«El abra del Yumurí», de Frederick de Armas, recrea la Cuba previa a la Revolución castrista

Frederick de Armas (1945), profesor norteamericano nacido en Cuba, se estrena en la novela con esta magnífica recreación de unos apuntes manuscritos que le dejó su madre, Ana Galdós, cubana de prestigiosos antecedentes literarios canarios. En pocas obras que he leído laten con igual fuerza los ambientes y atmósferas previos a la Revolución castrista, situación que adviene en la última página de la novela. La trama está toda ella centrada en los últimas días de 1958 y en la alta burguesía isleña.

Podría decirse que en esta novela se cruzan dos influencias o estilos. Por un lado, el europeo de la novela social del XIX, que bien podría ser galdosiano, pero que me ha recordado al Iván Turguénev de «En vísperas», novela asimismo premonitoria y de fin de época. Por otro, está presente la influencia del cubano Alejo Carpentier, cuyas voluptuosas descripciones de paisaje o atmósferas han podido influir en memorables pasajes de la novela, como la que describe el abra (desfiladero hacia la desembocadura) del río Yumurí, en Matanzas. De Armas ha tenido especial cuidado en el retrato de la brillante vida social de una burguesía de fiestas en clubes y «cocktails», o en las tramas de corrupción urdidas en los fastuosos salones privados del Habana Hilton.

Ellas dominan

Aunque hay momentos satíricos, como los dedicados a las tres canasteras que parecen las brujas de «Macbeth», y otros irónicos, tiene cuidado en evitar la maniquea perspectiva, tan común en los novelistas, de buenos y malos. Los personajes más destacados son los femeninos; podría casi decirse que es una novela en la que ellas dominan. Casi nunca con figuras esperables. En esa burguesía ociosa están la Condesa, cuyas relaciones eróticas con su joven mayordomo parecen sacadas de otra época, y Felicia, inteligente urdidora de relaciones sociales y económicas.

Sobresale el retrato de la brillante vida social de una burguesía en fiestas y «cocktails

Hay un grupo de mujeres muy interesantes. La protagonista, Carolina, y su amiga francesa Paule. También destaca Odette, la amante de Paule, quien es simpatizante de la revolución de los llamados barbudos, cuya presencia amenazadora saben todos va a acabar triunfando, pues tienen ya tomada parte de la isla desde Sierra Maestra y los norteamericanos dejarán caer a Batista.

Del lado masculino sobresalen tres figuras de carácter siniestro: el Comandante, jefe del espionaje de la isla; el campesino conocido como el Tiburón, que ya traduce el horror en su propia fisonomía; y Lamerens, un extravangante anticuario de Matanzas con el que Carolina mantiene una relación erótica.

Leyendas de muerte

Aunque la novela sostiene una leve trama de asesinatos de mujeres, no es lo más importante. La narración va a quedar en el recuerdo de los lectores debido a lo bien trazada que está su intensidad evocadora, tanto en el caso de los amenazadores movimientos subterráneos de unos y otros como, sobre todo, por un elemento voluntariamente impreciso de irracionalidad fundido con la exuberancia de un paisaje agreste, en el que van ganando presencia leyendas de muerte que actúan como poderosas metonimias del inexorable final trágico.

Una Habana burguesa de hábitos franceses y que se sabe anacrónica acabará siendo devorada, quizá por ella misma; también por fuerzas latentes en las que siniestros personajes buscan su oportunidad. Entretanto, unas mujeres de talante libre y nada convencional quieren comprender, un momento antes de que la Historia las arrastre.

 

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