Federalismo… ¿Pero cómo?

Enfrascados en pleno debate catalán, ha surgido desde algunos partidos la propuesta de reconvertir España en un Estado federal

Carlos Javier Salgado Fuentes, Doctor en Ciencia Política y de la Administración por la USAL

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Enfrascados en pleno debate catalán, ha surgido desde algunos partidos la propuesta de reconvertir España en un Estado federal, como lo son por ejemplo Alemania, Estados Unidos o Suiza. Ante este debate mi cuestionamiento es el siguiente: ¿Se debatirá simplemente, llegado el caso, las competencias que pertenecen al Estado central y a los entes federados? ¿O se ampliará el debate a la reorganización regional del Estado?

Respecto a la primera cuestión, el debate pasará por si el federalismo debe ser simétrico o asimétrico. Es decir, si todas las regiones deben poseer el mismo nivel de competencias o si debe haber, por ejemplo, dos velocidades, con unas regiones (léase País Vasco, Navarra, Cataluña, Canarias, Baleares o Galicia) con un mayor nivel competencial que el resto. Personalmente me cuesta posicionarme en este sentido, ya que, si bien por un lado considero que unas regiones no deben de ser más que otras a nivel competencial, no deja de ser cierto que en la España interior hay una importante masa ciudadana proclive a la recentralización del Estado, es decir, a la devolución de ciertas competencias al Estado central, caso contrario a lo que ocurre en las regiones mencionadas. Por tanto, ante este debate plantearía el siguiente interrogante: ¿Café para todos o sólo para el que pida café?

Respecto al segundo punto mencionado con anterioridad, el de una hipotética reorganización regional del Estado, puede tener tanto o más “jugo” aún, si bien al no tocar directamente a Cataluña parece estar en un segundo plano. Creo que hay varios “puntos calientes” en este ámbito, que tocarían a las siguientes regiones históricas:

1.- Reino de León. Nacido en el año 910 y reorganizado administrativamente tras la creación de las actuales provincias en el siglo XIX en tres provincias (Salamanca, Zamora y León), la Región Leonesa ha estado permanentemente en el mapa regional español desde hace más de un milenio. Y así fue hasta 1983, cuando a los dirigentes de UCD y PSOE se les ocurrió unir esta región histórica con parte de Castilla la Vieja. Este hecho, la eliminación por un acuerdo entre partidos de una región histórica, llega a resultar cómico en palabras del escritor Julio Llamazares, que en 2007 se refirió al asunto en los siguientes términos: “Hasta los 24 años fui leonés, pero un día, cuando me desperté, me dijeron que era castellano-leonés. Lo habían decidido en una cena el día anterior Rodolfo Martín Villa, por la UCD, y Gregorio Peces-Barba, por el PSOE”.

En todo caso, ¿Cuál fue la razón esgrimida para eliminar del mapa al Reino de León? De los dos principales signatarios, Martín Villa alegó “razones de Estado”, mientras que Peces Barba se fue de este mundo sin dar una razón al respecto. Es inevitable llegado a este punto recordar las palabras que en 1994 escribió quien fuera presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente (asesinado por ETA en 1996), respecto al caso leonés: “intereses partidarios, caciquismos locales y provinciales, equilibrios electorales y repartos de zonas de influencia, fueron claves de un presente político apresurado y frívolo en ocasiones. Es muy posible por lo que a León (reino leonés, país leonés) se refiere, que su inserción en la actual comunidad fuera un error y no sólo acaso por razones historicistas.”

Desde luego, aunque las razones historicistas tendrían un gran peso, siempre queda retrotraerse al dicho de que el tiempo da y quita razones, y en el caso regional leonés su evolución económica dentro de la autonomía de Castilla y León no invita precisamente a hablar de un acierto con su nueva adscripción territorial. Si a ello añadimos que el Reino de León ha estado reconocido como región hasta hace apenas 32 años, el planteamiento de una España federal no debería desaprovechar la oportunidad para debatir a fondo qué hacer con el Reino de León, si deshacer el agravio que supuso dicha decisión y recuperarlo como región para el mapa español, dar la oportunidad a los leoneses de decidir qué pasa con su región, o simplemente seguir manteniéndolo como un insulso sufijo de un ente territorial más amplio.

2.- Castilla. Muchas veces hemos oído hablar de “las dos Castillas”, y aunque actualmente con esta expresión pretenden referirse a dos autonomías, tradicionalmente ha tenido cobijo refiriéndose a Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. En el primer caso, el de “la Vieja”, se trataría del territorio heredero del antiguo Reino de Castilla, osease, de la región histórica formada por Ávila, Burgos, Palencia, Segovia, Soria, Valladolid y las actuales Cantabria y La Rioja. Es difícil explicar por qué esta región no accedió a tener una autonomía propia, y se le juntó sin consulta alguna con el antiguo Reino de León en 1983. Bueno, se le juntó en parte, porque Cantabria y La Rioja no quisieron saber nada de un híbrido birregional y montaron sus propias autonomías, otra de las sorpresas que tenía reservadas el proceso autonómico en su empeño por dar patadas a la historia regional española.

Pero si esto ocurrió con Castilla la Vieja, ¿Qué no iba a pasar con la Nueva? Pues tres cuartos de lo mismo. De Castilla la Nueva, que tiene sus orígenes en el medieval Reino de Toledo, se sacó a Madrid en la Transición y se introdujo a Albacete (hasta entonces murciana debido a la raigambre histórica de buena parte de su provincia, integrada desde fechas medievales en el Reino de Murcia), para formar una autonomía cuyo nombre es, de por sí, difícil de entender: Castilla-La Mancha. Y es que si en el caso de Castilla y León la conjunción copulativa “y” nos indica que hay dos partes que la forman (léase “Castilla”: Ávila, Burgos, Palencia, Segovia, Soria y Valladolid; y “León”: León, Salamanca, Zamora), en el caso de Castilla-La Mancha, ¿Cómo se puede interpretar ese nombre? ¿Qué quiere decir? Al no haber una conjunción copulativa qué significa. ¿Es todo Castilla? ¿Es todo La Mancha? ¿O es todo ambas cosas? Desde luego que a alguien de Guadalajara, de la Alcarria, nadie podría tildarle de manchego (pues La Mancha le queda 100 kms al sur), aunque sí de castellano, un paisano de Ciudad Real sería ambas cosas pero, en el lado opuesto, alguien de Hellín no sería ni castellano ni manchego. Curioso y paradójico. No sé a quién se le ocurrió la maravillosa idea de dar tanto ese nombre como esa extensión geográfica a Castilla-La Mancha pero, sin lugar a dudas, se cubrió de gloria. Deberían darle un premio en forma de dos libros, uno de las regiones históricas de España, y otro de las comarcas naturales de la Submeseta Sur.

El planteamiento, en todo caso, respecto a Castilla debería girar en torno a varias cuestiones: ¿Deben reintegrarse Cantabria y La Rioja en Castilla la Vieja? ¿Ha de recuperarse Castilla la Vieja para el mapa regional español? ¿Ha de reintegrarse Madrid en Castilla la Nueva? ¿Qué hacer con Albacete? Y sobre todo, ¿Han de unirse Castilla la Vieja y Castilla la Nueva en un único ente federado castellano?

3.- Navarra. Toda una patata caliente, más ardiente cuanto más al norte subes en el mapa navarro. Los orígenes de Navarra se sitúan en el Reino de Pamplona constituido en el siglo IX, reconvertido nominalmente después en Reino de Navarra. La cuestión en este caso es si Navarra ha de unirse al País Vasco (posibilidad que recoge la Constitución en la Disposición Transitoria Cuarta) o debe seguir separado. Desde el punto de vista histórico la cosa no deja lugar a dudas, con más de once centurias de existencia navarra como reino o región parece absurdo cuestionarse borrarlo del mapa. Pero es más, el Reino de Navarra llegó a albergar en su seno en algunos momentos de la Alta Edad Media a los territorios ahora vascos, por lo que, en todo caso, debería ser el País Vasco el que se reintegrase en Navarra, al fin y al cabo, la principal cuestión que alegan, la lingüística, gira en torno a un idioma, el vascuence o euskera, que en la documentación medieval se llega a denominar “lingua navarrorum”, por lo que, si se pretende una unión de vascos y navarros, ésta debería pasar por la integración de la comunidad vasca en la de Navarra, nunca al contrario.

4.- Andalucía. Otra cuestión que planea en el aire, aunque no se percibe demasiado salvo si se viaja a Almería. Se trata de la concepción que existe en parte del oriente de Andalucía de que ha de reconstituirse el Reino de Granada como ente administrativo, al margen del resto de Andalucía. Las historia podría tanto dar como quitar razones en este sentido. Es obvio para quien consulte documentación histórica que el concepto de Andalucía se ha empleado desde el siglo XIII hasta el XIX para referirse no a todo el conjunto de lo que hoy conocemos como Andalucía, sino a las provincias de Cádiz, Córdoba, Huelva, Jaén y Sevilla, osease, los antiguos reinos musulmanes de Sevilla, Córdoba y Jaén, reconquistados en el siglo XIII por Fernando III. Al margen quedaba el Reino de Granada, que estaría formado por las actuales Almería, Granada y Málaga, y que llegó vivo hasta la división provincial/regional de 1833, cuando se integraron por decreto en Andalucía. ¿Demasiado tiempo para dar marcha atrás? ¿O hay necesidad actualmente de restituir un agravio realizado con el reino granadino en el siglo XIX? Desde luego, no debería descartarse este debate a priori, pues si se trata de acercar la administración al ciudadano, a ver quien le argumenta a un almeriense que debe hacer sus trámites autonómicos en Sevilla (a más de 400 kms), pudiendo hacerlo en Granada…

De esta manera, quedando aún cosas en el tintero (pues se podría ampliar el debate a la posibilidad de crear una cuarta provincia leonesa, El Bierzo, u otra murciana, Cartagena, a lo que podrían añadirse los eternos debates sobre los territorios enclavados, como Treviño, Roales de Campos o el Valle de Villaverde) se puede observar que hay mucho que debatir en materia regional en España y, de cara a racionalizar nuestro Estado al máximo (sin olvidar nuestro pasado regional), si se pretende elegir la opción federal para el futuro, quizá haya que aprovechar para debatir todas estas cuestiones que siguen en el aire y, de este modo, deshacer los problemas creados por antiguas decisiones más que cuestionables pues, como decía Confucio, “el hombre que ha cometido un error y no lo corrige, comete otro error mayor. No son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino.” Así pues, si el federalismo abre el melón de la revisión del Estado, aprovechemos para cerrar las cuestiones pendientes, y luego comámonos todos juntos el melón en fraterna unión, y a poder ser en la misma mesa.

Hispanista revivido.