Me fastidia mucho cuando veo escrito Havana con uve, y, por otro lado, hay veces que pienso que qué pijo de monopolio tenemos los hispanos en general para  apoderarnos de los topónimos de otras tierras, de otros lugares, que si conquista es el hecho de arrebatar la soberanía a quien por derecho natural la posee, no somos nosotros nada ni nadie para escribir con be el gentilicio de los nativos habaneros cubanos.

En unos pocos días, según el calendario unilateral de nosotros los conquistadores, se cumplirá un centenario más a añadir, y que por pura rebeldía y a mala leche histórica, no voy a seguirle el juego al sistema y establecer los años en los cuales las gentes barbudas se asentaron en las riberas de un preciado y precioso fondo de saco marino caribeño, donde con los años se fue extendiendo, paradójicamente dentro del estropicio que generan los caseríos de los españoles, la ciudad más bonita (para servidor) del mundo mundial: La Habana.

Pero son muchas las veces que pienso que hubiera resultado atractivo una “Havana” inglesa, con abundancia de un mulaterío sajón, porque el tremendo poder depredador que tiene la bahía y el puerto habanero de “habanear la vida” se hubiera puesto en marcha con más fuerza que en el caso de los españoles; que parece que hemos nacido ya de por sí con rasgos cubanos, con el deje habanero, o, a lo mejor, es al contrario y no nos hemos dado cuenta.

Lo que si se dieron cuenta los ingleses en aquel cercano año de 1.762, en la cuenta del tiempo vaticano, es que en los once meses que estuvieron los ingleses campeando su conquista por la ciudad de La Habana, es que el lugar era único. Y después de que sus primos los gringos les ayudaran a conquistar la ciudad, mientras nuestros “inservibles” aliados los franceses a escondidas se emborrachaban con champan celebrándolo, una extrema amabilidad, un chorreo de sonrisas frías sajonas, de las del manual del perfecto conquistador inglés, recorrieron La Habana y alrededores con la esperanza de que algo ya tan hispano como lo era toda aquella zona, empezara a vestirse y sentirse de otro modo y manera diferente.

Aunque la economía domestica de los habaneros durante los once meses que la crónica da como cifra aceptada (servidor no la acepta) de la presencia inglesa en Cuba, y más concretamente campeando en La Habana, fue mucho mejor que el tradicional pillaje y granujerías que las autoridades españolas tenían acostumbradas al personal cubano y habanero; pero esa “corriente de pillaría” que tanto nos une y de paso nos da calambre a cubanos y españoles, por más esfuerzos ingleses que hicieron a pique de que les diera un aire caribeño en la cara de fingir sonrisas de manual a los sajones, nunca se dio con el calor y la diferencia de potencial que nos une a cubanos en general y españoles, donde tanto “resueelve” uno como el otro en cuanto hay molla.

Aparte de que cambiar lo de Cuba por Cumberland da como tiricia solo con pensarlo. Y porque los ingleses en general habrán conquistado más “educadamente” que los españoles; pero en la cuenta conquistadora, el saldo final, no está para tirar cohetes de humanidad precisamente desde el punto de vista del colonizado, que, putadica arriba y abajo, con los españoles en muchas ocasiones hizo un común de pueblo que aguantaron juntos el chaparrón, sin fuerzas en el español ni para cambiar los topónimos nativos.

La Habana cumple años. Pero no los años que la secta religiosa católica vaticana dice, que, despreciando al completo todo los miles de años anteriores de poblamiento humano, dijeron que las cosas, las fechas y los hechos los marcaban ellos, y que la ciencia se dedique a ver si inventa de una vez el martillo que enderece los plátanos, y se deje de entrometerse en lo que ellos los científicos clericales son infalibles.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. ME LO ESTOY PENSANDO

    Me lo ha pedido mi amigo,
    y me lo estoy pensando.
    Me lo pidió anoche mismo
    mi buen amigo
    que nos conocimos
    hace tiempo,
    mi amigo el del garfio
    de acero inoxidable,
    madera de guayacán
    en la pata de palo,
    un escapulario tapándole
    el ojo izquierdo,
    el bueno,
    y el derecho,
    por causa del progreso,
    con lentillas,
    el que en realidad
    está malo.
    Me dijo que tenía puesta mesa
    en el puerto de enrole
    y armaba velera
    de ochenta troneras
    a cada banda,
    dos lombardas a popa,
    con loro en la cocina
    para el arroz con leche,
    en la tripulación,
    mucho opus y cofradía,
    gente, por tanto,
    experta en bucanería
    para hacerse a la mar
    cualquier día.

    Me lo estoy pensando,
    mientras aprendo malas artes,
    viendo a mis padres y madres
    patrios
    cada día,
    postularse.

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