Feito y Cabezón

La última vez que visité la ferretería habanera, hará más de treinta años, me pareció muy grande. Diría que inmensa. Supongo que fuera porque los estantes estaban casi completamente vacíos.

Siempre me hizo gracia el nombre de aquella famosa ferretería, Feito y Cabezón, situada en la calle Reina, creo que esquina con Lealtad, en La Habana. Ese nombre tan sugestivo lo hacía a uno imaginarse que el antiguo dueño del negocio no sería un adonis, pero era por lo menos simpático. Un tipo con tal sentido del humor que era capaz de reírse de ser feo con la agravante de macrocefalia.

Eso me creía yo hasta que un día me enteré de que no se trataba de un solo dueño. En realidad eran dos socios: uno apellidado Cabezón y el otro apellidado Feito. Este último apellido es bastante usual en Asturias y se pronuncia ‘fei-to’, aunque en Cuba, claro, todo el mundo decía Feíto, con el acento en la i, por lo que parecía más un apodo que un apellido.

La última vez que visité la ferretería habanera, hará más de treinta años, me pareció muy grande. Diría que inmensa. Supongo que fuera porque los estantes estaban casi completamente vacíos y eso agigantaba las dimensiones. O así lo veo a la distancia y con el paso del tiempo. Sin embargo, tenían el cable eléctrico que andaba buscando. Lo revisé y noté que había más de un metro de cable pelado.

“Son los ratones que se comen el revestimiento”, me explicó sonriente el ferretero, al tiempo que me reponía la mercancía estropeada. Era un señor bastante amable para ser dependiente del Mincín. Se notaba que era un empleado de los de antes. Todo hay que decirlo.

Ese día, mira tú por dónde, comprendí de manera empírica el origen de dos dichos cubanos usados en el habla coloquial para referirse a una mala racha económica: (1) “estarse comiendo un cable” y (2) “pasar más hambre que un ratón de ferretería”. Gracias, Feito y Cabezón, por alumbrarme con el cable pelado.