Su asesinato fue consecuencia de una traición de Vilma Espín propiciada por Fidel Castro

A continuación les traigo una historia novelada de la vida de Frank Isaac País García, donde intento describir  el devenir del héroe del Llano y  jefe nacional de acción del Movimiento 26 de Julio. Un hombre de profundas convicciones morales que apoyó otro tipo de Revolución, y cayó fulminantemente asesinado por las tropas del tirano Batista en Santiago de Cuba, no se puede saber si este hombre hubiera vivido cual habría sido el devenir de la Revolución cubana.

Frank era un espíritu libre, de profundas convicciones religiosas y democráticas, su prestigio y su carisma ganado a pulso le hacía sombra a Fidel en el Llano, y con casi total seguridad no hubiera apoyado el giro de la revolución. Junto a él hay otros hombres de peso en la Revolución que jamás deberán ser olvidados y que entregaron su vida por una causa justa.

Nació en Santiago de Cuba, un viernes  7 de Diciembre de 1934,  descendiente de gallegos, sus padres eran don Francisco, respetado reverendo de la Iglesia bautista, y doña Rosario. Tenía tres hermanos, Sara producto de su primer matrimonio, Josué y Agustín de su segundo matrimonio cuando su padre ya era mayor. Su padre murió cuando él tenía cinco años,  el 29 de octubre de 1939 a los 77 años, su madre desde la tierna infancia le inculcó ideas cristianas, a las que nunca renunció. Su juventud fue difícil, su madre quedó viuda con solo 39 años  recibiendo una cantidad de pesos con la muerte de su esposo,  con los que compró dos viejas casas que restauró y que posteriormente alquiló, viviendo de estas pequeñas rentas y las ayudas que le proporcionaba la iglesia para sacar adelante  a sus hijos.

La madre tuvo que aprender a administrar los escasos recursos de que disponían. Desde jóvenes sus hijos tuvieron que aprender  el valor del dinero y la lucha y el esfuerzo para conseguir las metas que pretendían alcanzar en la vida. La madre enseñó a sus hijos que en aquellas circunstancias un peso tenía valor, y habían de cuidar mucho cómo gastaban los pocos que llegaban a sus bolsillos. Estas circunstancia  conformaron  el carácter del joven héroe revolucionario, que aparte de ser  poeta, romántico y aventurero, era un idealista dispuesto a dejar su vida en aquello en lo que creía justo y concebir una nación donde la corrupción no tuviera cabida.  Creció  con las ideas de Martí y Maceo con las que conformó su sueño de lo que debería ser la futura Cuba.

Frank desde pequeño había brillado por sus dotes intelectuales, de hecho el director del Instituto donde Frank estudiaba, de apellido Piferrer, fue a ver a su hermana Sara, que por aquellos momentos vivía en La Habana,  para comunicarle: “Hay que ir pensando en lo que se va a hacer con Frank, ese niño es algo muy especial, es un superdotado”.

Creía firmemente que la única forma de que el país saliera adelante era derrocar al tirano Batista, instaurar un sistema democrático donde la corrupción y el nepotismo no tuvieran cabida. Una vez triunfara la Revolución, se debían convocar  unas elecciones democráticas y  los pilares de la futura República vendrían determinados por la división de poderes, el Estado de derecho y la libertad de prensa, así como el respeto a la dignidad de la persona.

Comenzó la carrera de arquitectura, pero dejó sus estudios para ingresar en la Escuela Normal de Magisterio de Oriente, donde era uno de los principales cabecillas de la Asociación de Estudiantes. Como miembro del Bloque Revolucionario Estudiantil Normalista (bren), constituyó la Federación Local de Centros de Segunda Enseñanza y participó en el Directorio Estudiantil Revolucionario.

Frank necesitaba dinero para subsistir, por ello  se dirige al pastor de la iglesia Bautista, Agustín González, hijo espiritual de Francisco País y muy amigo de la familia. Corría el año 1954 cuando este  le ofrece un empleo como maestro de enseñanza primaria en el colegio El Salvador, regentado por la Iglesia bautista. El sueldo era escaso, porque los ingresos no daban para más, pero a partir de entonces a Frank le encanta la enseñanza y ve una oportunidad de satisfacer sus deseos de trasladar a aquel alumnado la vida y obra de Martí al que tanto admira, donde destacó por su defensa a ultranza de las ideas nacionalistas, democráticas y cristianas.

Los líderes revolucionarios reunidos en México acuerdan  nombrar a Frank País Jefe Nacional de Acción del 26 de Julio, confiriéndole atribuciones prácticamente ilimitadas para la organización de la lucha en todo el país, Frank se siente pletórico,  al fin  ha alcanzado la cumbre de su carrera como revolucionario.

Frank era feliz,  el amor había llegado a su vida con una preciosa joven  de nombre  América Dormitro, nacida en Guanabacoa, La Habana, el 23 de noviembre de 1935, hija de los  inmigrantes ucranianos Iván Dormitro y Efrosina Terlebauka,  una mujer de un preciosa cabello rubio, con una preciosa figura, de piel muy blanca, ojos azules, que además reunía las cualidades de ser fina, elegante y educada. América reunía además la condición de ser una  revolucionaria honesta que compartía los ideales de Frank.

Una tarde Frank  se encontraba en Santiago de Cuba, en casa de su novia, en la calle de Clarín, donde había acudido para visitarla, como hacía con frecuencia. A  Frank le encantaba tocar el piano   y decidió interpretarle una pieza de Chopin mientras su novia, profundamente enamorada de él, lo miraba embelesada.

Cuando acabó su interpretación se dirigió hacia ella, y le dijo:

–Si supieras cuánto me gusta impartir clases de historia de Cuba en la escuela. Los niños de cuarto grado reciben ávidamente las lecciones que doy, sobre todo cuando hablo del apóstol Martí. El tiempo se me hace realmente corto mientras imparto la lecciones, soy feliz con mi profesión; por eso me pregunto muchas veces qué me ha llevado a convertirme en revolucionario y a poner en peligro la vida de mi hermano Josué y de muchos amigos como Menelao Mora, cuando podría vivir tranquilo como maestro y no implicarme en la lucha por un país mejor. Pero cuando me hago esta pregunta, automáticamente me respondo desde  mi interior, que mis fuertes convicciones cristianas me llevan necesariamente a involucrarme en la mejora de esta sociedad corrupta gobernada por un tirano como Batista, que maneja los fondos que todos los cubanos le hemos confiado, desviando una parte importante de ellos a sus turbios negocios, persiguiendo y masacrando a aquel que osa hacerle frente. Creo que el futuro está en nuestras manos, que tenemos la posibilidad de cambiarlo y voy a dejarme la vida en ello si fuera necesario.

–Mira, Frank,  te quiero muchísimo –repuso ella–, y realmente te quiero porque jamás he conocido una persona con una integridad moral y una inteligencia como la tuya; no me cabe la menor duda de que tú eres la única persona capaz de llevar el liderazgo que cambie para siempre el destino de este país. Has nacido para mandar, pero mandar con una justicia fuera de toda duda. Este país y las generaciones venideras precisan conseguir una sociedad limpia de la losa de la corrupción que en estos momentos nos abate. Es por ello que en este preciso instante en que las causas justas aparecen aparcadas y el desánimo cunde entre todos nosotros al ver el futuro como un túnel oscuro, tenerte junto a mí me da las fuerzas necesarias para poder seguir adelante. Espero que el Movimiento Veintiséis de Julio, lleve a esta joven República a ser un país digno, dentro de las corrientes políticas de nuestro tiempo, que seamos capaces de barrer el sistema colonialista americano y que Cuba sea una nación soberana, donde se respeten los valores de nuestra idiosincrasia como pueblo y las tradiciones cristianas heredadas de nuestros antepasados.

Aspiro a que la política sea limpia y a que nuestros dirigentes se muevan por vocación de servicio público y no se vendan a oscuros intereses extranjeros como la Mafia americana, que sin duda prostituye nuestras tradiciones para satisfacer sus propios intereses y los de nuestros políticos corruptos. Quiero un país con vocación cristiana, en donde no se reproduzcan las desigualdades que actualmente imperan; en definitiva, quiero derrocar a la dictadura y devolver la libertad y la seguridad a nuestro pueblo para siempre. Ya verás que esta batalla contra la tiranía de Batista se ganará y algún día recordaremos estas palabras.

–Pero a veces estoy confundido –contestó Frank–, pues me veo como un político con vocación de militar y como un militar con vocación de político, pero simplemente soy un ciudadano que quiere que las cosas cambien, y lo que tengo claro es que las palabras disciplina, organización, civismo y libertad tienen un valor sagrado.

–Yo creo que no estás confundido,  eres un hombre con una vocación de servicio público y entrega a los demás digna de admirar, y una vez que consigas lo que persigues, te retirarás de la primera línea y podrás seguir impartiendo la docencia que es lo que realmente te gusta.

–En el Movimiento existen distintas tendencias, pero me preocupa el alzamiento que pretendemos desarrollar el 30 de noviembre en Santiago para apoyar el desembarco de Fidel. Nos vamos a reunir en el central azucarero Ermita y en otros lugares para manifestar nuestro apoyo a los tripulantes del Granma. Te diré una cosa: aunque apoyo a muerte al Veintiséis de Julio, no tengo clara la posición de Fidel, el Che y Raúl. Me preocupa que estemos apoyando a una persona que de momento no se define con ninguna ideología abiertamente. ¿No será que nos tienen a todos engañados y cuando lleguen al poder se repita la historia de la tiranía de Batista?

–No te preocupes, en el Movimiento todos propugnan unas elecciones libres, y que los políticos recuperen su credibilidad ante la ciudadanía.

–El día 30 de noviembre me preocupa. Les he encargado a Léster Rodríguez y a mi hermano Josué que la revuelta comience con un ataque con mortero sobre el cuartel Moncada. No sé, pero tengo el presentimiento de que las cosas no van a salir como se han planeado. Regresan a  mi mente una y otra vez las imágenes del Moncada de hace unos años,  tengo miedo de que la historia se repita y, sobre todo, de que haya gente que pueda perder la vida a cambio de nada.

–No te preocupes, eso no sucederá, las cosas saldrán como las has planeado y dentro de poco estaremos celebrando el triunfo que tanto se nos ha resistido.

La noche del 29 de noviembre fue un cúmulo de nervios para Frank,  en  la mañana siguiente tenía depositadas grandes esperanzas en el triunfo de la revolución se produjera, él era el responsable de que así fuera, pues era el líder del Movimiento 26 de Julio. El día en que comenzaron las operaciones, Josué y Léster Rodríguez se dirigían a pie al cuartel Moncada y a la altura de la esquina del instituto de segunda enseñanza pasó un sargento que los conocía perfectamente y procedió a detenerlos e incautarse de las armas. Mientras tanto, Frank –que se puso como nombre de guerra Salvador– se estaba desesperando al no oír el estallido del mortero, que daba comienzo a la acción. Pepito Tey, compañero de Frank, estaba igual de nervioso y decidió llamar a María Antonia Figueroa, destacada activista del Movimiento y conocida como la Doctora, a la que le dijo: «Dígale a Salvador que llegó el momento». Cuando la Doctora se lo comunicó a Frank, este le dijo que le contestara: «Está bien».

Frank estaba muy nervioso: las cosas no estaban saliendo como habían planeado. El comando que tenía previsto asaltar la ferretería de la plaza de Los Dolores para proveer de armamento y munición a los revolucionarios no había salido porque el chófer encargado de llevarlo no aparecía. Frank ordenó al joven Taras Domitro que se hiciera cargo del transporte. La sorpresa al llegar a la ferretería fue grande, esperaban encontrar muchas escopetas y solo había unas pocas. Mientras tanto, los revolucionarios asaltaban el cuartel de la Policía Marítima, donde prácticamente no encontraron resistencia e hicieron prisioneros a un teniente y a seis guardias. Pero pronto llegaron refuerzos del Ejército y los rebeldes se vieron obligados a retirarse. La huida fue durísima, porque los hombres de Batista disparaban implacablemente contra los asaltantes. Uno de ellos fue herido en una pierna y en la mandíbula y quedó inmovilizado en el suelo. Un soldado le propinó un culatazo y lo dejó inconsciente.

El siguiente objetivo de los revolucionarios era la toma de la estación de policía, en la que participaban dos células comandadas por Otto Parellada y Pepito Tey. El primer grupo atacaba por el fondo de la escuela de Bellas Artes y el de Pepito Tey lo hacía de frente partiendo de la escalinata de Padre Pico. Debía contar con el apoyo de una ametralladora que nunca apareció,  los encargados se confundieron y la llevaron al lugar donde se encontraba Otto.

En una muestra de valor encomiable, Pepito se atrincheró detrás de un paredón en la escalera de la estación y, junto con un valiente compañero, lanzó dos granadas que nunca explotaron. El fuego sobre ellos no cesaba y tuvieron que retroceder mientras descargaban sus pistolas y se refugiaban en un murito de la calle de Santa Rita. Pepito estaba peleando en inferioridad de condiciones, pero solamente podría callarlo la muerte, que vino acompañada de una bala que atravesó su frente. Al observar la escena, su compañero tuvo miedo y huyó precipitadamente. El ataque al frente del cuartel de policía seguía, pero las posibilidades de éxito eran escasas. Otro combatiente, Tony Alomá, también había caído víctima de un disparo y el resto de los asaltantes lanzaban cócteles molotov que se extinguían rápidamente como consecuencia de su mala fabricación.

Los tiros iban de un lado hacia el otro sin parar, hasta que alguien buscó un saco y metió dentro varios cócteles, les prendió fuego y entre varios los tiraron sobre el techo, que inmediatamente prendió. Los policías, aterrados, abandonaron el edificio y dejaron a los presos a merced del fuego. Los reclusos estaban muertos de miedo, pero lograron romper el candado de la reja con un ladrillo y treparon a unos tanques de agua y desde allí a una casa vecina. La población de Santiago estaba con los revolucionarios y cuidando a los heridos. Los muchachos pasaban por las calles gritando: «¡Abajo Batista!» y la gente respondía: «¡Cuba libre!». De repente apareció el Ejército y Frank ordenó la retirada, pero se sentía feliz porque pensaba que aquello era el principio de una guerra que acabaría derrotando al tirano e instaurando una democracia que pusiera fin definitivamente a la corrupción. Era un verdadero idealista que nunca supo cómo se desarrollarían los acontecimientos posteriores.

Fidel por su parte  apenas contaba con un puñado de hombres en la Sierra Maestra, pero no quería bajo ningún concepto que Frank adquiriera protagonismo restándoselo a él, y mucho menos que se convirtiera en un líder para el pueblo. Esa noche estaba junto a él Vilma Espín, a la que le unía una relación sentimental con su hermano Raúl, Fidel le comentó que estaba preocupado por Frank, ese muchachito del Llano del que no le gustaban en absoluto las ideas cristianas y democráticas, que no tenían nada que ver con el concepto de revolución que el tenía en mente. Un concepto que, en todo caso, no podía desvelar públicamente en ese momento so pena de perder apoyos que impedirían el triunfo.

Frank estaba preocupado y comenzó a dudar del liderazgo de Fidel Castro, y tras mucho pensarlo por los inconvenientes que ello podría ocasionarle decidió convocar a los miembros del Movimiento Veintiséis de Julio Faustino Pérez, Carlos Franqui, Armando Hart y otros destacados dirigentes, proponiendo en la misma reunión la destitución de Vilma por su simpatía con los hermanos Castro, así como despojar a Fidel de su condición de líder de la Revolución.

–Ya verás cómo se sorprenderán cuando ganemos la batalla final –le dijo Fidel–. Pero ahora quiero tener controlado a Frank.

–Hombre, Fidel, si quieres yo me desplazo a Santiago y sigo sus pasos para informarte de todo lo que sucede.

–No sabes lo que te lo agradezco. Me preocupa mucho el carácter civil que está tomando la lucha en el Llano y no creo que Frank sea el hombre idóneo para comandar el ejército. Por supuesto, esta conversación no puede trascender, porque pondría en peligro la unidad revolucionaria. Te ruego seas discreta y no repitas a nadie lo que hemos hablado esta noche.

–No te preocupes, Fidel, mi lealtad hacia ti y hacia Raúl está fuera de toda duda.

Mientras tanto, Frank pasaba en Santiago de Cuba los momentos más amargos de su vida cuando se enteró de que su hermano Josué había sido asesinado junto a sus compañeros Floro Vistel y Salvador Pascual. Esa noche lloró amargamente y no logró conciliar el sueño. Fueron tantos los recuerdos de los momentos que había compartido con él que se planteó seriamente si merecían la pena la revolución y el alto coste de vidas que se estaba llevando, entre ellas la de uno de sus seres más queridos. Sin duda, Frank habría preferido que el muerto hubiera sido él. Su novia trató de consolarlo:

–Josué ha hecho realmente lo que ha querido y su muerte no ha sido inútil: ha derramado su sangre joven por la libertad de este pueblo y siempre será recordado como un héroe.

–En cierta medida  me siento responsable de haberlo inducido a la lucha que ha provocado su muerte. Jamás me lo perdonaré. Pensándolo fríamente, he sacrificado vidas humanas  de aquellos  que amo profundamente a cambio de una quimera.

–Frank, no tienes que reprocharte nada; tú lo querías, pero él optó libremente por defender sus ideas. No hay nada más bonito en la vida que morir por lo que crees. Tú eres cristiano y sabes que todos los hombres grandes de la historia han entregado su vida por sus ideas: ahí tienes a Jesucristo, que murió en la cruz. Seguro que tu hermano y tus amigos están disfrutando de una paz eterna y del paraíso al haber muerto  por la defensa de unos ideales.

–Puede que tengas razón. Es preferible morir libre defendiendo tus ideas que vivir siendo un esclavo y sin luchar por aquello que consideras justo. –Ella lo cogió entre sus brazos y lo apretó contra su pecho mientras él lloraba amargamente.

En aquellos momentos en los que la tristeza del alma por la muerte de un ser querido y cuando los pensamientos se nublan por el dolor y los ánimos conducen a hacer justicia por esa muerte, tenía el firme convencimiento de que la Revolución iba a triunfar. Era la oportunidad de que los secuaces pagaran sus culpas y de que Cuba quedara libre de los tiranos.

Frank en aquellos momentos tenía que esconderse para no ser encontrado y decidió hacerlo en casa de su compañero Raúl Pujol. Una mañana apareció un amigo por su escondite y Frank le dijo que tuviera mucho cuidado con Deborah, nombre de guerra de Vilma Espín.

–Tú sabes que no es buena gente y que en todas partes está preguntando dónde estoy, y también sabes que tanto Fidel como el Che y Raúl, aunque públicamente me apoyen, en privado no me soportan porque supongo para ellos un obstáculo en sus planes de futuro al no compartir sus ideas, corre el rumor de que Fidel había lanzado la consigna de «Todo para la Sierra», olvidando a los militantes del Llano, que cada día nos encontramos más expuestos a la muerte, mientras que Fidel, apertrechado en Sierra Maestra, tiene muchos menos riesgos y se lleva el provecho de lo que otros con riesgo de nuestras vidas  hemos conseguido

–No sabes cuánto te agradezco que me hayas dado esa información. Procuraré hacer todo lo posible por que no se entere de dónde te escondes.

Como consecuencia de esto Armando Hart, que había cursado estudios de abogado en la Universidad de La Habana, había sido dirigente estudiantil reformista e inició su vida política en el Partido Ortodoxo, al igual que Fidel Castro, con el que unía una profunda amistad. No podía permitir que se discutiera la figura de Fidel como líder del proyecto revolucionario, por lo que comunicó las intenciones de Frank País al propio Fidel, traicionando a Frank. Fidel montó en cólera: no podía permitir que se pusiera en duda su liderazgo al frente de la Revolución y, con el asesoramiento de Celia Sánchez, planificó delatarlo ante la policía, hecho que se produjo a través de una llamada de Vilma Espín que la policía interceptó, por lo que Frank fue ajusticiado en plena calle.

Vilma acabó por enterarse, sabía que las líneas telefónicas estaban intervenidas y el 30 de julio de 1957 le hizo una llamada que fue interceptada y localizada por el coronel Salas Cañizares, que ordenó inmediatamente rodear la casa. Ajeno a la traición de Deborah, ese día Frank se reunía por la mañana con dos muchachos del Movimiento que le traían el libro Entre la libertad y el miedo, del escritor Germán Arciniegas. Una de las mujeres que solían estar en la casa observó mientras subía por la calle de San Germán que la Policía de Batista estaba revisando las viviendas cercanas. Frank fue valiente hasta el final: les dijo a los jóvenes que huyeran en el carro y entregó a las mujeres determinada documentación diciéndoles que la conservaran cuando él muriera.

Frank en un gesto  de valentía que le honraba le dijo a los jóvenes que abandonaran el lugar antes que el y les dijo:  «No se preocupen, yo soy Francisquito Buena Suerte, no me va a pasar nada. Váyanse tranquilos. Recojan el dinero para que se puedan comprar las armas y el parque que Fidel necesita, y tú, Basilio, sigue reforzando el movimiento obrero».

Un rato mas tarde, salió huyendo de la casa a pie junto a Raúl Pujol; el corazón le palpitaba al saber que la muerte le pisaba los talones. Nunca había vivido una situación similar y por primera vez tenía miedo, pero no a la muerte en sí, sino a la forma en que le llegaría, sin ningún género de dudas violenta y con mucho sufrimiento. De repente oyó la voz de un soldado que gritó: «Detengan a esos dos». En ese momento el pánico se apoderó de él. Intentó acelerar el paso, pero pronto ambos fueron rodeados por varias unidades del Ejército que procedieron a su detención. Comenzaron a golpearlos salvajemente y, en el suelo, aún con vida, los ametrallaron. Pusieron al lado de Frank una pistola con la intención de hacer creer que había intentado disparar, cuando en realidad había sido asesinado vilmente.

No lejos de allí se encontraban su novia, América, y su amiga Graciela Aguilar comprando el ajuar doméstico en la tienda del Louvre, ya que América pensaba contraer matrimonio en la clandestinidad con Frank, cuando sintieron la balacera. Pensando que podía haber sucedido lo peor se dirigieron a la calle San Germán y Corona, donde se unieron con doña Rosario, su madre, que había oído por la radio CMKC: «El teniente coronel Salas Cañizares, supervisor de la Policía Nacional de Santiago de Cuba, declaró a los periodistas que Frank País hizo resistencia al momento de ser detenido y disparó contra él una pistola del 38 que portaba, por lo que tuvo que repeler la agresión. Los cadáveres de Frank País y su compañero Raúl Pujol permanecen en el lugar de los hechos a la espera de la correspondiente diligencia judicial».

Cuando se enteró de su muerte, su novia lloró amargamente y se preguntó si había merecido la pena un sacrificio tan grande, más aún cuando un amigo le confirmó que el asesinato era consecuencia de una traición de Vilma Espín propiciada por Fidel Castro. Desde ese momento América dejó de creer en aquella revolución y comprendió por primera vez que las sospechas que tenía Frank sobre las ambiciones de Fidel eran ciertas.

El cuerpo de Frank fue llevado a su casa, en la calle de Clarín, de donde salió  con el uniforme del Ejército Rebelde con insignias de coronel,  el cortejo fúnebre hasta el cementerio,fue transportado a hombros y vitoreado por una multitud que a su paso le arrojaba flores. Cuando el sepulturero lo enterró, América pensó que su vida había acabado para siempre tras perder a aquel hombre maravilloso que soñaba con la libertad y con enseñar historia a los niños una vez que triunfara la revolución. Se preguntó cómo se sentiría Martí, que entregó su vida al pueblo cubano, cuando algunos invocaban su nombre para hacer una guerra con el único fin de conseguir el poder a cualquier precio.”

Sirva como final el verso de Martí, que dice así:

El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.

Pocos salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.

Pasa, entre balas, un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.

No hay bala que no taladre
El portón: y la mujer
Que llama, me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.

A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.

Y después que nos besamos
Como dos locos, me dijo:
«¡Vamos pronto, vamos, hijo:
La niña está sola.

Agustín Ravina Pisaca escritor de “Mi Habana en el Recuerdo”

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