictadura que ha convertido a Cuba en un país miserable.

Pongamos brevemente las cosas en su sitio.

Días después de echarse al monte bajo un falso pretexto, Céspedes para declarar la República cubana y exponer las razones de sus actos se dirige el 18 de octubre, en una carta de su puño y letra al secretario de Estados de los Estados Unidos, H. Seward. Resulta cuando menos curioso, que no se haya limitado a mandarla directamente a la imprenta, tal y como hicieron los patricios ingleses cuando proclamaron la suya el 4 de julio de 1776. No creo que ninguna cancillería europea haya recibido copia de ese importante mensaje de parte de Thomas Jefferson. De hecho, los revolucionarios norteamericanos ni se tomaron el trabajo de enviarla por correo a Londres ¿Para qué, si su preámbulo decía claramente, que “estas Colonias Unidas son, y deben serlo por derecho, Estados libres e independientes, que quedan libres de toda lealtad a la Corona británica”?

Ya que quería mandarla a alguna autoridad ¿por qué no la dirigió a las Cortes del Reino dispuestas a acordar los derechos políticos reclamados? Por supuesto, que los historiadores nacionales atribuyen a este acto una explicación de índole táctica: el de obtener la condición de beligerantes. Sin embargo, a nadie se le escapa que apelar al Secretario de Estado, significaba reconocer implícitamente que los nacionalistas cubanos no se consideraban capaces de llevar a cabo por sí solos la tarea que se habían propuesto hacía apenas una semana. Meses más tarde, los mismos personajes, dando prueba de un patriotismo exacerbado que sin duda los honra hasta hoy, le prometieron al presidente recién electo (una vez derrotada España) la isla entera.

A pesar de los alambicados discursos de Eusebio Leal, las alzadas y patrióticas palabras de los cubanos se redujeron a una vulgar propuesta de anexión. ¿Cómo se les podía tomar en serio después? ¿Cómo se les considera y honra todavía como si fueran héroes? Otros historiadores dirán sin dudas que Céspedes estuvo mal aconsejado, metiendo al lobo en el establo, y no dudarían en señalar como responsable de sus desvaríos a Morales Lemus, que desde La Habana aconsejaba a los rebeldes. Pero no hay tal.

Desde sus primeros movimientos en la jurisdicción, los rebeldes dieron muestras de estar más interesados en los asuntos materiales (intervención de pequeños negocios llevados por los peninsulares no simpatizantes, saqueo de cafetales e ingenios de nacionales pero protegiendo los franceses, reclutamientos forzosos de esclavos y de campesinos, etc.). Por si fuera poco, días después, pusieron a circular bonos por 40 millones con los que pretendían fabricar hasta una flota y se pusieron a imprimir billetes de banco  como si nada.

Se desatiende con demasiada frecuencia, que Céspedes estaba arruinado, y que la destrucción de los archivos de Bayamo no le venía nada mal. Su huida hacia adelante, esquivando de las garras del juez, recuerda no poco a las actuales aventuras de los independentistas catalanes, sobre los que se cierne el peso de la ley, por los delitos económicos cometidos por sus principales dirigentes.

Olvidó el señor Leal en su último discurso sobre los sucesos de Bayamo, destacar que una vez dueño de la ciudad, Carlos Manuel de Céspedes se dio el título de Capitán General de la Isla de Cuba, creó dignidades y empleos e hizo erigir un nuevo Ayuntamiento, constituido en su mayor parte con los comerciantes peninsulares que había en la ciudad. Obvió decir que este autonombramiento, (la distribución de generalatos y otras dignidades entre sus amiguetes), no fue del gusto de sus conciudadanos como lo destacaron observadores de la época y que nunca le perdonaron tales desparpajos.

El historiador de la ciudad recientemente decorado por España –cuya historia maltrata y manipula-, omitió hablar sobre el papel que jugaron los reservistas de las milicias dominicanas en la guerra civil.  Y por supuesto, se cuidó mucho en aclarar que sin el apoyo de aquellos militares de carrera traidores a España, la aventura de Céspedes habría durado muy poco tiempo. Si la historia retuvo la figura de Máximo Gómez, otros como los hermanos Marcano, jugaron un papel no menos determinante, particularmente durante la toma de Bayamo, donde los brigadieres de milicias Francisco Heredia y Modesto Díaz formaban parte de la guarnición. El resto de menor graduación aprovechó la situación para vengarse del Estado español que, trayéndolos a Cuba les salvó la vida, sí, pero para abandonarlos luego a su suerte sin pensión y sin trabajo.

Los argumentos, esgrimidos por la Junta de Nueva York, que era el principal motor del conflicto, para negar las conversaciones con Madrid, acelerar el reclutamiento de mercenarios, involucrar a los Estados Unidos en la guerra civil, y hacer desaparecer toda oposición moderada dentro de Cuba; no sólo eran falaces, sino que defendían los intereses de una clase social, que una vez hipotecada la independencia tras la intervención de los Estados Unidos en 1898, provocó la ruina del país y la emergencia de la actual dictadura.

Si los españoles de Cuba hubieran aceptado la mediación propuesta por el gobierno revolucionario de Madrid; si no hubieran encendido las calles habaneras, pagando a negros y mulatos para que acuchillaran a peninsulares indefensos; de no haberse cometido tantos desmanes en las regiones bajo su mando en el Oriente del país, las cosas podrían haber tomado un rumbo diferente. No sólo Cuba seguiría siendo hoy española, sino que la propia España se habría salvado de lo que se le viene encima.

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