Exilio cubano: inalterable en su esencia y en su poder, a pesar de analistas y encuestadores

mitosA propósito de que Pew Research Center muestra en un estudio que la mayoría de los electores cubanos en Florida votó por Donald Trump, sacó a relucir este fragmento de mi libro Mitos del antiexilio, publicado en español en 2007, en italiano el mismo año, y en inglés en 2008, hace ya más de 19 años, acerca de los muy cacareados cambios en el exilio isleño que por décadas vienen anunciando los analistas y encuestadores nuestros de cada día, esos sesudos analistas y encuestadores que no pegan una en el blanco pero que, ay, seguirán siendo entrevistados igualmente por los mismos medios de prensa que tampoco pegan una en el blanco, para que sigan farfullando sus errados pronósticos. Porque, debiéramos saber, acá no se trata de atisbar la verdad, sino de manipularla. Si no fuera así, esos medios desecharían a esos analistas y encuestadores y, bueno, empezarían a tener en cuenta a esos otros que por un mínimo de sentido común e intuición hemos oteado el horizonte con más acierto. Pero, ya sabemos, sería mucho pedir. Acá les dejo el fragmento de Mitos del antiexilio, ya me dirán ustedes:

“Los cubanólogos y toda especie de expertos y pitonisas han decretado los cambios en el exilio. Cambios que estarían a cargo de lo que ellos denominan la masa de exiliados sufridos y silenciosos; exiliados (o cómo se les nombre) que no estaríamos a punto de saber si son sufridos, pero que evidentemente no son muy silenciosos pues son los que más se entrevista en la mayoría de los medios y de las encuestas. Parecería más bien que los silenciosos serían los otros, los que hablan con el voto que es no sólo silencioso sino también secreto. Parecería además que los sostenedores de semejante tesis sufren un lapsus mentis al confundir Miami con La Habana (donde si hay una masa, toda la masa, sufrida y más que silenciosa, silenciada), al olvidar que en una democracia la masa se expresa mediante el voto y que en ella lo único que de verdad cuenta a la hora de saber hacia dónde se mueve la sociedad es a través del resultado de las elecciones.

Y ya que de elecciones se trata es bueno detenernos en los hechos. Ileana Ros-Lehtinen y Lincoln Díaz-Balart son congresistas cubanoamericanos del Partido Republicano por el sur de la Florida, representantes del anticastrismo más radical y punta de lanza del endurecimiento de la política de Estados Unidos hacia el régimen de Cuba. Bueno, les cuento que en las últimas elecciones congresionales (noviembre de 2002), Lincoln ni siquiera tuvo oponente y que Ileana venció al demócrata Ray Choate con más del 70 por ciento de los votos frente a sólo el 27.5 por ciento de su rival; por otra parte el congresista cubanoamericano Bob Menéndez, quien es demócrata pero tan anticastrista como sus compatriotas de la Florida, lleva años ganando ampliamente sucesivas elecciones en su distrito de New Jersey (el otro núcleo importante de exiliados cubanos en Estados Unidos).

Se pudiera decir que estos tres congresistas tienen sus maquinarias electorales muy bien engrasadas y sus fieles seguidores en los distritos representados a lo largo de mucho tiempo dispuestos a darles el voto a toda costa; pero este argumento no se sostiene ante el hecho de que en esas mismas elecciones el joven y anticastrista Mario Díaz-Balart, hermano de Lincoln, fue elegido como el cuarto congresista cubanoamericano con más de un 66 por ciento de los votos frente a sólo el 33.5 de la demócrata Annie Betancourt. ¿Qué hizo a la flamante y moderada Annie perder tan estrepitosamente ante el intransigente Mario? Muy sencillo. La ingenuidad de creerse el cuento de que el exilio cubano había dado un giro complaciente hacia la tiranía cubana, de que los miles de nuevos arribados a estas costas saldrían en masa para auparla como su heroína al Congreso; porque de otra manera no se hubiese lanzado con una plataforma política que buscaba la revisión del embargo económico al régimen de La Habana (en el sinuoso lenguaje de la corrección izquierdista revisar el embargo significa eliminarlo o mellarlo hasta la mera formalidad), acabar con la Ley de Ajuste Cubano (esa que permite a los cubanos acogerse a la residencia norteamericana un año y un día después de haber tocado tierra y que en definitiva a los únicos que beneficia es a los recién llegados y a sus familiares que vendrían detrás), y trabajar para una apertura del gobierno estadounidense con la tiranía isleña.

Más ilustrativo aún sería darle un vistazo a las elecciones presidenciales. Como es sabido el exilio cubano fue un factor clave para que George W. Bush ganara las reñidas elecciones del año 2000 frente al demócrata Al Gore. Los cubanólogos nuestros de cada día, en pose académica, explicaban el fenómeno por la emotividad y el resentimiento de los desterrados que mantenían fresca aún en su corta memoria el asalto una madrugada a punta de ametralladora (¡Moncada en Miami!), a la casa del niño balsero Elián González, ejecutado por la soldadesca a las órdenes de la trinidad demócrata configurada en Bill Clinton, Al Gore y Janet Reno (con el apoyo decidido de los compañeros del Consejo Nacional de Iglesias de Cristo en Estados Unidos) para entregarlo en bandeja de apaciguamiento al padre del padre del infante, es decir, a Castro.

Pero cuando Bush fue a la reelección en el 2004 en contra del demócrata John Kerry, estos mismos cubanólogos auguraban que no contaría con el apoyo del exilio cubano que ahora estaría muy molesto con los republicanos, ¡oigan esto!, por la decisión de restringir drásticamente los envíos de remesas y los viajes a la isla. Sin embargo, los hechos desmontaron todas esas especulaciones; esta vez Bush ganó ampliamente las elecciones con aproximadamente un 53 por ciento de los votos ante el bueno de Kerry que obtenía una cifra cercana al 47 por ciento; con el apoyo decidido, también esta vez, de los cubanos que se volcaron abrumadoramente en apoyo del cowboy texano, en números que algunos calculan cercanos al 90 por ciento. A beneficio de los cubanólogos es bueno decir que los hispanólogos (suelen ser lo mismo, o sostener la misma sumisión al gulag de los fusilamientos virtuales) también se equivocaron; estos habían afirmado antes de las elecciones que el voto hispano, que ha favorecido tradicionalmente al Partido Demócrata, aumentaría considerablemente esta tendencia en relación con el año 2000; sobre todo, afirmaban rotundos, debido a que había crecido considerablemente la masa de jóvenes con derecho al voto entre ese grupo étnico y que (cómo habría de ser de otra manera siendo la arcilla fundamental de nuestra obra, susurraría a sus oídos el oscuro espíritu del Che) estos serían más liberales (léase izquierdistas), y que por consiguiente apoyarían decisivamente a ese liberal de marca registrada que era el candidato Kerry; pero no, sucedió que el derechista Bush confabulado (¡a qué dudarlo!) con la derechista realidad, obtuvo 9 puntos porcentuales más entre los hispanos en comparación con lo que logró en el 2000.

Por si esto fuera poco, no sólo Bush fue reelegido en el 2004 con el apoyo decidido de los exiliados; sino que Mel Martínez se convirtió en el primer cubano elegido como senador en Estados Unidos. Martínez, ex secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano, fue nada más y nada menos el que presidió, junto al secretario de Estado en ese momento, Colin Powell, la llamada Comisión para la Asistencia a una Cuba Libre (Commission for The Assistance to a Free Cuba); creada por la Casa Blanca para acelerar un cambio de régimen en la isla y que entre las medidas que recomendó al presidente se encuentra, precisamente, la drástica restricción de los viajes y envíos de remesas a Cuba.

Luego del somero análisis del comportamiento electoral del exilio en los últimos tiempos uno no puede menos que aventurar dos hipótesis: o estos cubanos son unos tarados que queriendo el levantamiento del embargo y el acercamiento a la tiranía comunista de su país, eligen como sus representantes a tipos que dicen pretender exactamente lo contrario, es decir, el endurecimiento de ese embargo y el aislamiento de esa tiranía, o entonces reconozcamos, no hay cambios fundamentales políticos entre los desterrados y sobrevive entre los unos y los otros, los primeros y los últimos, la idea de que a un régimen de fuerza total no se le puede combatir con concesiones y capitulaciones; en la ingenua o no tan ingenua creencia (hipnopedia mediante), de que si se portan como buenos muchachos (¡oh milagro!) Castro dejaría de matar y encarcelar”.

Polítologo español, Hispanista.