Llegamos tarde al baile

 

Hoy más que nunca los ritmos caribeños siguen el compás que marcan las sabrosas inversiones y oportunidades de negocio que aparecen en el horizonte de la apertura cubana. Incluso quienes una vez prefirieron faltar a los bailes de La Habana, hoy irrumpen torpemente en la pista, tratando de sumarse a la promisoria conga. Y allá se plantaron la pasada semana los Ministros de España en funciones Ana Pastor y José Manuel García-Margallo, sin certezas de que Raúl Castro quisiera acompañarles la bachata. Pero así fue, y el líder cubano tuvo a bien marcarse unos pasos con los representantes de Exteriores y Fomento, a los que se sumaron sus homólogos cubanos de Comercio Exterior, Construcción y Exteriores.

Tras la reunión mantenida en el Palacio de la Revolución de la Habana, los propios ministros y algunos medios afines han hecho valoraciones celebratorias del cortejo diplomático. Margallo, que se ha recreado en la “cordialidad” y la “complicidad” de la cita, ha llegado a afirmar que las relaciones entre España y Cuba están en un punto álgido y que ello se traducirá en un robustecimiento de las relaciones económicas. Algunos han llegado a hablar de un punto de cambio estructural que sitúa las relaciones hispano-cubanas en un momento inmejorable de su historia. Sin embargo, poniendo el episodio en su contexto, es fácil comprobar que España es la hermana fea de la fiesta: la última diplomacia europea de peso recibida en la parranda.

El proceso de deshielo y de progresiva apertura traído por el acercamiento de la administración Obama a la isla desde diciembre de 2014, ha traído consigo un acelerado establecimiento de diálogos diplomáticos entre las democracias occidentales el Estado cubano.

Francia, Reino Unido, Italia, Austria u Holanda son los ejemplos más sonados de países de la Unión Europea que han acudido al país para acompañar a Obama en la promoción pactada de una transición política y en el fomento de las inversiones en una economía insular que ofrece importantes oportunidades. De hecho, la Unión Europea comienza a cambiar toda su política bilateral en febrero de 2014, iniciando el Consejo un diálogo político para la cooperación que se ha concretado con la inicialización el pasado marzo del Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación entre Cuba y la Unión Europea.

En todos estos procesos España ha pasado desapercibida o directamente ha estado ausente, en una dañina muestra de irrelevancia. Más incomprensible se hace la situación si atendemos a que España es el primer socio europeo de Cuba y el tercer inversor tras de Venezuela y de China. No se puede achacar directamente el problema a la gestión diplomática de García-Margallo. De hecho, el ministro, hombre versado enlos lances internacionales, supo prever el clima de apertura, visitando la isla en noviembre de 2014, un mes antes de que Obama anunciara el restablecimiento de relaciones.

Sin embargo, el resultado fue de estrepitoso fracaso: Castro no recibió al ministro, no hubo baile de apertura con España. No es de extrañar, si Margallo se había anticipado al gesto político de Obama, a él mismo se le habían anticipado toda una serie de problemas coyunturales y estructurales en las relaciones bilaterales.

Todos ellos han sido bien indicados en varias ocasiones por José Antonio Sanahuja y otros expertos: el sonado escándalo del caso Carromero, las posturas fuertemente ideologizadas con las que el Partido Popular ha abordado la política hacia la isla y hacia América Latina (orientándola en muchos casos a servir a sus discursos internos contra la oposición), la pérdida de perfil político y la mercantilización general de las relaciones exteriores, la concesión de prioridad absoluta a la gestión de la crisis con la Unión Europea y la consiguiente pérdida de influencia de España en todos los ámbitos internacionales o la igualmente dramática pérdida de poder normativo ante la crisis interna del sistema político español. Todos estos problemas tienen, asimismo, un trasfondo que debemos rastrear en el tiempo histórico.

Lo cierto es que parece que el triunfalismo exhibido a lo largo de la pasada semana en torno a la visita, trata de ocultar, entre fuegos de artificio y ruidosas proclamas, que ésta no fue sino el intento de paliar un fracaso estructural de la política exterior española hacia la isla y hacia el conjunto de la región. Nos referimos a la falta del necesario consenso entre los partidos políticos y los sucesivos gobiernos españoles de nuestra democracia a la hora de diseñar una política de Estado y de largo plazo hacia Cuba. El “consenso” tal y como lo definen expertos como Celestino del Arenal, es un principio básico de las Relaciones Internacionales que implica el acuerdo entre los principales partidos políticos de un país en cuanto a las líneas o coordenadas maestras, prioridades y principios básicos que deben definir la política exterior del Estado.

Dicho consenso existió, de algún modo, en los primeros ciclos de la democracia española. De hecho, los gobiernos de laUCD (siguiendo el principio estratégico de indiscriminación y desideologización que ya había abierto el régimen franquista) diseña una activa y autónoma política bilateral de acercamiento a La Habana basada en la cooperación al desarrollo y en un diálogo que invitaba al régimen a sumarse a los principios normativos de democratización y respeto de los derechos humanos.

Suárez llega incluso a flirtear con la política alter-mundialista de Fidel Castro al acudir a la Cumbre de Países No Alineados de La Habana en 1979. Estas líneas de acción las toman y las potencian los gobiernos socialistas de Felipe González, que continúan una política de estado consistente en la amistad, la cooperación, el mantenimiento de cierta autonomía y la búsqueda de un papel mediador para España, que debía constituirse en promotora del diálogo entre las instituciones europeas y el régimen castrista, de cara a una progresiva y consensuada apertura democrática y económica.

Los problemas, los fracasos y las tensiones no fueron pocos, pero es posible afirmar que esta política pragmática de largo plazo situó a España no solo como socio económico importante* sino como Estado imprescindible en la articulación de las relaciones entre las democracias occidentales y la isla.

Todo cambió en 1996. Tras el acceso de José María Aznar al gobierno se invirtió la postura internacional de España. El Partido Popular estimó fracasado el diálogo, optando por el alineamiento con Estados Unidos y por coordinar una política dura con la Unión Europea a través de la llamada Posición Común, que supeditaba cualquier ayuda al desarrollo a la democratización acelerada de la isla. Las tensiones no tardaron en manifestarse y en situar a España en una posición de enfrentamiento con el régimen, si bien en esta ocasión en línea con Europa y EEUU. La llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su intento de vuelta a la postura tradicional, devolvió a su cauce de algún modo las relaciones de cordialidad con la isla, pero no logró romper plenamente las dinámicas de la etapa conservadora y acentuó la nota de inestabilidad y levedad de la política bilateral.

El último cambio de gobierno supuso de nuevo una alteración radical en las orientaciones, con la vuelta a las líneas de la administración Aznar, si bien es cierto que García-Margallo trató de mantener una línea de mayor moderación que otros sectores del partido dinamitaron. La apertura de EEUU hacia Cuba simplemente ha sucedido en un ciclo adverso de las relaciones hispano-cubanas, que desde 1996 están sujetas a una serie de caprichos gubernativos y partidistas coyunturales, en lugar de a un política planificada que responda a los marcados intereses geoestratégicos del Estado español en la región. El brusco cambio que hoy, ante el manifiesto ambiente de apertura y las posibilidades económicas, se le desea imprimir a las relaciones bilaterales, se encuentra inevitablemente viciado y lastrado por los despropósitos sin rumbo ni concierto de la política cubana y latinoamericana de España en los últimos 20 años. Y, por más que pese a los que celebran la reunión, la tendencia no puede ser alterada de la noche a la mañana por el Ministro en funciones de un país que vive sumergido en una crisis interna e internacional sin precedentes.

Un problema estructural más, y no menor, de los muchos que reclaman la vertebración de una nueva política de estado tras el 26-J. El consenso en política exterior ha de ser una de las prioridades de cara a recuperar la influencia internacional* en un contexto de acelerado cambio y de tendencias globalizadoras. La pluralidad de fuerzas políticas que ocuparán el parlamento tras las elecciones tienen el deber de corregir la tendencia cortoplacista y reactiva, construyendo un genuino plan de política cubana y latinoamericana que vaya más allá de las quimeras ideológicas y que tenga como centro el Estado de derecho y los intereses generales de la ciudadanía, que están, no lo olvidemos, inevitablemente vinculados a la política exterior. Para reengancharse a los vibrantes ritmos que suenan en el Caribe, se necesita tiempo y planificación, justo lo que hoy necesitan más que nunca las relaciones hispano-cubanas.

 

Por Rodrigo Escribano Roca, Investigador del Instituto Universitario de Estudios Latinoamericanos (IELAT) Universidad de Alcalá (UAH).

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