Fundación MAPFRE : Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914

Ignacio Zuloaga. Retrato de la condesa Mathieu de Noailles, 1913. Museo de Bellas Artes de Bilbao Inv. 82/50. Foto: © Bilboko Arte Ederren Museoa-Museo de Bellas Artes de Bilbao. © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Madrid, 30 de septiembre de 2017.

Querida Ofelia:

Ignacio Zuloaga nace en 1870 en Éibar (Guipúzcoa), en el seno de una familia de profunda tradición artística. Su abuelo Eusebio era un importante armero y su padre, Plácido Zuloaga, un artesano del damasquinado de fama internacional.

Zuloaga llega a Madrid, donde entre 1885 y 1886 realiza copias de las pinturas de los maestros de la pintura española en sus frecuentes visitas al Museo del Prado. En 1887 decide presentar obra a la Exposición Nacional de Bellas Artes y en 1889 viaja a Roma para completar su formación artística. No obstante, desilusionado por la experiencia académica, a los pocos meses decide poner rumbo hacia París, por aquel entonces capital mundial del arte moderno.

“Sus inicios fueron muy pobres, según vi yo mismo en Sevilla en 1896 (…) pero en él valen todavía más el artista y el creyente que el hombre ejemplar. El artista no cree haber llegado a la cima. Se considera un estudiante, siempre en busca de la perfección, cuando es el mejor de nuestra época”. Émile Bernard, 1932

La exposición, comisiarada por Leyre Bozal Chamorro y Pablo Jiménez Burillo, ofrece una nueva visión del pintor, cuya obra, que en gran parte se desarrolla en el París de cambio de siglo, se muestra en perfecta sintonía con el mundo moderno en el que se inscribe, tanto temática como formalmente. Pues la pintura de este artista, a medio camino entre la cultura francesa y la española, excede con mucho los límites que la historiografía tradicional del arte ha establecido: una obra convencionalmente ligada a la generación del 98 y por lo tanto a la conocida como España negra. Críticos como Charles Morice o Arsène Alexandre, poetas como Rainer Maria Rilke, artistas como Émile Bernard o Auguste Rodin fueron algunos de los que a finales del siglo XIX y principios del pasado, consideraron la obra del pintor vasco como un referente más en el debate artístico que conducía a la modernidad. Siguiendo esta línea, más desconocida en España, la exposición que presentamos pretende mostrar cómo la producción artística de Ignacio Zuloaga combina un profundo sentido de la tradición con una visión plenamente moderna, especialmente ligada al París de la Belle Époque y al simbolismo que aprende en aquellos años.

Fue a la luz de este París brillante y dinámico, el anterior a la contienda, centro del gusto artístico y literario, en el que Zuloaga brilló con una luz propia y reconocible, en un camino paralelo y comparable al de muchos de los mejores artistas del momento con los que compartió, entre otros aspectos, un gusto por lo elemental y lo auténtico y un interés por la temática de lo español. Unos años que tendrán un punto y final en 1914, no tanto por la trayectoria del propio Zuloaga, que una vez encontrada su propia voz y su lugar en el escenario internacional, seguirá trabajando dentro de unos mismos planteamientos, sino porque el París y la Europa, de antes y de después de la Gran Guerra serán completamente distintos. Estamos en presencia de una etapa clave de la modernidad, en la que se establece una frontera que dará lugar a la consolidación de un nuevo escenario: lo que entendemos como el mundo contemporáneo. Siguiendo estas pautas, se ha dividido el recorrido por la exposición en las siguientes secciones: Ignacio Zuloaga: sus primeros años, El París de Zuloaga, Zuloaga y sus grandes amigos: Émile Bernard y Auguste Rodin, Zuloaga retratista, La mirada a España y Vuelta a las raíces.

Para poder contar esta historia la muestra incluye más de 90 obras, de Zuloaga y de otros artistas como Pablo Picasso, Henri de Toulouse-Lautrec, Giovanni Boldini, Jacques-Émile Blanche, Auguste Rodin o Émile Bernard, que se presentan en diálogo y muestran las relaciones del pintor de Eíbar en el París de la Belle Époque así como la influencia que su paso por la capital francesa deja en su trabajo. También se muestran varias de las obras de la colección que reunió el propio Zuloaga en la que destacan autores como el Greco, Zurbarán o Goya.

La exposición cuenta con excepcionales préstamos de más de 40 destacadas instituciones y colecciones particulares nacionales e internacionales, entre las que destacan: Fundación Zuloaga, Madrid; Galleria Internazionale d’Arte Moderna di Ca’ Pesaro, Venecia; Galleria degli Uffizi, Florencia; Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea, Roma; Museum of Fine Arts, Boston; Musée d’Orsay, París; Musée national Picasso, París; Musée Rodin, París; Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique, Bruselas; Musée Toulouse-Lautrec, Albi; Museo de Bellas Artes de Bilbao; Museo Ignacio Zuloaga. Castillo de Pedraza, Segovia; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid; Museu Picasso, Barcelona; National Gallery of Art, Washington D.C.; Petit Palais Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris; The Hispanic Society of America, Nueva York; The State Hermitage Museum, San Petersburgo o The State Pushkin Museum of Fine Arts, Moscú.

La obra de Ignacio Zuloaga se desarrolla entre dos culturas, la española y la francesa, pues a París llega por primera vez a finales de 1889 donde vivirá, intermitentemente, durante más de 25 años. A su llegada a la capital, Zuloaga se encuentra, entre otros, con Santiago Rusiñol, Isidre Nonell, Hermenegildo Anglada-Camarasa, Joaquín Sunyer o un joven Pablo Picasso. Asiste a las lecciones que imparte Henri Gervex, admirador de Édouard Manet, en la Academie Verniquet, a la que acude también Jacques-Émile Blanche, el retratista de Marcel Proust. Es probable que sea también allí donde entra en contacto con Edgar Degas, al que admira profundamente y del que dice: “Siento por este hombre la admiración más profunda. Es el más grande artista de nuestra época”.

En 1892 viaja a Andalucía, donde volverá en 1895 para una estancia más prolongada. Encuentra, en Alcalá de Guadaíra y Sevilla, una realidad muy diferente a la parisina, una sociedad, costumbres y valores que los viajeros románticos consideraron exóticos y que los escritores y pintores españoles describieron en sus narraciones y cuadros. Zuloaga no es ajeno a esta tradición, y la representa en obras tan polémicas como Víspera de la corrida, rechazada por el comité español para participar en la Exposición Universal de París de 1900, en la que Sorolla, por el contario, cosecha grandes éxitos.

Entre 1892 y 1893 el pintor vasco asiste a la Academie de la Palette donde además de Gervex, también corrigen Eugène Carrière – uno de sus futuros testigos de boda- y Pierre Puvis de Chavannes. Entra en contacto con Louis Anquetin, Henri Toulouse-Lautrec, Jacques-Émile Blanche, Maxime Dethomas, su futuro cuñado, Maurice Barrès y conoce a Paul Gauguin, el artista más reconocido del grupo de Pont-Aven, en la Bretaña francesa. Por mediación de Paco Durrio expone dos pinturas en Le Barc de Boutteville en 1891 junto a los simbolistas y nabis: Maurice Denis, Édouard Vuillard, Paul Sérusier, Pierre Bonnard, Toulouse-Lautrec y Émile Bernard.

El artista vasco participó en las siguientes ediciones de esta muestra, conocida bajo la denominación de Exposición de Peintres Impressionnistes et Symbolistes, en los años 1892, 1893 y 1894, también en la dedicada al retrato, Les portraits du prochain siècle, que tiene lugar en la misma galeria de la rue Le Peletier en 1893. A partir de entonces, Zuloaga aplicará en su pintura algunos de los principios que animan a estos pintores, tratando de unir forma y contenido a la par que dotando a la obra de un fuerte contenido espiritual. En la exposición encontramos ejemplos de estas confluencias y relaciones de amistad en obras como el autorretrato de Gauguin, dedicado a Carrière, Sous-Bois (Le Huelgoat) de Sérusier o en Vue de la terrase de Saint-Germain-en-Laye de Maurice Denis, por citar sólo algunos ejemplos.

En 1897 Ignacio Zuloaga se encuentra por primera vez con Émile Bernard en Sevilla, pues a pesar de haber expuesto juntos en Le Barc de Bouteville años antes no se conocían personalmente. A partir de este momento inician una gran amistad que se afianza a través de la visión que ambos comparten del arte y su común admiración por los “antiguos maestros”: El Greco, Zurbarán, Goya, Tintoretto o Tiziano entre otros. Ese mismo año Zuloaga hace un retrato de Bernard en clara sintonía con el estilo del francés. Por su parte Bernard regala y dedica Danse de gitans al pintor vasco y trabaja en Mendiants espagnols, una obra cuyas tonalidades y formas alargadas recuerdan a El Greco, no menos que a la pintura del propio Zuloaga. Las ideas de Bernard, en las que asimila al artista con la tradición y el arte como expresión de un ideal, resultan una prolongación del ideal romántico. Un ideal que en la obra de ambos pintores, se basa en la tradición para, paradójicamente, poder mirar hacia delante.

Rodin y Zuloaga mostraron obra de forma conjunta en varias exposiciones: Dusseldorf en 1904, Barcelona en 1907, Frankfurt en 1908 y Roma en 1911. A lo largo de todos esos años, ambos artistas forjaron una amistad que podemos reconstruir a través de la relación epistolar que mantuvieron hasta la muerte del escultor francés en 1917. Viajaron juntos a España e intercambiaron obra en más de una ocasión.

Zuloaga recibió obras como Iris, L’Avarice et la Luxure o el busto de Mahler, que conservó en su colección particular y algunas de las cuales podemos contemplar en la muestra. A su vez, Zuloaga obsequió a Rodin con El alcalde de Torquemada. Además de su gran admiración mutua ambos mantuvieron su obra al margen del tiempo y tuvieron en cuenta la tradición, rechazando copiar de la naturaleza tal y como esta se presenta, buscando, por el contrario, el carácter de sus motivos.

El siglo XIX fue, sin duda, el del retrato. En capitales como París o Londres el género conoció un gran desarrollo ya que se convirtió en un modo de afirmación social de la nueva clase en alza, la burguesía, que transformó el género y la relación con el artista: además de funcionar como un instrumento de promoción social será también un medio de inversión.

El artista, consciente de esta transformación, se convierte también en “empresario”, pues a través de estas pinturas obtiene una importante rentabilidad económica. Giovanni Boldini, Antonio de La Gandara, John Singer Sargent o Jacques-Émile Blanche son algunos de los representantes de esta nueva generación de artistas, que dedican gran parte de su producción a la realización de retratos de destacados personajes de la sociedad. Junto a ellos también se encuentra Ignacio Zuloaga, que forma parte, de manera natural, de la élite intelectual de la capital y que tiene un papel destacado en este ambiente que se conoce como el París de la Belle Époque. Y es que la nueva clientela adinerada busca a los más célebres pintores para ser inmortalizados, como es el caso de la Condesa Anna de Noailles, retratada no sólo por Zuloaga, también por Auguste Rodin o Jacques-Émile Blanche, obras todas ellas presentes en la exposición.

Con tan sólo veinte años, Ignacio Zuloaga invirtió cincuenta francos en la compra de una pintura atribuida a El Greco. A partir de este momento comenzó a reunir una colección de obras dedicando especial atención a los pintores españoles que más admiraba: El Greco, Zurbarán, Velázquez o Goya. Hacia 1908 el núcleo de la misma estaba plenamente configurado; en ella se contaban hasta 12 obras atribuidas a El Greco, entre las que destacan La Anunciación y San Francisco, que podemos contemplar en la exposición, así como Visión del
Apocalipsis, comprada en Córdoba en 1905 y hoy perteneciente al Metropolitan Museum of Art. Testimonio de su admiración por Goya son, entre otros los tres cuadritos que representan escenas de los Desastres que adquiere en la subasta de la colección de Iván Shchukin, por otra parte amigo suyo, y de los que en la muestra presentamos dos. Zurbarán y Velázquez fueron otros de sus grandes maestros. A propósito del primero, en una de sus cartas a Émile Bernard, Zuloaga le dice: “Qué enérgico es Zurbarán, ¿verdad? ¡Qué espléndido pintor! Me parece más recio que Velázquez, más ingenuo, más español”.

Tradicionalmente la obra de Zuloaga ha sido relacionada con el tópico de la España negra que tiene su génesis en la severidad de la pintura del Siglo de Oro y en el gusto velazqueño por los mendigos y los enanos. Esta visión es recogida por gran parte de los intelectuales de la generación del 98, que ven en la pintura de Zuloaga uno de sus mayores representantes. En este sentido España negra se refiere a la España de la tragedia, de lo hondo e incomprensible, a veces mágica pero siempre profundamente trágica. Sin embargo, la obra del pintor vasco excede con mucho los límites que la historiografía del arte ha establecido y es necesario entenderla en el contexto del París cosmopolita en el que vive.

Una ciudad en la que el grupo de los simbolistas cobra cada vez más mayor protagonismo y el afán de autenticidad hace que muchos artistas escapen de la capital en búsqueda de un mundo puro, no contaminado por la civilización industrial. El ejemplo más claro es el de Gauguin, que lo buscó primero en Bretaña y más tarde en Tahití y La Polinesia; pero también viajaron otros como Émile Bernard o Charles Cottet, además del propio Zuloaga, que parece realizar un viaje a la inversa: desde Francia vuelve a España para encontrar sus raíces, el Zuloaga más auténtico. En esta vuelta, el pintor se encuentra con compañeros de viaje, con los que comparte iconografía: bailarinas, celestinas o enanos ocupan también la mirada de Picasso o de Anglada-Camarasa.

El Retrato de Maurice Barrés resulta un excelente ejemplo de este viaje, pues une los dos aspectos fundamentales de su producción artística: la francesa y la española, a la vez que rinde homenaje a la figura de El Greco, uno de los artistas más admirados en este momento y que, al igual que Zuloaga, conjuga en su obra un espíritu moderno junto a un profundo sentido de la tradición.

Con motivo de la exposición, Fundación MAPFRE ha editado un catálogo en el que se profundiza sobre los diversos aspectos tratados en la exposición de la mano de sus comisarios, Leyre Bozal Chamorro y Pablo Jiménez Burillo, y de otros especialistas en el tema: Valeriano Bozal, Concepción Lomba, Yuri Sevaliev, Marie-Paule Vial y Carlos Alonso Pérez-Fajardo. El volumen reproduce la totalidad de las obras presentes en la exposición y cuenta con distintos apéndices documentales que incluyen una selección de textos sobre la recepción de Zuloaga en el contexto francés y europeo de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, una selección de la correspondencia del pintor con intelectuales, críticos, artistas y escritores franceses del momento así como una cronología del pintor centrada en los años que abarca la exposición, 1889-1914.

Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914. Del 28 de septiembre de 2017 al 7 de enero de 2018. Fundación MAPFRE. Sala Recoletos. Paseo de Recoletos, 23 – 28004, Madrid. Entrada general: 3€ por persona. Acceso gratuito a la exposición permanente “Espacio Miró” con la compra de la entrada. En caso de no existir una exposición temporal, el precio de la entrada será de 3€ por persona. Entrada gratuita todos los lunes no festivos de 14 a 20 horas. Horarios: Lunes de 14 a 20 horas. Martes a sábado de 10 a 20 horas. Domingos y festivos de 11 a 19 horas. Visitas guiadas: Lunes a las 17:30 horas. De martes a jueves 11:30, 12:30, 17: 30 y 18:30 horas. Precio: 5€ Actividades, talleres y juegos : Visitas – Taller para Centros Educativos. Precio: 30 € por aula. Visitas -Taller para Familias. Precio: 3€ por participante.

Con gran cariño y simpatía desde nuestra querida y culta España,

Félix José Hernández.