Los ingleses han dejado una doble huella en Norteamérica: la pluralidad de ritos y el exterminio.

Contraste histórico

Su colonización fue un modelo de adaptación al suelo y a una nueva vida, en la que todo estaba por hacer. fue también un trasplante íntegro de familias del viejo al nuevo continente. Para que fuese perfecto sólo le faltó el sentido espiritual y de unidad.
En Norteamérica no hubo misioneros que se interpusieran entre el colono y el indio. Tampoco hubo teólogos que defendieran los derechos de estos últimos. Los indígenas norteamericanos, llámense algonquinos, shoshones o atapascos, carecieron del misionero protector. Solamente Francia, en el vasto país canadiense, desarrolló una actividad misional digna de elogio y casi comparable con la de España. Este sentido misional de expansión católica se trasluce en las palabras del rey cristianísimo a los colonos franceses:
«Ordenarnos que los descendientes de los franceses arraigados en dicho país, así como los salvajes que vengan en conocimiento de la fe y hagan profesión de ella, sean tenidos y reputados por naturales franceses.»
Los franciscanos y jesuitas de nacionalidad francesa emularon la labor de nuestros misioneros entre las tribus procaces de algonquinos e iroqueses. Delante de los coureurs des bois o buscadores de pieles, sembraron el suelo canadiense de una doctrina que floreció años más tarde, al calor de la sangre de los mártires. Le Jeune, Brebeuf y Lallement son tres nombres, entre otros muchos, que encabezaron largas listas de misioneros mártires. Pero la colonización francesa, refugiada en el Canadá, sufrió la persecución inglesa. Los colonos ingleses arrebataron a Francia y a Holanda sus pacíficas conquistas del suelo norteamericano. Inglaterra no quiso, o no pudo, compartir la tierra con nadie. Evitó, además, la unión con las tribus indias. No les regaló sus tradiciones, ni su lengua, ni su cultura. Para el [8] colono anglosajón el indio era un holgazán indisciplinado, sin aptitudes para el trabajo. En parte tenía razón. El indio no había nacido para el trabajo de una tierra que lo pedía todo, hasta la propia vida. Los nativos a quienes los ingleses emplearon en el laboreo de las tierras enfermaban o morían. Necesitaban un proceso progresivo de aclimatación a la nueva vida y los colonos no se lo permitían. Como un presagio de los tiempos modernos de Norteamérica, la vida caminaba de prisa y los hombres no tenían tiempo que perder en aclimatar a otros hombres. Además, el indio no llegó nunca a tener una condición humana digna, al menos así lo pensaban los ingleses. Por otra parte, participar de todos los inconvenientes del trabajo, sin ninguna de las ventajas, no les resultaba práctico y muchos se sublevaban. Cuando los ingleses se dieron cuenta de esta realidad cerraron todo trato con los indios y se convirtieron en sus enemigos. Inglaterra mantuvo esta actitud beligerante hasta el siglo XVIII. En 1762 el cacique otaua Pontiac, aliado con otras tribus vecinas, se lanzó a una guerra sin cuartel contra los fuertes ingleses. Uno tras otro todos fueron claudicando ante la furia indígena, pero al llegar a Detroit y Pitt el poderío inglés consiguió prevalecer. En una agotadora campaña de tres años, Bouquet y Johnson consiguieron dejar fuera de combate a Pontiac y a sus aliados. La rebelión se vence con el asesinato de Pontiac –año de 1769– a la salida de una fiesta. Inglaterra depuso esta actitud cuando necesitó de la colaboración india frente a Francia.
El legado inglés a la joven nación norteamericana, nacida en el tratado de paz del 3 de septiembre de 1783, después de una dura guerra en pro de la independencia, fue un pueblo aborigen en vías de exterminio, enemigo de los blancos, inculto y retrasado como en los tiempos del neolítico, con el que entabló una guerra sangrienta, concluida en 1862.
Las únicas instituciones que legó Inglaterra al Nuevo Mundo fueron la taberna y el sheriff, y en las aguas que bañaban los dominios españoles, la piratería. La taberna y el sheriff eran tan instituciones como el café vienés en la Austria del despotismo ilustrado y de principios de siglo. Del indio nadie quiso saber nada, y cuando algunos más humanitarios se acordaron de él fue para exterminarle. En general, prefirieron sustituirle por esclavos negros. Resultaban más baratos y más eficaces. Cuando en 1863 se abolió la esclavitud, durante la guerra separatista, vivían en Norteamérica cuatro millones de esclavos de origen africano. Sus descendientes son los que hoy no pueden compartir con los blancos el asiento en el mismo autobús o el pupitre en las escuelas. Hoy, como ayer, en el país de la democracia impera el criterio racista.
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El claro contraste que ofrecen la colonización inglesa y la colonización española en el Nuevo Mundo, se basa en la diferencia de juzgar la vida, los hombres y las cosas. Mientras que para un inglés el móvil de sus actos es el fair play (adaptación del jugador al juego, considerado en su conjunto), para un español no hay más motor que el honor, en el sentido calderoniano de «patrimonio del alma». Sin embargo, el fair play requiere abnegación ante el equipo, aunque no la anulación de la [9] persona. Los ingleses actuaron en Norteamérica agrupados en pequeños equipos: los padres peregrinos del Mayflower, que pactaron con los indios a su arribada a Norteamérica –1620–, para poder establecer una colonia; los intolerantes puritanos de la bahía de Massachusetts, compradores de tierras a la Compañía de Plymouth; los cuáqueros de Pensilvania, fundadores de la floreciente Filadelfia; los católicos de Maryland, dirigidos por lord Baltimore, y los regenerados de Oglethorp, fundador de Georgia e introductor de grandes mejoras entre los colonos: prohibición de bebidas alcohólicas. Estos equipos no actuaron con el mismo fair play de un «match» de fútbol o de una elección parlamentaria, pero todo su sacrificio y abnegación se redujo a mejorar las condiciones del conjunto colonial, en detrimento de los pobladores aborígenes. Aquí radica la gran diferencia con la obra de España. Mientras que Inglaterra, Francia y España han hecho América, sólo España vertió su alma en los pueblos descubiertos, aplicando siempre, en constante pugna con los escépticos, los principios cristianos a los problemas que se planteaban en el Nuevo Mundo.
Pereyra asegura que los colonos ingleses tenían dos amores y un odio. Sus dos amores eran la libertad y el trabajo; su odio, el oro y otros metales preciosos. Bien se puede decir, sin incurrir en ningún error histórico, que su odio estaba centrado en las tribus de indios. Se habrían considerado más felices si no hubieran existido éstos.
Cuando Italia conquistó el imperio de Abisinia, se escribieron páginas muy elocuentes, enalteciendo su obra como la «empresa colonial más grande de la Historia». El autor de la feliz frase prefirió olvidar en aquel momento la Historia para no acordarse de España. Nunca un pueblo, excepto el español, creó veinte naciones que proclaman a los cuatro vientos el nombre de España. Son veinte naciones nacidas bajo la tutela española y alimentadas con la tradición cristiana de nuestra raza, lengua y cultura.

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