Por Carlos Cabrera Pérez

La Habana, una postal española y norteamericana, celebra hoy su 498 cumpleaños con los claroscuros de la pobreza fotogénica impuesta por la cultura de pobreza totalitaria, la alharaca propagandística y la sabrosura de saber que detrás de cada sonrisa hay una ilegalidad.

Pasados Obama e Irma, la capital cubana sigue debatiéndose entre el escenográfico museo de ruinas, el hastío de su gente y la pujanza de los que creen que puede salvarse. Ojalá.

Una alta densidad poblacional, deterioro constante del parque de viviendas, contaminación ambiental, con apenas servicio de transporte y la “lucha” de los habaneros por llegar a fin de día son elementos de un cumpleaños agridulce.

Ignorancia y chovinismo interesado contribuyen a distorsionar un debate necesario y sosegado sobre un modelo de ciudad y ciudades, pero ocurre que La Habana nunca ha sido una prioridad para el Buró Político del Partido Comunista, cuya meta es resistir hasta el día siguiente a costa de lo que sea.

Allá los cubanos incautos y aquellos extranjeros que suelen sentirse a gusto con la superioridad que les genera la tenencia de unos pocos euros o dólares en el bolsillo y que vuelven contando las maravillas de una ciudad que fue injusta y luminosa; y que sigue siendo siendo injusta y oscura.

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