Gilda González de Armas encontró la Libertad en París

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Foto: París 1993. Gilda y Jesús González de Armas.
Foto: París 2009. Gilda González de Armas.

París, 29 de febrero de 2016.

Querida Ofelia:

Sigo enviándote la serie de testimonios de amigos que han logrado ser Libres, al escapar del régimen cubano de diferentes maneras. El de hoy es el de una culta dama, cuya pérdida para nuestra Patria es irreparable.

¿Cuánta materia gris y savoir faire, ha perdido nuestra Cuba en este más de medio siglo? No sé si algún día se podrá saber. Pero al mismo tiempo, personas como Gilda han hecho brillar en esta Vieja Europa el nombre de nuestra tierra natal.

Conocí a Gilda junto a su brillante esposo, el pintor Jesús de Armas, en una exposición de sus obras en los salones de La Maison d’Amérique latine en el parisino Barrio Latino. Desde entonces una gran corriente de simpatía nos ha unido. Aquí te envío su testimonio.
Gilda: “Aunque me llamo Gilda Alfonso-Martín Carrera, hoy soy conocida por muchos como Gilda González de Armas.

Yo tenía sólo 9 años al momento del triunfo de la Revolución. Recuerdo que lo primero que me chocó del nuevo sistema fue la nacionalización de mi escuela, el Wesley College de Santiago de las Vegas.

Ese día por la mañana, unos interventores vestidos de verde oliva, invadieron los recintos del colegio y bajaron la bandera americana de su mástil, que ondeaba al lado de la cubana, en el patio de recreo, tirándola al suelo, pisoteándola y quemándola ante el asombro y los sollozos de los alumnos.

Mis padres decidieron quedarse en Cuba por problemas familiares, quizás influyeron algunos miedos. El asunto fue que nos quedamos en el país atrapados por más de treinta años.
Fue así, como de golpe me vi con una pañoleta en el cuello, asistiendo a actividades pioneriles y mis hermanas pasando escuelas de la EVIR.

Fui alfabetizadora popular con sólo once años, de dos miembros de una familia del Reparto Guadalupe, en Santiago de las Vegas, que luego se marcharon del país durante el éxodo por el puerto de Camarioca.

Después de ese largo período de recesión escolar, a causa de la Campaña de Alfabetización, recomencé mis estudios en la Secundaria Básica de Santiago de las Vegas, donde uno de los profesores pidió a todos los alumnos que escribiésemos sobre nuestros orígenes familiares.
Sólo hablé de mi abuelo materno, el Conde de Martín-Carrera y su fábrica de cajas de tabaco. Él se había casado con una bisnieta del último cacique inca que luchó contra la corona española en Perú.

Hablé de mi abuelo paterno, ebanista, judío converso, que había integrado el Comité Revolucionario de New York durante la Guerra de Independencia de Cuba. También hablé de la familia de mi abuela, dueña de la fábrica de tabacos de exportación José L. Piedra y, por supuesto de mi padre, contador público del Banco Boston.

Una semana después, los profesores me exigieron que expresase mi vergüenza por pertenecer a una familia burguesa y que tenía que renegarles públicamente ante toda la escuela.

Frente a todo el alumnado primero, con la cabeza baja, en la mano un micrófono, después mirándoles a los ojos a todos y bien erguida, grité mi inmenso honor por pertenecer a mi familia. Me consignaron a la dirección de inmediato y la actividad política continuó con otros alumnos.

Allí esperé hasta que un profesor, militante del partido comunista me amenazó diciéndome que: ‘yo era una simple tuerca de una enorme rueda dentada y que si me salía un ápice, iba a ser aplastada como una vil cucaracha.’

Fue en ese momento en el que comencé a dudar de todo lo que decían sobre la triunfante Revolución. Por supuesto, tuve que cambiar de escuela. Matriculé en la Secundaria Básica de Rancho Boyeros.

Un año más tarde, un nuevo y excelente profesor de matemáticas irrumpió en mi aula. Muy rápido el alumnado supo que el profesor Camaraza había estado preso por problemas de disidencia.

Un semestre más tarde, el profesor fue expulsado por ser considerado como una mala influencia ideológica. El alumnado había aprendido a conocerle y a quererle.

Fue así como, junto a un grupo de alumnos, organicé una huelga de protesta por la expulsión de nuestro profesor Camaraza. Y salimos a la calle más de trescientos estudiantes con carteles improvisados y exigiendo que nuestro profesor fuese reintegrado a sus funciones.
La policía de Rancho Boyeros nos dispersó rápidamente y salimos corriendo. No obstante, un pequeño grupo de manifestantes irrumpimos en la casa del profesor, para expresarle nuestro desacuerdo y nuestra solidaridad.

Camaraza nos agradeció infinitamente nuestro gesto y nos recomendó que partiéramos inmediatamente a nuestras casas, para evitar señalarnos ante las autoridades.
A partir de ese instante, vivir en mi país se convirtió en una tragedia que tuve que transformar en tragicomedia.

A medida que profundizaba mis conocimientos de filosofía en la Universidad de La Habana, mis criterios eran más divergentes de los del sistema imperante.

Trabajé como politóloga de países de Asia en Prensa Latina de 1970 a 1973, pero me vi obligada a dimitir por divergencias políticas con el D.O.R. (Departamento de Orientación Revolucionaria) del P.C., quienes dictaban la línea editorial de todo lo que se publicaba en Cuba.

Nicolás Guillén me expulsó en 1976 de la UNEAC (Unión nacional de escritores y artistas de Cuba) por el mismo motivo.

Transformé el folleto de Normalización y tipificación de la construcción, en revista trimestral, pero también tuve que dimitir de mis funciones cuatro años más tarde.
Comencé a trabajar como escritora freelance en Radio Ciudad de la Habana, de donde tuve que partir por problemas ideológicos, después de diez años de labor.

Colaboré como crítico de arte para la Revista Opina, hasta unos meses antes de abandonar mi país natal y casi toda mi familia.

¿Los motivos? Tenía muchos para querer irme de Cuba. Fui detenida, amenazada e interrogada numerosas veces durante años por la Seguridad del Estado.

En 1985 descubrí la obra del que sería mi esposo, Jesús González de Armas, en un Salón de la UNEAC. Él había presentado a todas las manifestaciones de las artes plásticas: caricaturas, historietas, dibujos, pinturas, etc.

Me llamó la atención que su obra estaba colgada en los lugares más desfavorecidos e impensables del Palacio de Bellas Artes, detrás de una puerta plegada, oculta por una planta ornamental, en una esquina a la que el público generalmente no llegaba.
Atrapada por la fuerza de la obra, y por el rechazo estatal evidente hacia este artista, me dediqué a buscarle. Le declaré mi amor y mi admiración. Unimos nuestras fuerzas y nuestras vidas para lograr evadirnos de la Isla del Dr. Castro.

Fue así como supe que Jesús había dimitido del Departamento de dibujos animados y de carteles del ICAIC, de los cuales fue el creador, director general y artístico. En 1965 mi esposo decidió no trabajar nunca más para el gobierno cubano.

La mayoría de sus dibujos animados, todos experimentales, fueron prohibidos, entre ellos: Pantomima amor uno, La jutía loca y El Cow boy , los cuales nunca fueron mostrados al público.

Durante muy poco tiempo trabajó pintando cuadros para decorar hoteles, restaurantes y posadas para el INIT.

Cuando le conocí, enviaba sus obras a los Salones de la UNEAC para ganar al menos un premio. Ese fue el motivo por el cual participó en todas las manifestaciones. Con el premio podía vivir un año entero, comiendo espaguetis hervidos con sal. Decidió irse a vivir con los descendientes de taínos a la Caridad de los Indios en la provincia de Oriente.

Creó el Movimiento de Indoamérica corriente artística que formó a artistas como José Bedia, Maydée González Gavilán (hija de Jesús), alumnos de la ENA en aquella época, reagrupando a más de ochenta intelectuales, pintores, escultores, arquitectos y antropólogos.

La dirección del Partido Comunista de Oriente y el Ministerio de Cultura de Cuba le prohibieron continuar con su empeño artístico. Dispersaron al grupo e incluso le prohibieron a Jesús volver a visitar la Caridad de los Indios.

Conocí a Jesús en la miseria y el aislamiento más absoluto, abandonado por todos. Pintaba sobre la sábana anual que le daban por la libreta de racionamiento, uno o dos cuadros al año.

Jesús no tenía derecho a comprar materiales de pintura, estaba en la lista negra del Fondo de Bienes Culturales, después de haber pintado, expuesto y publicado sus Lenguados, en los que denunciaban la lengua oficial del régimen. Con Conquistadores a caballo hizo la caricatura de Fidel Castro, al denunciar el culto a la personalidad.

Muchos amigos le ayudaron, le daban cartulinas y pintura o lo invitaban a comer, hasta que aparecí yo en su vida.

Pasaron veinte años en los que escribió varias novelas de las cuales sólo poseo una, inédita, que tiene dos títulos: La omni-impotencia o « Aventuras aventureriles aventureras y aventurerezcas por esas calles aventureras de La Habana .

La Omni-impotencia es un análisis caricaturesco de la Cuba de los años setenta, en el que Jesús denuncia lo absurdo de la Revolución cubana y su carácter surrealista, infra-humano y totalitario, con un estilo renovador, ligero y único, en el que se reivindica la picaresca española por su similitud con la picaresca cubana de sobre vivencia.

Nuestras fuerzas unidas no demoraron en dar sus frutos. Jesús fue invitado por el Ministerio de Cultura y de la Francofonía francesa para festejar con una estampa de su obra el Bicentenario de la Revolución Francesa en 1987, junto a sesenta artistas de renombre internacional, como Tapie y Matta, entre otros.

En esa ocasión mi hijo y yo no pudimos acompañarle, motivo por el cual Jesús regresó a la isla para buscar otra forma de escapar.

Fue sólo en 1992 que, ante la insistencia del Ministerio de Cultura francés, pudimos viajar los tres a Francia para una exposición en la Maison de l’Amérique latine.

Carbonadas neo-taínas fue la exposición que festejó el quinientos aniversario del Descubrimiento de América en enero de 1992.

Una vez en Francia, decidimos pedir asilo político, pero antes de que lo hubiésemos hecho, alguien alertó traicioneramente a una periodista del diario Le Monde , que sin pedirnos autorización, publicó nuestra demanda de asilo a la OFPRA, convirtiendo nuestro caso en un problema diplomático.

Las dificultades por las que hemos pasado, no valen ya la pena comentarlas, fueron innumerables, pero siempre tuvimos amigos maravillosos que nos protegieron y ayudaron.
Mi hijo y yo recibimos la notificación de expulsión de Francia en 1994. Jesús decidió unirse a nosotros. Pero siempre hubo una mano amiga que se nos tendió y en el último momento, recibimos la autorización para continuar viviendo en Francia.

Después de tantos años, en este país generoso y solidario, nuestra situación oficial se solucionó. Mi demanda de naturalización francesa fue escuchada. Para mí ha sido un gran honor.

Yo amo a este país porque somos Libres de pensar y de expresar nuestros criterios. Amo a este país, por su democracia, porque la pena de muerte fue abolida, porque se respetan los derechos inalienables del hombre, por su solidaridad y su fraternidad.

No tengo nostalgia de Cuba, como muchos puedan tener y, no creo que regrese al país que me vio nacer, no me gustaría ver la destrucción de la Perla de las Antillas. Quiero recordar mi país como lo veo en mis sueños de infancia. Patria es el país donde una es feliz y es respetada nuestra dignidad.

De mi familia no me quedan más que unos dos o tres primos en Cuba, que imagino esperan la oportunidad y el momento de escapar de ese infierno que ha superado con creces al de Dante Alighieri.

Mis más bellos recuerdos los tengo de mi primera infancia antes de 1959 y de aquí, de Francia, donde aprendí la riqueza de la amistad, de la justicia, el amor por la cultura y por la belleza.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Nota bene: Doña Gilda Alfonso-Martín Carrera y Don Jesús González de Armas fallecieron en París, dejando una excelente imagen en todos aquellos que tuvimos la suerte de conocerles y disfrutar de su amistad.

Hispanista revivido.