Nos está costando mucho elevar la cabeza sobre el barro social lleno de estupideces que nos han generado las sectas religiosas.

Dicen los historiadores entendidos en el tema, que uno de los grandes adelantos de la humanidad no fue que los curas dejaran el cigarro de fumar en el momento de alzar el copón, como se prohíbe en un santo sínodo en Manila, sino que, cuando del fondo ignoto del Asia más profunda oriental para nosotros, surgieron aquellas tribus aguerridas, con caras feas hasta para la época, que galopaban al galope tendido de sus caballos, y ¡milagro para la ocasión y el momento! tenían las dos manos libres y podían hasta si querían sacarse perdigones de la nariz cual conductor actual ante un semáforo.

El estribo, la invención en el aparejo de la silla o manta de montar del estribo, fue algo fundamental no solo para evitar que pudieran seguir saliendo almorranas como garbanzos, sino que permitía lanzarse al galope con una seguridad y velocidad de quiebre ante el peligro, que hacía que los jinetes orientales asiáticos fueran muy temidos en toda la masa continental euroasiática.

Siempre ha habido un algo oriental que ha aportado algo cambiante a los occidentales; y cuando no son tropas de a caballo, resistentes al galope, llegan desde oriente imponiendo normas sociales de comportamiento que tuvieron su mucho que ver en el devenir de los tiempos futuros, porque condicionaron mucho, por citar un ejemplo, a la mujer.

De oriente llegó la manía de que una mujer sumergida en un el líquido elemento, bañándose en un lago, en un río o en la alberca de su casa, podía perfectamente perder todas sus cualidades como mujer y quedarse estéril y no servir ya para procrear, a más de otras pérdidas que figuran en el manual de la mujer en la página de sus más importantes, según donde se imprimen los manuales, activos.

Un asunto que ahora nos puede producir risa o incredulidad, pero cuando la mujer intentó montar a caballo a lo jinete, lo tuvo que dejar y hacerlo a la jineta: de una manera inestable, estúpida, que la alejó de las grandes cabalgadas que los buenos jinetes pueden realizar cuando van sujetos y asidos al caballo mediante los estribos.

De las bicicletas no vamos ni hablar, porque estamos intentando hablar de lo estúpido que vemos ciertos asuntos del pasado, mientras que otros, igual de estúpidos, los mantenemos actuales hasta que en un futuro más inteligente que el actual, produzcan el mismo sentimiento de estupidez, porque tienen el mismo fuste que asegurar que la mujer se destrozaba en su condición femenina bañándose o montando a caballo a lo jinete.

No se lo que hubiese pasado sin el temor ancestral repetido machaconamente en la vida diaria de la mujer de que se producía las dichas mutilaciones, no ya ante el baño, que fue un asunto que lo sufrió el hombre y la mujer, si no no se hubieran inventado los perfumes y los ramilletes de flores, sino que con toda seguridad la mujer a caballo, montando a lo jinete, en aquellas caballerías cubanas orientales, seguro, no por ser orientales, hubiesen obligado a que la guerra de los Diez Años, una guerra netamente de caballería, hubiese, con toda seguridad, tenido un desenlace diferente del que tuvo.

Todavía se ve amazonas al trote de sus caballos montadas a la jineta, haciendo un tremendo esfuerzo para tan solo aguantarse el equilibrio, ante el agrado de los que se quedaron socialmente en la trasnochada cuenta de que el mundo, este maravilloso mundo se hizo en siete días, y que nada debe de cambiar, especialmente aquello que proclama diferencia para la diferenciación y las clases.

Una eminente psicóloga española especializada en sexología, días atrás comentaba que en la realidad del género humano no existen dos géneros; es decir que lo de masculino y femenino es una milonga de grande como un cuartel de caballería; y que existen, como mínimo, cuatro géneros humanos que no son aquellos dos solos en los que nuestros mayores se emperraron en afirmar que existían cerrando todas las clases humanas.

Y si la ciencia y el conocimiento moderno dictamina con acierto la existencia de más de dos géneros humanos, carece de todo sentido el que a la hora de montar a caballo solo existan dos modos o maneras de cabalgar, y, a la mujer, como casi siempre, le haya tocado la peor papeleta de la rifa.

Nos está costando mucho elevar la cabeza sobre el barro social lleno de estupideces que nos han generado las sectas religiosas. Aquella premisa de que las religiones eran simples medidas de reglas sociales justas y sanas para una mejor y mayor convivencia, hace ya muchos años que ni se atreven a decirlas en voz alta los que ahora, cambiando el disco moderno, nos dicen que lo importante es tener fe en algo, en lo que sea; y si ese algo lleva emparejado dinero, la cosa marcha miel sobre hojuelas.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

4 COMENTARIOS

  1. TENER GUARDADO
    Tengo para ti
    guardado,
    lo mejor,
    creo,
    de mi jornada,
    porque tengo
    el olor,
    dentro de un frasco,
    de cómo olía
    todo
    lo de mi infancia.

    Tengo
    una canica
    transparente,
    que en su cristal
    contenido lleva
    todo el universo
    de planetas
    estrellas
    y cometas
    si la miras bien.

    Y una peonza,
    y aquel cromo
    irrepetible
    que nunca salía
    en sobre alguno.

    Y una foto
    amarillenta
    en la que salí
    con la lengua
    fuera
    burlándome
    del que quería
    en una foto
    retener
    lo mucho
    que yo tenía
    allá
    por mi infancia.

    Tenía
    un caballo
    de cartón,
    y un lucero
    en el cielo
    que todavía miro
    porque fue del primero
    que me dijeron
    que arriba
    lo que brilla en el alto
    de los cielos:
    las estrellas
    y los luceros,
    no son más que
    muchos braseros
    que cada noche
    encienden unos gigantes
    que hasta allá arriba
    alcanzan con sus manos
    a encenderlos.

    Y tengo,
    como no,
    un algo
    que no se decirlo,
    pero que sentía
    y me hacia
    ser feliz,
    sonreír
    a escondidas,
    cuando cerca de mi
    pasabas,
    con tu falda
    blanca
    y con tus trenzas
    como dos maromas
    suaves
    para subir con ellas
    a pozales
    los versos
    que sin yo saberlo
    tu,
    ya los llenabas.

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