París, 3 de octubre de 2016.

Querida Ofelia:

Te mando esta crónica  que me envió desde La Ciudad del Sol su autora,  la Sra. Marta Requeiro Dueñas.

“Miami, 29 de septiembre de 2016.

Hace más de un mes Fidel cumplió 90 años. Veo hoy su foto en las noticias y se aprecia decrépito, con aspecto indefenso. Convertido en un anciano que merece piedad, compasión y cuidado. Me pongo a pensar que de no haber sido tan testarudo, tan cerrado con sus ideas políticas, si hubiese tenido una forma de mandato más tolerante en todos los sentidos las cosas hubieran sido diferentes. Quizás no nos hubiésemos tenido que ir de Cuba. Habríamos vivido cerca de la familia, crecido junto a los amigos de la infancia. No hubiera tantos muertos que lamentar en el fondo del mar, después de haber perdido sus vidas en una fallida travesía intentando llegar a estas tierras del norte. La historia de muchos, e incluso del mundo, se habría contado y escrito de otra manera. Los conflictos fronterizos con los cubanos amontonados en países de Centroamérica, varados y hacinados esperando una oportunidad o un dictamen favorable para su situación, los asesinados por los llamados “Coyotes” sería algo inimaginable.

El 8 de enero del 2015 se dijo que Fidel había muerto. Se pensaba que había ocurrido días atrás, y que lo habían estado ocultando por algún asunto coyuntural existente en el tapete político –siempre tenso- entre los Estados Unidos y Cuba. El ruido noticioso a través de las redes sociales evidenciaba que algo pasaba. Tal vez es la idea, que nos venimos haciendo, de que esa noticia puede llegar a ser real en cualquier momento, dada la frágil salud que presenta el comandante hace ya bastante tiempo.

Cierto era que hacía mucho rato no salía en la tele y no se hablaba de él en ningún medio de comunicación, esta realidad hacía el hecho más creíble. Recuerdo que llegó a escucharse el rumor del fallecimiento de uno de los dos hermanos Castros. ¡¿Podía entonces ser Raúl?! Era la interrogante que nos hacíamos.

Hacía años, en Cuba, un amigo babalawo nos dijo a mi esposo y a mí, sentados en el portal de la casa, mientras conversábamos de la situación del país, que el hermano menor se iba primero. No sabemos en qué se basó para tal afirmación, si fue un “déjà vu“, o un susurro al oído por parte de sus “prendas” o sus fuentes religiosas, pero teniendo en cuenta la seriedad de sus palabras y la labor de adivinación con la que se ganaba la vida, entre algún que otro negocio o bisnecito, llegamos a creerle.

Pero ese día de enero, no cabía dudas: ¡Algo estaba pasando! Sólo la idea de pensar que fuera cierto hizo que experimentara una sensación extraña, de paz y cansancio al mismo tiempo.

Pasó por mi mente toda mi vida en un flash: Las levantadas temprano para coger la guagua que nos llevaría a formar parte del incontable número de personas concentradas en La Plaza de la Revolución, que entonaríamos los himnos comunistas bajo el sol y arengaríamos por aguantar el bloqueo y en contra del imperialismo, para luego escuchar aquellos discursos interminable plagados de frases llamando a la resistencia, al odio. Aquellas, las mismas de siempre, una y mil veces repetidas.

Recordé la niñez con tres juguetes normados al año: el básico, el no básico y el adicional. Las noches sin dormir esperando para cuando “cantaran” los números de la lista estar ahí y no perder el turno, aspirando a coger de los mejores lugares al momento de la compra, siempre guiados por el papel que pegaban en la puerta del Seccional de los CDR (Comité de Defensa de la Revolución) de la localidad, donde se apreciaba la cantidad de juguetes que había en existencia y por la que uno podía ir guiándose para saber a cuales aspirar con antelación. ¡Qué difícil cuando se quería una bicicleta o una muñeca Dunia, aquellas que venían con un pomo de leche, y el número que nos correspondía era más alto que la cantidad existente de estos anhelados juguetes!

Me abstraje y recordé cuando marchaba en el patio de la ESBEC, en la Isla de la juventud, aún con el frío de la madrugada, faltando horas para amanecer, cantando el himno nacional y luciendo orgullosa el uniforme azul, todo por aspirar al carnet de Joven Comunista. Del desyerbe de los surcos en los campos de cítricos bajo el abrazante sol. De los pases de cuatro días a la casa, por cada veintiocho en la escuela, de los que perdíamos casi uno entre las más de doce horas de viaje en el Ferry, para cumplir los trayectos de ida y regreso entre Batabanó y La Habana. Experimenté, en forma vaga, aquella sensación de orgullo de cuando me otorgaron el anhelado carnet de la organización juvenil, reviví en mi imaginación los vítores y aplausos en el polígono de formación de la escuela y hasta creí sentir el olor a nuevo del documento.

Recordé como fue comer como en bandejas de metal: pescados con ojos y escamas, arroz con gusano, frijoles aguados y masarreales y otros dulces conservados y manipulados con dudosa higiene. La maleta de madera con candado, colocada a la cabecera de la litera en que dormía echando siempre de menos la casa.

Las noches de guardia en los CDR, las caldosas de los 26 de julio, y los 28 de septiembre amenizados por la canción “En cada cuadra un comité”. La chivatería del vecino “imperfecto”, del dirigente “cuadrado”. Las guaguas que no pasaban nunca, o no paraban porque ya venían llenas. Las colas para adquirirlo todo siempre por la libreta, los cinco huevos por persona al mes, las tres libras de arroz, un pan por día, el café mezclado con chícharos, el cuarto de litro de aceite por persona, al mes, que parecía aceite de camión. La contradictoria cola para el pescado en un pueblo de pescadores donde, además, estaba vedada la pesca de muchas especies. De esa misma agobiante cola para adquirir la masa cárnica o el picadillo de soya, apestado de las moscas y la falta de frío al momento de comprarlo. De los apagones en noches de extenuante calor, o mejor dicho los alumbrones, porque pasábamos más tiempo sin energía eléctrica. De tener que cargar el agua en baldes, desde el patio, para hacer las cosas de la casa por no haber agua corriente en las tuberías, o de tener que sobornar al chofer de la pipa para adquirir el preciado líquido.

Evoco la tristeza por la separación de mis seres queridos cuando partí de Cuba. La siento igual ahora tras tantos años de exilio forzado por desacuerdo de toda índole. La muerte se llevó a muchos de los que, pensé, volvería a ver sin darles la posibilidad de ver a Cuba liberada.

Mi padre creyó también en ese gobierno y nos lo inculcó. Llegó a ser trabajador “moncadista”, esforzado y de los mejores. Partió hace años del mundo de los vivos. No sé si habría pensado igual tocándole vivir lo que a nosotros o si, como a muchos, se le hubiera ido la fe. La vida lo abandonó de súbito con cuarenta y dos años. Los que quedábamos fuimos cansándonos de a poco de ese constante afán por sobrevivir, desengañados, disidimos dejar la tierra que nos vio nacer y emigrar.

Eso sí, algo ha quedado demostrado: una cosa predican esos gobernantes, y otra muy distinta hacen. Cincuenta y seis años de poder es demasiado. ¡Más que suficiente!, para destruir el país y enriquecerse; quitándonos lo más preciado: la libertad.

Tanta devoción sin ver que íbamos camino al abismo. Dios quiera que no se repita la historia de nuestra tierra en ningún otro sitio del planeta.

Aquella noticia que corría por las redes sociales el 8 de Enero del 2015, fue falsa. No es que desee la muerte de nadie pero me llené de ilusión pensando en un cambio en mi terruño querido. Creo en los métodos pacíficos para hallar la democracia y vivir en armonía, sin tener que usar métodos represivos como lo ha hecho el gobierno de la isla por tantos años. Anhelo con intensidad la libertad de Cuba. De sólo pensar que al régimen le queden muchos años en el poder, que el país se deteriore más, y sus familias se sigan desmembrando: Tiemblo.”  Marta Requeiro Dueñas

Doña Marta Requeiro Dueñas creó dos blogs en los que publica sus trabajos, narrativos y poéticos:

martarequeiro.blogspot.com  y   www.facebook.com/martarequeiro

Un abrazo con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

 

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