Tres palos a medio trapo. Se quedó mirando la nave con su expresión de siempre. Durante segundos pensó que estaba dentro de un sueño.

Fue paisano de Pizarro. Corren habladurías que cuentan del buen tino y excelente mano que tenía para cuidar y engordar marranos. Dicen que jamás se le murió ni uno solo; salvo el que se le ahogó en el río un día que bajaba mucha agua, y el animal se resbaló y cayó a la corriente, muriéndose, probablemente, del susto.

Su tío y amo le dio una soberana paliza. Y eso que el marrano fue aprovechado hasta el rabo, como era tradición y costumbre por aquella Extremadura que lo vio nacer y crecer y muy malcomer.

Desde arriba, desde aquella altura se veía muy bien la costa. La mar entrando y saliendo en una tierra verde y cálida, con el verdor tropical de vida y sol, diferente del verde de humedad y musgo de otras partes.

Al fondo había un bohío y con gente en la puerta. El color de las pieles de sus carnes tirando a un negro brillante; adecuado, muy adecuado el color para aquel calor.

Cuentan que, desde que volvieron un par de barcos, no se para de contar en los mentideros de las localidades de otra cosa: islas, tierras al otro lado de la mar oceana atlántica, llenas de ríos, arboledas, y muchos minerales preciosos al alcance de la mano. Todo el que quiera puede hacerse rico, y volver si quiere, con riqueza suficiente para vivir siete vidas si las tuviera, y traerse las mujeres más bonitas y hermosas que nunca los ojos vieron.

Aquella madrugada heló en su lugar: pámpanos de hielo madrugada arriba. Mala noche la que se pasa con frío. Catorce años y todos ellos trabajando. No, todos no, tuvieron que esperar sus mayores a que por lo menos caminara. Pero desde muy pequeño una caña y a guardar pavos, con apenas una mala comida al día. Luego, a cuidar marranos. Un millón de bellotas comidas. Quizá más: gracias a ellas los estómagos entonaban un canto de bienestar y casi de alegría.

Más allá, mucho más; allí por donde los montes se comen los horizontes. Los arrieros lo saben. Y hay un arriero muy hablador que presume de ser sevillano, está Sevilla, y barcos que van a la mar y necesitan gente para hacerla rica.

Lo dicen y lo repiten en los mentideros. Otros dicen que lo surgido debe ser solo para los buenos cristianos, para los cristianos viejos, porque los judíos “amarranados” dicen que ellos también quieren ir, navegar y establecerse. Y eso hay que evitarlo a toda costa.

Canta muy bien el arriero parlanchín: “Un Guadalquivir no basta / no basta ni lleva agua, / que enfríe los amores, / amores que por mi amada…”

La voz muy aguda. Una tarde, por la siesta, lo invitó el arriero a comer conejo frito con buen pan. Se hizo su criado. El camino que siguió al día siguiente, estaba hecho de camino y jirones de caminantes. El arriero le podía hablar de mil cosas. Sevilla andaba revuelta. Muchos mozos y hasta gentiles hombres blasonados andaban inquietos por las riberas del río. Se abrían muchas posadas para dar albergue y cobijo a tantas gentes como llegaban ansiosas de aventura y fortuna.

Le costó decirle adiós a la piara de cerdos. Le costó mucho más despedirse de los cerdos que de las personas. Su madre vivía en otro lugar. Últimamente la había visto en dos ocasiones. Estaba menguada, muy menguada, sin apenas un solo diente. Siempre, las pocas veces que lo besó, le dio un beso muy frío. Se marchaba sin conocer lo que era un cálido beso de madre.

Nunca supo bien quien era su padre. El amo lo sabía, pero cuando le hablaba, era para recriminarle algo. Si llegaba tarde por causa de la piara, se quedaba sin guiso. Las noches en el corral, en un porche de adobe y algunas piedras. Dos veces por año podía cambiar la paja del suelo, su cama y manta.

Cantaba mucho el arriero. Había muchas casas y cortijadas a la vera de los caminos, por entre olivares y encinas.

Pasaron gentes de a caballo. Iban tres. Muy bien pertrechados y engalanados. Un perro, que por iniciativa propia se había unido a los jinetes, quiso ganarse el jornal y trabajo, y se llevó una patada en el hocico por morder lo que no debía, junto, quizá, a una incomprensión porque el perro estaba cumpliendo con su faena.

Dos días estuvo el arriero en un cortijo. En lo alto del carro aguardó impaciente a que prosiguieran su marcha. Al tercer día volvió el carretero al camino elevando su canto de voz fina cuando se alzaban las primeras claras. Una mujer metida en carnes, no se volvió al cortijo hasta que no se llevó una buena razón de sobos por su pechera.

En Sevilla no tenía ni por donde empezar. Había mucha gente con ganas de embarcar. Hacía años, tiempos de atrás, le decían, costaba mucho amarinar de gente las naves, ahora sobraban hombres. Pasaron meses. Intentó meterse en el negocio de alargar la mano por cierta esquina: Le dieron una soberana paliza entre cuatro hombres que lo dejaron casi medio muerto. Volvió a acarrear cántaros con agua para un convento de monjas. Las gentes que veía en las cubiertas de las naos se llevaban sus ojos y anhelos.

También se llevaban sus silencios. Y más de un suspiro suyo se apoyó en el aire y empujó algunas velas.

Años enteros en los que ni habló ni apenas escuchó a la gente. Río abajo se le iba su aurea, vela al viento, crujir de arboladuras, voces de mando por las cubiertas.

Tarde de mucho sol, de mucho calor. Bajo el fanal de la popa leían los que sabían, “Jesús Del Gran Poder”. Tres palos a medio trapo. Se quedó mirando la nave con su expresión de siempre. Durante segundos pensó que estaba dentro de un sueño. El navío navegaba bajo sus píes. Podía acercarse y alejarse de las velas cuanto quería. Vio su sombra reflejarse en las marrones aguas del río, y comprendió que se había convertido en gaviota.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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