España está donde estamos porque nos encantan los cadáveres, los huesos. La moya, la carne, no nos preocupa porque en el fondo somos el mejor espejo fiel de ese ser bípedo, que solo lleva en la cabeza, y preocupado, porque no se le vea, la mentira de la horrible tortilla francesa que lleva por peluquín con hartura de pimentón molido.

Lo que nos está llegando de EE.UU, dentro de la escala de las gravedades, de los holocaustos, de la falta de respeto al ser humano, que es la gasolina que suelen beber los estúpidos, para hacernos a los demás estúpidos y que los respetemos, tiene todos los indicios, todas las señales, de aquellos tiempos de desfiles y aplausos, de misas cantadas por varios curas, cuando toda Europa (ahora toda la América Morena, la América Tostada) se preparó para el gran festín de que no faltaran huesos de personas en ningún palmo de tierra para ver que se hace con ellos.

Se gasta, nos gastamos, más dineros en atender huesos, en esqueletos, que en seres vivos; que en conservar las carnes de los necesitados pegados en sus huesos, tanto en el reino animal, como en su primo más cercano: los poderes que rigen en el mundo, que, en el fondo, han evolucionado hasta el extremo que están cansados de los feos huesos de los mayores, de los adultos, y están empezando a coleccionar huesos de niños emigrantes que tienen la osadía de entrar en el país más demócrata del mundo, siempre, claro está, lo de demócrata, en la opinión de uno que aspira a ser algo en la vida, que es tanto como ser un imbécil admirador de huesos humanos.

Quizá en los incultos EE.UU, desconocen la Historia por fuera de sus miles, repetidos, asuntos peliculeros, hechos y narrados a la medida que les ha salido de sus cojones, y por eso desconocen que torturando y ensayando con los esqueletos de los niños emigrantes de la América Morena, de la América Tostada, están en el paso previo de cuando el fascismo europeo, con idénticos argumentos teatrales de integridad física, de religión verdadera, comenzaron a llevar colgados del cuello amuletos de huesos de esqueletos infantiles descuartizados, según, para la ciencia, por el delito de estar, de intentar estar, en una tierra viviendo, que no es la suya; que es la que se tiene que llevar con ellos cuando se mueran y se vayan al cielo los padres patrios que viven en EE.UU, y en sus patios vergonzantes Europa (con Rusia y China) y toda la América Morena, que sabiendo más que nosotros del holocausto infantil que están cometiendo los yanquis, todavía se lo permiten.

La santísima inquisición española, en modo alguno un árbol raro en crueldad en el bosque que formamos los humanos, recomendaba con cierta frecuencia para escarmiento de herejes que se profanaran sus tumbas y se quemaran sus huesos, España, Europa, el llamado viejo mundo, son tierras de abundancia de huesos, de esqueletos. El nuevo mundo, la América Morena, a lo mejor solo era nueva porque desconocía la estúpida e innecesaria crueldad del sentir fascista de poder masacrar niños sin que nadie, al contrario, te aplaudan, te alaben, y sin que ni tan siquiera te manches los uniformes de sangre.

Las empresas multinacionales están durmiendo más tranquilas que nunca. Están comprobando de primera mano como los intereses económicos están, incluso aunque no existan, sólo con nombrarlos, muy por encima de cualquier sentimiento filial humano. Eso les da cuerda para seguir haciendo lo que les da la gana, y les está gustando el empobrecimiento moral al que hemos llegado como especie, con el mismo rugir ensordecedor de aquella raza aria, de aquellos elegidos por el vaticano camisas azules italianas, cimientos, todos ellos, básico de un mundo nuevo que se llenó de excrementos inmediatamente.

 Lo mismico que ahora.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. SUERTE DEL TUERTO

    Puede tener la suerte
    el tuerto
    de que cuando vaya
    para arriba,
    no vea la piedra
    en la que tropezó
    cuando estaba abajo de la cuesta.

    Pero aunque lo cuenten así,
    hay que ser lo que somos:
    unos pillines,
    cuando tropezamos
    dos veces
    en la misma piedra.

    Nadie tropieza
    dos veces,
    aunque sea tuerto,
    en la misma piedra,
    salvo que el tropezar
    entre en su cuenta.

    Sabemos que la nación,
    el país,
    está vacío de contenido
    de posesión de gente,
    y aún sabiendo
    que cada estamento
    va solo a lo suyo,
    todo está dispuesto,
    incluido el propio pueblo,
    para tropezar en la misma
    piedra dos veces,
    y las que le interese al sistema,
    con la moraleja del tuerto.

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