Fracaso del Requerimiento

España debía penetrar en los poblados indígenas, conocer sus ancestrales y bárbaras costumbres para ofrecerles después un cambio de vida

Una empresa arriesgada

Cuando en la risueña mañana del 25 de septiembre de 1493 Colón inició su segundo viaje a las Indias, con doce carabelas y tres naos, los Reyes Católicos tenían conciencia clara de la empresa que llevaban entre manos. Saben que se ha abierto ante los horizontes dilatados del alma castellana un nuevo país, inculto y salvaje, pero rico en promesas. A partir de entonces, dirimida la contienda con el último reducto moruno de Granada, no tendrán mayor preocupación que engrandecer sus reinos, dando a las nuevas tierras descubiertas el sello de lo español. Los indios, con todos sus defectos e inconvenientes, son sus vasallos. Las bulas lo acreditan y se aceleran los preparativos, porque en Castilla se teme que Juan II de Portugal les tome la delantera. Con las bulas Inter coetera Dudum siquidem, otorgadas por Alejandro VI, y gestionadas por Bernardino de Carvajal, obispo de Badajoz, y por Juan Ruiz de Medina, obispo de Astorga, están seguros de que las islas y las tierras no ocupadas por príncipes cristianos les pertenecen a ellos.
El entusiasmo del descubrimiento y la grandeza de alma de nuestros reyes no permitieron prever las dificultades [10] enormes que surgirían en la pacificación de América. Colón y los primeros navegantes del Nuevo Mundo no hicieron más que asomarse a una pequeña ventana de aquel mar de confusión que constituían las tierras y los hombres de Indias. Fray Domingo de Betanzos, en una carta dirigida al Consejo de Indias, resumía el panorama con las siguientes palabras: «Todas las cosas de aquestos indios son un abismo de confusión, lleno de mil cataratas, del cual salen mil confusiones e inconvenientes.»
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Desde los primeros tiempos el conquistador tuvo que plantearse el siguiente dilema: o perder o quitar la vida. El carácter indio y su modo habitual de vida no permitían una conquista por medios pacíficos. España lo intentó con el famoso Requerimiento, redactado por el jurisconsulto Palacios Rubios. La salida de la magna expedición de Ovando se retrasó porque el documento aún no estaba escrito. A pesar del esfuerzo jurídico y de la buena voluntad de las autoridades, el indio no aceptó una fórmula ideada en un país extraño en un principio para él –España–. En aquel documento se le decía que adorara al único Dios existente y que prestara vasallaje a unos reyes que habían recibido sus tierras, las propias tierras de los indios, por voluntad expresa del Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra y señor de lo temporal y de lo espiritual. El Requerimiento, en la mayor parte de América, fue un fracaso previsible, pero imprevisto. La cultura de los habitantes del Nuevo Mundo no estaba, ni mucho menos, a la altura de los aztecas, de los incas o de los mismos chibehas. Por esta razón España se tuvo que enfrentar con culturas e inculturas milenarias, en estado de letargo, desconocidas de todo el mundo. Debía penetrar en los poblados indígenas, conocer sus ancestrales y bárbaras costumbres para ofrecerles después un cambio de vida.
La penetración no siempre se consiguió por igual. Los primeros contactos se desarrollaron en forma de lucha. Vencería el más poderoso, y desde Cuba hasta Paraguay, en las Antillas, en Méjico, en Perú y en Chile, vencedores y vencidos extremaron sus recursos militares y sus fuerzas. El español llevaba la desventaja numérica y el indígena la cualitativa. Sin embargo, el carácter indómito del indígena consiguió destruir bastantes ciudades: Valdivia, la Imperial, Angol, Santa Cruz, Chillán y la Concepción. Los vencedores entraban en los poblados acuchillando a diestro y siniestro. Las mujeres y los niños, maniatados como vulgares malhechores, sufrieron las consecuencias de la guerra. Durante muchos años los araucanos fueron los «aucas» –enemigos– de los españoles. Y mientras el guerrero se esforzaba en dominarlos, el colonizador levantaba ciudades donde convivían por igual unos y otros. En la península los desconocedores de algunas costumbres americanas, como la de celebrar los triunfos con fiestas en las que se exhibían públicamente las cabezas de los cristianos muertos, alzaban mil voces en defensa del indio. Su propósito era sincero, aunque de Pirineos para afuera desacreditaran la causa española. Por eso, el Consejo de Indias atendió sus demandas, por encargo de los reyes.

Hispanista revivido.