París, 29 de julio de 2015.

Querida Ofelia:

Hace unos días estuve conversando con Eduardo, él me llamó desde Boston, para darme la triste noticia del fallecimiento de su hermana, mi inolvidable Amiga del Alma Lucía, en New Jersey.

Conservo recuerdos de muchas chicas conocidas, amigas simpáticas, etc. Pero me bastan los dedos de ambas manos para contar a las que considero como Amigas del Alma, a las que querré eternamente ya que son parte de mis más bellos recuerdos de infancia, adolescencia y juventud. No tengo remedio… ¡Soy un hombre que padece de esa extraña enfermedad incurable que se llama nostalgia!

Eduardo me pidió el número de teléfono de Jorge, nuestro amigo común, que vive hoy día en Normandía. Al día siguiente llamé a Jorge. Me respondió su esposa francesa (con la cual tiene cuatro hijos), me dijo que él había salido un momento, pero que le diría que me llamase.

Media hora más tarde, recibí la llamada de mi viejo y querido amigo. Mantuvimos una larguísima conversación y recordamos tantísimos momentos agradables pasados juntos con otros amigos, entre ellos Lucía y Eduardo, allá en nuestra querida Habana, hasta que el régimen destruyó todo lo que amábamos.

Me autorizó a contar su love story con Lucía. Se la envié antes, él hizo algunos pequeños cambios y éste es el resultado:

“Mi querida Lucía, Amor mío:

Acabo de enterarme por tu hermano Eduardo de que el Señor te ha llamado. Al fin descansas en paz después de tantos sufrimientos a causa de tu combate contra la terrible enfermedad, que te destruía demasiado lentamente. Debes de estar en estos momentos junto a tus padres y a Luisito, tu hermano que partió en una lancha buscando la Libertad y desapareció en el Estrecho de la Florida.

Nos conocimos en la E.S.B. Felipe Poey, Anexa a la Universidad de La Habana, éramos niños, estábamos en séptimo grado. Como el régimen había confiscado las escuelas privadas, tú venías del Colegio de La Luz y yo de los Escolapios. Tu hermano Eduardo estaba en octavo y Luisito en noveno. Comenzó nuestra historia de amor infantil que se limitaba a pasear tomados de las manos por la Quinta de los Molinos, ir al Tropicream de la calle L o a la cafetería del Cine Astral. Yo iba a tu casa de la calle Infanta con el pretexto de que me explicaras las matemáticas y… por debajo de la mesa te tocaba la mano.

Al terminar la Secundaria Básica en 1963, tú fuiste al Instituto del Vedado al igual que tus hermanos, pero yo preferí el José Martí en la calle Zulueta. Así fue como nos perdimos de vista.

En octubre de 1966 me llamaron a pasar el S.M.O. Al llegar a la U.M. 2868, más conocida como Pedagógico Militar Pepito Tey, situada en la carretera que va de la Vía Monumental a Casablanca, me encontré con tu hermano Eduardo. Nuestra amistad renació y se profundizó, ya que sólo nos habíamos visto por casualidad en alguna fiesta de Quince o Pique de Cake.

En aquel momento yo estaba perdidamente enamorado de una bella chica que estaba esperando la salida hacia la Libertad por el Puente Aéreo de Varadero a Miami. Ella iba a verme los domingos con su mamá, hasta que un domingo no fue. Me enteré por su prima que se había ido. Creo que pocas veces lloré a escondidas tantas veces. Recuerda que según nuestro machismo tropical “los hombres no lloran”. Quedaron en mi mente el filme francés “Les parapluies de Cherbourg”, que habíamos visto juntos el día antes de que partiera para el S.M.O. en el cine Rex de la calle San Rafael y la canción “Il Mondo” de Jimmy Fontana, que tantas veces bailamos.

Así fue como “me quedé viudo” por primera vez; lo cual me ocurriría tres veces más.

Tú, mi querida Lucía, ibas también los domingos a visitar a Eduardo con un muchacho que yo pensaba que era tu novio. Tenías 17 espléndidos años. Eras una chica bellísima. Lo comenté con tu hermano y éste me dijo que el muchacho era primo de ustedes. Por tal motivo osé acercarme a ti y entablar una conversación. Tu risa fue contagiosa. Recuerdo tus palabras: “Al fin te decidiste a hablarme, es porque te quedaste viudo (como me dijo mi hermano que dices), o porque te enteraste de que el muchacho que me acompaña cada domingo es primo nuestro y, además – queda entre nosotros-, a él no le gustan las muchachas, prefiere a los jóvenes atléticos”. Eso me lo dijiste con una sonrisita socarrona.

El sábado siguiente tuve mi primer pase y fue nuestra primera salida. Almorzamos en el restaurante Le Potin de la calle Línea, gracias a mi tío Néstor que trabajaba en él, después fuimos al cine Trianón y terminamos en el Club Turf. Nuestra vieja love story infantil se convirtió en una historia de amor que crecía cada sábado y domingo en: El Rojo del Capri, Le Parisien, El Caribe, el Copa Room y también en El Turf, Los Violines, El Scherezade, El Intermezzo, etc.

Una noche de sábado al acompañarte a casa, me dijiste: “Estoy sola, mis padres y mi hermano fueron a ver este fin de semana a mis abuelos a Matanzas. ¿Te quieres quedar conmigo?” Y mientras me lo decías, tomaste mis manos y me pusiste las llaves en ellas. Tengo que confesar que fue la primera noche de amor de mi vida. Pero también para ti, pues fue la primera vez que hiciste el amor. ¡Algo que no olvidaré jamás!

Y a partir de aquel día, cada sábado y domingo por las tardes, nuestros jóvenes cuerpos hacían el amor en el Sevilla Biltmore , gracias a un viejo amigo de mi padre que trabajaba en la dirección de ese hotel. Hasta que un día me dijiste que tenías que confesarme algo: “Mis padres están esperando la salida para los EE.UU. y yo debo partir con ellos. Eduardo se quedará con el apartamento el y mi tía Julia vendrá a vivir con él hasta que pueda salir a los 27 años”.

Yo vivía con el temor de salir de pase un sábado, con Eduardo, que siempre me acompañaba y encontrarnos que te habías ido. Por tal motivo en cada fin de semana nos amábamos como si fuera la última vez.

Durante años, la famosa canción de Joan Manuel Serrat, resumía lo que yo sentía por ti. Era como si hubiera sido yo el que la hubiera escrito para ti amor mío:

Vuela esta canción

para ti, Lucía,

la más bella historia de amor

que tuve y tendré.

Es una carta de amor

que se lleva el viento

pintado en mi voz

a ninguna parte

a ningún buzón.

No hay nada más bello

que lo que nunca he tenido.

Nada más amado

que lo que perdí.

Perdóname si

hoy busco en la arena

una luna llena

que arañaba el mar…

Si alguna vez fui un ave de paso,

lo olvidé pa’ anidar en tus brazos.

Si alguna vez fui bello y fui bueno,

fue enredado en tu cuello y tus senos.

Si alguna vez fui sabio en amores,

lo aprendí de tus labios cantores.

Si alguna vez amé,

si algún día

después de amar, amé,

fue por tu amor, Lucía,

Lucía…

Tus recuerdos son

cada día más dulces,

el olvido sólo

se llevó la mitad,

y tu sombra aún

se acuesta en mi cama

con la oscuridad,

entre mi almohada

y mi soledad.

Compré el long play con esa canción en mi primer viaje a España en 1981. Ahora mientras te escribo la estoy escuchando.

En enero de 1969 al llegar a tu casa te encontré llorando. Comprendí inmediatamente lo que pasaba. El viernes partirías para siempre. Ese sábado hicimos el amor entre lágrimas. Por la primera vez no regresaste a casa hasta el domingo por la noche, pues me acompañaste hasta la entrada de la unidad militar. Después me enteraría de que habías dicho a tus padres que irías a Matanzas a despedirte de la familia.

Sólo un mes y medio después comenzaron a llegar tus cartas para Eduardo y para mí. Según los meses pasaban, las cartas se hacían más raras, hasta que cesaron de llegar. Eduardo me decía que a él tampoco le llegaban.

Él se casó con Lourdes, una chica fantástica, con la cual tuvo dos niñas: Lucía y Yolanda. Tú lo fuiste a buscar por el Mariel y lo lograste llevar a la Libertad junto a su pequeña familia.

Eduardo vino a casa a despedirse y me dijo que tenía algo muy importante que decirme: “Quiero que sepas que ocho meses después de llegar a los EE.UU., Lucía tuvo un niño al que le puso tu nombre. Se casó con un joven americano, el cual lo declaró como hijo suyo. Toma, ésta es la dirección y el número de teléfono de su casa en Emerson, New Jersey. Discúlpame por no habértelo dicho antes, pero Lucía me había dicho que no te lo dijera, para no hacerte sufrir”. Nos dimos un gran abrazo de despedida y nos deseamos poder volver a vernos de nuevo en los EE.UU. más temprano que tarde.

Había conocido a Brigitte, una bella francesa, cuando yo animaba en la playa de Jibacoa el camping para turistas franceses e italianos. Nació una historia de amor. Ella movió cielo y tierra y logró sacarme del país rumbo a Francia en 1981. Nos instalamos en Deauville, un balneario elegante de la costa de Normandía. Desde allí, gracias a amigos comunes, logré encontrar a Eduardo en Boston. Me dio la nueva dirección de Lucía y su teléfono. Seguía viviendo en Emerson.

En 1989 fui con mi esposa de vacaciones a New York. Ella quería reunirse con viejas amigas de infancia. Yo le dije que aprovecharía para ir a visitar el Museo de Historia Natural. Pero pasé el Hudson y sin avisar toqué el timbre de la puerta de una coqueta casa del barrio de Emerson. Me acompañó en su coche Nicolás, un viejo amigo francés.

Me abrió la puerta un joven atlético de unos veinte años. Me presenté como un viejo amigo cubano tuyo. Me dijo que él era tu hijo, que sus padres estaban de vacaciones en la Florida. Cuando le entregué mi tarjeta de visita, él se sorprendió y exclamó: “¡Ah, Vd. es el viejo amigo de mi madre del cual ella tanto me ha hablado! Fíjese si ella lo aprecia que me puso su nombre. Qué lástima que no esté, seguramente le habría gustado verle”. Yo sonreí. Tenía deseos de darle un gran abrazo a aquel chico, pero la prudencia fue más fuerte que mis deseos.

Regresamos en silencio a New York. Le pregunté a Nicolás: “¿No encuentras que se parece a mí ese chico?”. Él me contestó: “No es que se parezca, es exacto a ti”.

A partir de entonces y durante años mantuvimos una afectuosa relación telefónica y posteriormente por la Internet. Nos llamábamos por Pascuas, El Día de Acción de Gracias, tu cumpleaños, el mío, Navidad, Año Nuevo, etc. Pero nunca nos encontramos en ningún lugar.

En el 2003 Jorgito, que formaba parte de los marines, murió en Irak. ¡Fue un golpe terrible! Lo supe por Eduardo. No pude hablar contigo por teléfono, sólo con tu esposo, al cual le di el pésame por la pérdida de “su hijo”. Y me tuve que tragar las lágrimas. Y ahora supe que te has ido para siempre y viene a mi mente un torbellino de bellos recuerdos! ¡Y lloro, sí lloro… porque los hombres también lloran!

Perdóname pero no tengo fuerzas para continuar escribiendo…

Te quiero eternamente Amor mío,

Jorge”.

Mi querida Ofelia, te he contado una historia de amor de la que fui en gran parte testigo.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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