El general San Martín

Cuando se dice algo así en público de que “mientras haya una sola nación esclava, todas las demás corren peligro…”, y el publico escuchante es de habla española, lo mismo da que sea de esta orilla de la mar oceana que de la otra, lo inmediato es que siempre se alzará de su silla un comemieldas y corriendo irá a comunicarle a los gringos semejante blasfemia, al objeto de que abran el manual del perfecto agitador por la página primera, y traten de desestabilizar la vida del osado que piensa de modo semejante y de tan letal manera para el imperio gringo.

Lo quieren poner al general San Martín, a José Francisco de San Martín y Matorras, un criollo que nació en Yapayú, por Argentina corriendo el año de mil setecientos setenta y ocho, como un joven formateado en su disco duro por los jesuitas australes americanos, unos grandes sociólogos, que tanto cooperaron en todo, incluido el nacimiento del mestizaje; pero, en este particular caso que con seis años de edad San Martín ya estaba en Málaga, en España, donde sus progenitores instalaron el hogar familiar, su formación fue netamente española: de mozo para la guerra porque a los doce años ya estaba encuadrado en la milicia, y de los jesuitas, expulsados hacía ya más de diecisiete años, nadie se acordaba en España de ellos.

Ahora podemos darle el carácter épico que nos de la gana al asunto, supuesto que el papel y la tinta de mentira del ordenador lo aguanta todo, pero alguien que se atreva a decir que “no hay más obispo que yo, y le ordene al clero que se predique en toda la América la santa independencia…” no puede llegar muy lejos en su carrera militar o política, máxime si tiene un fuerte aire de falta de “clase” y de socialismo; y, a diferencia de un buen perlado, a San Martín le gustaba hacerse el desayuno personalmente, dormir al aire libre, practicar retoceos amorosos sobre un simple cuero, y conceder audiencias entre las perolas de las cocinas de campaña.

Todos esos grandes pequeños detalles que tanta dignidad le arrebatan al mando militar o espiritual, San Martín los practicó, y, claro, ya podía subir a la pata coja los Andes y bajarlos a la carrera, porque, al igual que a Bolívar, tenía San Martín bulléndole una idea que siempre le da patadas en los compañones a los gringos: La creación de una comunión de Estados Americanos de habla española, que en el manual del perfecto agitador se anuncia como uno de los caballos apocalípticos para el imperio yanqui, y por lo que se tirarán las bombas atómicas que hagan falta. Aunque no será necesario porque otra cosa no, pero lo que son comemieldas, bajo el habla española haylos en abundancia.

Mezclar San Martín con Bolívar, es el intento de la mezcla eterna imposible de dos ríos con caudal propio y poderoso. Bolívar, aún siendo de gente de casa solariega, es la república: el luchador popular con las ideas claras, con el sentimiento muy metido en las entrañas que no puede llegar a viejo porque con cuarenta y siete años de vida le han dado demasiado en la testa como para aguantar a sus paisanos y a los que no lo son. E, incluso ahora, es normal, ante la “medianía” social alcanzada, que la gente callejera hable con desprecio del libertador que quiso quitarle las cadenas y hace una América de habla española sola y entera, en contraposición a la que ha campeado y se ha fraguado: una América de habla inglesa con gorras con la visera hacia atrás y los nombres propios de Jenifer.

San Martín, mucho menos visceral que Bolívar, más militar de alquiler sin llegar a ser mercenario, no tuvo nada o muy poco de republicano, y la América única de habla española que él preconizaba, probablemente en sus sueños la vio erigida como un gran reino al estilo tradicional de Europa; aunque eso es entrar en el campo de las conjeturas, y los dos, se merecen todo el respeto de los que estamos después, en el fondo, todos nosotros, unos grandes carajotes que hemos renunciado por el dólar corrompedor al hermoso legado que fueron las herencias de esos dos grandes e insuperables hombres.

San Martín murió con setenta y dos años viviendo en Francia, y la crónica cortijera que se escucha por estas tierras levantinas españolas referente a su vida, así como de Bolívar la propaganda al servicio de la enorme corrupción y el robo descarado del estamento político administrativo español ha logrado que su solo nombre causa miedo y pavor, de San Martín, que sirvió en el regimiento de Murcia, pero con cuartel y sede en Málaga y de murciano solo tuvo el nombre, como no cuesta dinero el mentir ni tiene consecuencias sociales algunas ni de prestigio, al contrario, ahora dicen que Napoleón sintió terror cuando en un botón de la casaca de San Martín descubrió la palabra Murcia, y se acojonó por el arrojo murciano cortijero. ¡Manda cojones lo que hay que leer!

Los gringos lo tienen muy fácil, y mucho más lo van a tener si consiguen que el Instituto Para la Propagación de la Fe, o Banca Vaticana para los impositores, establece su sede central en los EE.UU.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.