Fijación con el Che

 

Qué fijación tienen los cubanos con el Che Guevara. No se acaban de enterar de que ese atorrante la palmó en 1967. Hace ya la carajera de 50 años. Que son más de dos generaciones naturales. O tres generaciones, si las contamos de a quince años, como hacen algunos estudiosos.

El Che se fue directo al infierno en 1967, tal día como hoy, pero los cubanos no dejan de resucitarlo todos los días. ¿Que se haya convertido en un mito? Yo me cisco en los mitos y en toda la mitología castrista. ¿Que si tal cantante se puso una camiseta del bastardo? Pues se toma nota, pero no se le da mucha bola. La chemanía que pulula en Occidente no es el problema, ni cabrearse con ella es la solución. Podrá molestar, pero es pura frivolidad inofensiva.

Por otro lado, ver al famoso guerrillero reducido a la dimensión nula de un llaverito o un calzoncillo pop no debe producirnos alergia sino alegría. Peor me cae que analistas y columnistas cubanos, de la oposición y el exilio, sigan hurgando en el guevarismo delirante de los sesenta, que en definitiva no era más que el fidelismo del momento. El martilleo y la caña dura del comentarista no deben ir contra el argentino desalmado ni contra el comandante en polvo. Es al hermanoide al que hay que machacar sin tregua ni cuartel.

No subestimemos a Raúl Castro. No será brillante, pero es astuto y taimado. O sea, un grandísimo HP. No lo infravaloremos. Es él el que está al mando. Él con su equipo de herederos ya posicionados en cargos clave con vistas a la sucesión familiar. Es él quien ha obtenido una legitimación mundial que jamás soñara el hermano mayor. Es a él a quien debemos enfilar toda nuestra artillería dialéctica.

¡Abajo Raúl!, la China de los Ojos Tristes, como lo llamó antes del 59 el comunicador Otto Meruelos. Al carajo Raúl y todos los Castro. Fuera de Cuba, cabrones.