HERMAN MARKS, El BUITRE QUE SE POSÓ EN EL HOMBRO DE CASTRO

París, 20 de noviembre de 2015.

Querida Ofelia:

Te envío un nuevo testimonio del ex guerrillero del Escambray Roger Redondo. Gracias a él estoy aprendiendo mucho sobre la historia contemporánea cubana. Lo comparto contigo como suelo ya hacerlo y al mismo tiempo te ruego que lo hagas circular entre amigos y parientes allá en San Cristóbal de La Habana.

“En su libro, titulado “Mancha azul en el horizonte”, el oficial del ejército rebelde Agudín observa que el mando de la columna N° 8 Ciro Redondo cuando partió de la Sierra Maestra hacia el Escambray, estaba diseñado de la siguiente manera:

Jefe de la Columna: comandante Ernesto Guevara de la Serna.

Segundo al mando: comandante Ramiro Valdés Menéndez.

El tercero en la cadena de mando era el capitán Herman Frederick Marks.

Poco antes de llegar a su destino, las montañas del Escambray, el Capitán Marks fue herido en una escaramuza por los alrededores de la ciudad de Ciego de Ávila. Por esa razón, no llegó con Guevara al Escambray. Cuando se repuso de su herida se incorporó de nuevo a su unidad.

A Ernesto Guevara le alarmó mucho la presencia de otro americano, que se encontraba en el Escambray desde hacía ya mucho tiempo con las tropas del Segundo Frente del Escambray, me refiero a William Morgan. Para nosotros no era raro que un norteamericano participara en las filas revolucionarias. Tampoco debía serlo para el Ché, pues en la provincia de Oriente ya había otros norteamericanos en las filas del 26 de julio. Además, algunos de los militares de la Base Naval de Guantánamo cooperaron enviando armas para los frentes guerrilleros. Tanto soldados como oficiales norteamericanos, participaron en estos envíos de ayuda para los guerrilleros. Incluso, un oficial con un pequeño arsenal, fue arrestado por la policía de Batista.

La solidaridad entre los libertadores cubanos y norteamericanos, tiene raíces históricas. Basta recordar al brigadier, Henry Reeve (el inglesito), muerto en combate el 4 de agosto de 1876 cerca del Escambray. Personalmente, lo que me hubiera asombrado a mí , era encontrar a un ruso peleando por la democracia. Obviamente, rebusco en mi memoria, pero no puedo encontrar alguno. Pero lo cierto es que a Guevara le preocupaba William Morgan, pero no su americano: el capitán Herman Marks.

Quizás, la preocupación por el revolucionario democrático, comandante William Morgan, no fuera del Ché sino de Osvaldo Sánchez Cabreras, general de la K. B. G. que despidiera el yate Granma, horas antes de salir de Yucatán. Además, Sánchez en compañía de Wilfredo Velázquez, ayudó a conducir sin tropiezos las columnas del Ché y de Camilo Cienfuegos por todas las llanuras de la provincia de Camagüey. Este experto conspirador de altos vuelos, usaba el alias de Rafael y le pasó lo mismo que al jefe del F.B.I. Edgar Hoover, que cuando vio los diarios describiendo un norteamericano destacándose en la insurrección cubana, comentó: “Si ése no trabaja para nosotros, es posible que trabaje para los rusos.” De la misma forma pudieron pensar los hombres de la inteligencia rusa, especialmente Osvaldo Sánchez, a quien le intrigaba el comandante Morgan. Pero al fin, resultó que Morgan no pertenecía a ningún servicio secreto, sino que era un revolucionario independiente y amante de la democracia.

Por mi parte, poco tiempo después de la huída de Batista, fui invitado por el comandante Eloy Gutiérrez Menoyo a viajar a Bayamo. Fidel Castro había pensado en Menoyo para que le acompañara en uno de esos viajes relámpagos, que se hacían en medio de la efervescencia revolucionaria. Obviamente, yo fui con Menoyo en el avión Sierra Maestra, que era el que usaba Fidel Castro en esa época.

La nave la piloteaba Pedro Luis Díaz Lanz. Pero todo esto es anecdótico. Lo importante para nuestra historia es que cuando llegó la hora de regresar, yo no tenía asiento y Pedro Luis me acomodó en un segundo avión, donde viajaban los periodistas. Un profesional de la prensa, llamado Nicolás, a quien yo conocía, me presentó a la periodista norteamericana Jean Secón, quien llevaba más de un mes en Cuba intentando entrevistar al comandante William Morgan. Jean tenía el pelo muy negro, era hermosa y no sabía español. En lo que a mí respecta, yo no sabía inglés, pero pudimos comunicarnos gracias a la mediación de Nicolás. Finalmente, al llegar a La Habana, ella me dio su número de teléfono. Yo coordiné la entrevista con Morgan y después, fuimos al Escambray, pues ella quería estar en el teatro de operaciones, donde Morgan había desarrollado su capítulo como guerrillero. Jean quería vivir aquellos lugares para complementar la entrevista. Primero viajamos en auto y cuando no pudimos seguir en el vehículo, continuamos en mulo y a pie. Lo cierto es que Jean pudo tomar muchas fotos, que le servirían como testimonio gráfico de su entrevista.

Por esos días Herman Marks, estaba destacado en la fortaleza de La Cabaña, era capitán del ejército rebelde y estaba encargado de dirigir el pelotón de fusilamiento. Al parecer, Marks disfrutaba con su trabajo de verdugo. En los primeros meses del año 1959 fueron cientos los fusilados. En su inmensa mayoría estos condenados a muerte pertenecían a la policía y al ejército de Batista y más bien se suponía que sus crímenes habían sido probados. Pero la aptitud del capitán Herman Marks era repugnante y era repudiada por el resto de los soldados rebeldes. Herman Marks no daba el tiro de gracia para evitar el sufrimiento de alguna persona, que había quedado con vida, después de ser pasada por las armas. Herman Marks les vaciaba todos los tiros de su pistola en la cara.

En una ocasión un condenado a muerte ya atado a un poste de madera, donde sería fusilado, le pidió a Marks que hiciera lo posible cuando le diera el tiro de gracia que tratara de no desfigurar su cara para cuando su madre viera su cadáver. Pues no quería que su madre sufriera. Pero tan pronto como cayó el cuerpo de la víctima al suelo, Herman Marks le vació todos los tiros de su pistola en el rostro y puso otro magacín en su pistola y de nuevo le descargó todas las balas y así completó tres magacines. Cada magacín contenía 7 tiros e hicieron un total de 21 disparos, en la cara del desdichado. Los soldados que habían oído la petición del hombre, lo comentaron al resto de la guarnición en La Cabaña, lo que provocó una fuerte antipatía contra Marks.

La señorita Secón, me dejó un recado para que la llamara. Horas más tarde me comuniqué con ella por teléfono y me dijo que se casaba con un capitán rebelde en la Fortaleza de la Cabaña. Jean me pidió, que no faltara pues yo era la única persona que ella invitaba. Los demás invitados irían por parte de su novio. Yo no tuve la curiosidad de preguntarle por el nombre de su próximo esposo, pensé que sería un cubano.

Llegó el día de la boda y me presenté en la fortaleza de La Cabaña vistiendo mi traje de gala y unas cositas que compré para la novia, siguiendo los consejos de una de las muchachas, de la tienda. Pero la sorpresa fue que Jean se casaba con Herman Marks. Hablé con el capitán Joaquín Rodríguez y me comunicó que la torta era tan grande que la habían llevado en un camión, pensando que asistirían todos los invitados. Además, me dijo que los oficiales y soldados que había sido invitados, no asistirían.

Entonces, dejé mis regalos para Jean y me excusé. Obviamente, me fui inmediatamente. Según me contaron, el enorme cake se perdió pues sólo asistieron los novios y el comandante Guevara, acompañado del fiscal Antonio Suárez, que era más conocido por su apodo charco de sangre. Guevara sólo estuvo unos minutos, se fue enseguida al darse cuenta del ambiente o alguien le avisó de la conjura de su subalternos.

Herman Marks, y su esposa Jean Secón abandonaron Cuba, hacia la Florida y más tarde hacia New York. En 1964, tuvo Herman Marks un problema con la justicia por amenazas obscenas, que fue cubierto por un diario de New York. Jean Secón vivía en un barrio de la babel de hierro. Parece que después se separaron, pues vi una revista americana con una portada con una foto de Fidel Castro a toda cubierta con un buitre posado sobre un hombro. El rostro del buitre pintado era el de Herman Marks. El título del trabajo periodístico firmado por Jean Secón era: Herman Marks: el buitre* que se posó en el hombre de Castro”. Roger Redondo González.

*Jean Sacón coloca un buitre en lugar de la famosa paloma que se posó sobre el hombro de Fidel Castro en pleno discurso en La Habana al triunfo de la Revolución.

Un abrazo con gran cariño desde estas lejanas tierras,

Félix José Hernández.

Foto: El paredón de fusilamientos de la fortaleza de La Cabaña, La Habana, 1959.

Hispanista revivido.